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Amando de Miguel

Lenguas y naciones

​​​​​​​La nación es un genial invento europeo; se basa en el sentimiento de una común andadura histórica, que en este continente suele tener bastante espesor.

Amando de Miguel
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​​​​​​​La nación es un genial invento europeo; se basa en el sentimiento de una común andadura histórica, que en este continente suele tener bastante espesor.
Bandera de la Unión Europea junto con las de otros países | Flickr/ European Parliament

La nación es un genial invento europeo; se basa en el sentimiento de una común andadura histórica, que en este continente suele tener bastante espesor. Ahora se ha maleado el argumento y se pretende que el espíritu nacional se manifiesta, primordialmente, a través de una lengua regional. Pero el análisis desapasionado de la realidad nos dice que en las naciones europeas (acaso con las excepciones de Portugal e Islandia) conviven distintas lenguas. España sigue esa constancia. Es un azar histórico el hecho de que el castellano se impusiera como lengua común en España, por encima de los otros romances.

La decisión civilizada es que se conserven los diferentes idiomas que enriquecen la vida de un país. En el caso de que uno de ellos sea de comunicación internacional, lo razonable es que su enseñanza sea asequible a todos los nacionales. Una lengua de comunicación internacional es la que estudian muchas personas de distintos países. Por ejemplo, el inglés, el francés, el alemán, el italiano, el español y pocos más. Puede que pronto se adhiera el chino a ese núcleo privilegiado, aunque le falta la asimilación del alfabeto que llamamos latino. El hecho de que un país cuente con una lengua de comunicación internacional supone una extraordinaria ventaja en el concierto económico y cultural.

La situación española resulta comprometida, por decirlo con suavidad. En las regiones donde conviven dos idiomas (el castellano o español y la lengua que dicen “propia” del respectivo territorio) surge el conflicto. Muchos hablantes de la lengua regional tienden a favorecer los respectivos planteamientos secesionistas; consideran que su peculiaridad lingüística determina la preexistencia de una nación. Por tanto, se empeñan en dificultar el aprendizaje del castellano o español, aunque, por su natural vitalidad, es imposible que desaparezca. El razonamiento se aplica, mayormente, a Cataluña y Vasconia, que han formado los nacionalismos más estructurados. Pero la pretensión secesionista tienta también a los nacionalismos de Baleares, Valencia y Galicia. Es inútil pretender que el catalán, el vasco o el gallego puedan ser algún día lenguas de comunicación internacional. Como es un disparate pretender que el castellano o español vaya a ser preterido del todo en las regiones españolas donde convive con otras lenguas. Pero el conflicto a propósito de las lenguas se encona cada día más. No tiene fácil solución porque intervienen los sentimientos y muchos intereses.

El asunto es recurrente. Hace cuarenta años un grupo de profesores castellanohablantes en Cataluña firmamos un manifiesto (redactado por Santiago Trancón) para protestar por lo que se venía venir. Era la pretensión de los nacionalistas catalanes de desplazar la lengua española en la vida pública y la enseñanza en Cataluña. De momento, los firmantes del manifiesto tuvimos que salir de najas, escopeteados de Cataluña, como tantos otros profesionales. El toque de alarma fue el miserable atentado contra Federico Jiménez Losantos por parte de los terroristas catalanes y su donosa idea de la libertad. No es por repetir la humorada del “Adiós, Madrid, que te quedas sin gente”. El hecho es que, a lo largo de los últimos decenios, Cataluña ha perdido el papel hegemónico que tuvo en la economía española. También es verdad que en el Principado solo medran los partidos nacionalistas, aunque entre ellos reina la confusión. Solo por eso no dejan de ser españoles. Con su pan se lo coman.

Pasó la época efervescente en la que se constituían nuevos Estados europeos. Es más, casi todos ellos han cedido parte de su soberanía a la Unión Europea, que, de todos modos, tampoco levanta cabeza como creación política. Pero ese es otro cantar. El imperio europeo fue sustituido por el norteamericano con ocasión de la II Guerra Mundial. Ahora se anuncia (y se teme) una nueva hegemonía mundial: la República Popular China. Ocasión pintiparada para que los países europeos resuelvan sus rémoras nacionalistas.

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