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Amando de Miguel

La pequeña sociología de los grandes desastres

Los efectos de la pandemia y de la hecatombe económica van a prolongarse dos años. El resultado será la catástrofe más notoria de la historia contemporánea.

Amando de Miguel
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Los efectos de la pandemia y de la hecatombe económica van a prolongarse dos años. El resultado será la catástrofe más notoria de la historia contemporánea.
'El grito', de Edvard Munch. | Wikipedia

Los grandes desastres colectivos, naturales o provocados, suelen acarrear consecuencias que se alargan más de lo previsto; por tanto, se enconan. Consideremos el grandioso antecedente de la I Guerra Mundial (1914-1918). Llegó, de improviso, después de una de las épocas más prósperas de la civilización europea; que, por otra parte, pudo ser tachada de imperialista. La guerra ocasionó decenas de millones de víctimas mortales, directas o indirectas. De ahí el famoso lamento de la escritora norteamericana Gertrude Stein sobre “la generación perdida”, los jóvenes que desaparecieron en la contienda. La frase la difundió su compatriota Ernest Hemingway. Se sabe, además, que casi todos los discípulos del influyente sociólogo francés Emile Durkheim perecieron en la guerra. Por si fuera poco, el último año de la contienda (extremadamente lluvioso y frío) coincidió con la epidemia de la gripe española. Sus efectos letales se prolongaron un par de años más. No se sabe cuántos fallecidos provocó la epidemia en todo el mundo; seguramente fueron varias decenas de millones. En España la cifra superó los 300.000; afectó sobremanera a la población joven. Esa fue la cuota nacional de la generación perdida.

Después de ese ominoso precedente de hace un siglo, el doble desastre actual de la pandemia del virus chino y de la hecatombe económica podría parecer una fruslería, algo efímero. Nada de eso. La economía de nuestros días se ha hecho global, esto es, se encuentra profundamente entrelazada y comprende todo el planeta. Además, el hecho de haber alcanzado una cultura cientificista nos lleva a una general frustración colectiva: los expertos no saben cómo atajar el dichoso virus. Una cosa es cierta, aunque, oficialmente, no se reconozca: los efectos de la pandemia y de la hecatombe económica van a prolongarse dos años más. El resultado será la catástrofe más notoria de toda la historia contemporánea. Por lo menos, reconozcamos el privilegio de haber experimentado un hecho tan interesante. Me refiero a los supervivientes.

Queda por desentrañar el misterio ulterior de por qué España está siendo la víctima colectiva más dañada del doble desastre de 2020; siempre en términos per cápita, naturalmente. Lo que no se puede pretender es que no vaya a haber efectos dramáticos en la vida pública española, azotada por el doble desastre sanitario y económico. Aunque España no fue beligerante en la I Guerra Mundial, la fecha de 1918 significó el final del turno pacífico” de los dos partidos de la Restauración de Cánovas. No sería nada extravagante que la fecha de 2020 supusiera el fin de la fórmula del Estado de las Autonomías, es decir, de la Constitución de 1978. No se me exija adivinar qué dirección va a tomar la mutación que preveo. Sociólogo soy, mas no nigromante, por mucho que me alarme la visión de los 50.000 muertos (por ahora) de la pandemia. Ni siquiera son reconocidos de manera oficial.

No me consuela mucho el refrán de “a grandes males, grandes remedios”. Las adversidades gigantescas tardan mucho en cicatrizar. Por eso mismo son de prever alteraciones políticas de gran alcance, las que se registran en el cuaderno de bitácora que guarda celosamente el capitán del barco.

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