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Amando de Miguel

El extraño caso del contagio aéreo de la pandemia

Sobre la fatalidad de la peste china abundan las ignorancias. De ahí que llame la atención la última hipótesis de un amplio colegio de científicos.

Amando de Miguel
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Sobre la fatalidad de la peste china abundan las ignorancias. De ahí que llame la atención la última hipótesis de un amplio colegio de científicos.
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Sobre la fatalidad de la peste china abundan las ignorancias. De ahí que llame la atención la última hipótesis de un amplio colegio de científicos. Vienen a decir estos sabios que el dichoso virus innominado se transmite no solo boca a boca, por el aliento, sino por el aire. Ha sido una recomendación que han elevado a la OMS (Organización Mundial de la Sanidad, y no de "de la Salud", como usualmente se traduce). Por cierto, sería interesante averiguar cuál es la verdadera función de la OMS, una entidad tan cara como ineficiente, controlada por la China comunista.

De ser cierta la hipótesis atmosférica, se entendería la rápida difusión del virus de uno a otro territorio. Así como su propensión a cebarse con las poblaciones más densas, las aglomeraciones humanas, los hacinamientos. La consecuencia de tal razonamiento es que el sistema de mascarillas (barbijos en América del Sur, nosobucos en Cuba) no resultaría tan efectivo como se presume. Quizá lo sea más la ‘distancia física’ (y no "social", como se dice) entre las personas de una multitud, de un agregado denso, de los espectadores, los pasajeros o los viandantes. Pero no parece que sea viable el mantenimiento constante de la distancia física, siempre arbitraria y difícil de medir. La distancia física se mantiene para los reportajes de la tele, pero resulta inviable para todas las ocasiones.

Es muy posible que la epidemia de gripe de 1918 (mal llamada ‘española’), mucho más mortífera que la actual, se debiera también a que el virus se diseminó rapidísimamente a través de la atmósfera.

La consecuencia práctica del contagio aéreo del virus sería que la mejor defensa contra la pandemia consiste en tratar de residir en poblaciones rurales. Solo que esa vuelta masiva al campo, a los desiertos o a las islas poco pobladas no parece practicable a escala mundial, ni siquiera a la de un país como España. Ese fue el movimiento demográfico que coincidió históricamente con la lenta decadencia del imperio romano, con el desmantelamiento de sus ciudades, pero es algo irrepetible en la escala actual. Claro que todo es empezar. De momento, se apunta la sorprendente tendencia a que se vacíen algunos gigantescos edificios de oficinas. Se ha descubierto que muchos empleos pueden desarrollarse a través de ese mensajero invisible que es la internet. Dudo de que pueda aplicarse por mucho tiempo en el campo educativo.

El equivalente hodierno más notable es que la red mundial de intercambios económicos y turísticos ha empezado a descuajaringarse. Ahí tenemos, como símbolo, la flota de colosales cruceros turísticos varados en los puertos. No consuela mucho decir que, en un país como España, el turismo internacional se vea sustituido malamente por el turismo interior. Tampoco satisface el paro de los ferris que llevaban a millones de emigrantes marroquíes en Europa a cruzar el Estrecho de Gibraltar para celebrar la fiesta del cordero en sus lugares de origen.

Son innúmeras las transacciones económicas que dejan de producirse por el temor a los contagios del maldito virus. Solo hay que fijarse en el parón de la nutrida corriente de estudiantes y graduados que circulaban de uno a otro país. De momento, se ha contenido o lo hace con muchas reservas. No digamos la congelación de los congresos y reuniones científicas y profesionales que hasta ahora reunía a cientos de miles, si no millones, de participantes. Por no hablar de la suspensión de encuentros deportivos de carácter masivo.

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