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Florentino Portero

Seguridad, diplomacia e ideología

La principal amenaza externa a nuestra seguridad procede de nuestra frontera sur.

Florentino Portero
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La principal amenaza externa a nuestra seguridad procede de nuestra frontera sur.
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La principal amenaza externa a nuestra seguridad procede de nuestra frontera sur, donde un conjunto de circunstancias aboca a la región del Sahel a una situación de inestabilidad crónica. La guerra civil e internacional que se está viviendo en Libia; los tradicionales problemas políticos de Argelia y el modelo de gobierno patrimonial característico de Marruecos tampoco ayudan a confiar en el futuro del Magreb. Tenemos y tendremos durante mucho tiempo graves retos en esta región, que pueden provocarnos grandes problemas derivados de una inmigración masiva, del radicalismo y la violencia.

Podemos pensar que no estamos solos, que otros Estados afectados pueden colaborar con nosotros para reaccionar ante estas situaciones, pero conviene no engañarnos. La Alianza Atlántica está viviendo una profunda crisis derivada de su inadaptación a un mundo muy distinto del de la Guerra Fría. Los aliados no comparten percepción de amenaza, son incapaces de ponerse de acuerdo sobre una estrategia y, sobre todo, llevan tanto tiempo gastando menos de lo conveniente para mantener sus capacidades militares que su estado operativo deja mucho que desear. Estados Unidos ha renunciado al liderazgo y la organización ha entrado en un grave declive. La Unión Europea aspira a tener una defensa colectiva, pero no la tiene. El problema principal no es la falta de capacidades, de un marco jurídico apropiado, de unas instituciones idóneas… sencillamente los Estados europeos tienen visiones distintas resultado de su historia, geografía e intereses nacionales. No existe un pueblo europeo ni una nación europea. ¿Cuántos españoles estarían dispuestos a combatir en defensa de la soberanía letona ante una agresión rusa?

Sin negar el papel que la Alianza Atlántica o la Unión Europea puedan tener en contener la desestabilización del Magreb y del Sahel, la realidad es que el grueso de la acción correrá a cargo de los Estados occidentales afectados, en colaboración o en solitario. España puede contar con la comprensión y colaboración de Portugal, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos. Italia vive una realidad muy compleja derivada de su situación geográfica, con ella el entendimiento es fácil, pero su foco de atención no siempre coincidirá con el nuestro.

Dos noticias recientes cobran mayor relieve a la vista de esta situación. Estados Unidos está retirando parte de sus tropas de Alemania, como resultado de un grave desencuentro entre ambos países. El Mando para África busca nuevo acomodo y el lugar más adecuado es Rota. Para nosotros, el refuerzo de la presencia estadounidense en la boca del Mediterráneo supondría un gran aporte a nuestra defensa y a la capacidad conjunta de proyectar seguridad sobre el Magreb y el Sahel. Obvio es decir que la existencia de un Gobierno social-comunista no ayuda. Con personajes como los que hoy conforman el Consejo de Ministros resulta complicado defender en Washington que compartimos principios, valores y amenazas.

Por otro lado, el Banco Interamericano de Desarrollo tiene un nuevo presidente, un estadounidense de origen hispano-cubano. España se opuso a su nombramiento, arrastrando a la Unión Europea y alineándose con los Estados más izquierdistas de América Latina. Es un hecho coherente con una política en la región que se aleja de la defensa de la democracia y el libre mercado, como es lógico y previsible en un Gobierno social-comunista.

El destino final del Mando para África de las Fuerzas Armadas de EEUU es un tema en el que nos jugamos mucho. Es de interés nacional que se sitúe sobre el Estrecho porque la inestabilidad de la región nos plantea muy graves problemas, que pueden acabar generando tensiones sociales de difícil gestión. Parece llegada la hora, de una vez por todas, de que España pueda tener políticas de estado en temas donde nos jugamos nuestro futuro y donde no tienen cabida prejuicios ideológicos trasnochados. Es tiempo de mantener un intenso diálogo con los Estados antes citados para juntos afrontar situaciones que exceden a la capacidad de cada uno. Los nuevos problemas ni se pueden resolver con viejas recetas ni pueden quedar condicionados por reflejos ideológicos.

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