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Santiago Navajas

Walter Eucken, el rey secreto del liberalismo

Nuestro hombre iba a ser de los pocos que osara enfrentarse al 'Führer' filosófico Martin Heidegger.

Walter Eucken. | Archivo

Los alumnos de Heidegger, rendidos a su carisma filosófico, lo llamaban “el rey secreto del pensamiento”. Se imaginaban sus alumnos, en gran parte judíos como Hannah Arendt y Herbert Marcuse, que les hacía partícipes en Marburgo de una sabiduría oculta. Pero cuando “el filósofo del Ser”, como también le denominaban, fue nombrado por Adolf Hitler rector de la Universidad de Friburgo no sabía que allí se enfrentaría al rey secreto del liberalismo, Walter Eucken, que iba a ser de los pocos que osara enfrentarse al filósofo totalitario.

Heidegger se veía a sí mismo como el Führer filosófico del Tercer Reich y jamás renegó, ni mucho menos se disculpó, de su pasado nazi cuando fueron finalmente vencidos. Entonces llegó el turno de Eucken para liderar Alemania, que pasó de la Resistencia contra Hitler y Heidegger a apoyar a Konrad Adenauer y Ludwig Erhard en la reconstrucción económica y moral (de la República Federal de Alemania; el triste destino de la República Democrática, esclavizada por el comunismo soviético, es otra cuestión).

Desgraciadamente para la Alemania post-Hitler, la planificación económica y política se había convertido no solo en una moda sino en un dogma incluso para los norteamericanos post-Roosevelt. El esfuerzo de guerra, por un lado, y el narcisismo del presidente norteamericano, por otro, habían contribuido a que la planificación de la sociedad desde el Gobierno se viese no sólo como algo obligado por las circunstancias bélicas sino como el objeto de cualquier Gobierno, ya fuese democrático o dictatorial. Pero Eucken y sus colegas de la Escuela de Friburgo trataban de convencer a los americanos de que el nazismo se caracterizaba por su ineficiencia, efecto colateral de un sistema planificador en el que los planes cuatrienales de Göring imitaban los quinquenales de Stalin.

Aunque inicialmente conservador, Walter Eucken se alejó de las tesis proteccionistas y nacionalistas hasta llegar a convertirse, tras la II Guerra Mundial, en el adalid teórico de la campaña contra el control de precios y la planificación fuerte que trataban de imponer los Aliados a los alemanes, que Eucken y su círculo ordoliberal (la versión alemana del neoliberalismo) consideraban una versión menos autoritaria pero no menos insidiosa de la ineficiente y antiliberal política económica nazi. El resultado fue el llamado ‘milagro económico alemán’, que consistió ni más ni menos que en la apuesta por mercados bien regulados dentro de un marco legal liberal, eficiente y humanista.

Desde el punto de vista teórico, nadie se merece más que Eucken la etiqueta de neoliberal, sólo que no en el sentido vulgar de fundamentalista del libre mercado. En realidad, todo lo contrario. Eucken, junto a otros liberales (de Röpke a Hayek), asumió que el liberalismo decimonónico del laissez-faire había periclitado y hacía falta elaborar una teoría del liberalismo que asumiese la relación entre el Estado y los mercados no como si fuesen enemigos sino complementarios. En realidad, dos manifestaciones de un mismo fenómeno institucional: la organización mediante reglas colectivas para la espontaneidad social con vistas a la libertad, la prosperidad y la justicia. Para Eucken, parafraseando a Kant, el Estado sin mercados estaba vacío y los mercados sin Estado, ciegos.

El referente de la visión decimonónica del liberalismo que criticaban los neoliberales como Eucken era Ludwig von Mises. Para el alemán, el austríaco era un paleoliberal. Para el austríaco, el alemán era poco menos que socialista. Hayek había empezado siendo seguidor de la Escuela Austríaca y discípulo de Mises, pero tras su paso por la London School of Economics y su lucha intelectual con Keynes había comprendido que un economista que sólo supiera de economía no era en realidad un economista. Esto se lo habían enseñado Keynes, pensador total, de las matemáticas a la historia, y explícitamente el ordoliberal Röpke, al que había conocido a finales de la década de los veinte en un congreso en Zúrich. Fue el comienzo de una bonita amistad tanto con Röpke como con Eucken. Cuando Hayek viajaba en coche entre Londres y Viena, hacía todo lo posible para no pasar por Alemania. Salvo para visitar a Eucken en Friburgo.

A diferencia de los partidarios del 'laissez-faire' puro como Mises, los ordoliberales argumentaban que el proceso económico capitalista necesita de un orden político liberal, un marco que ponga límites a la economía para que esté al servicio de los intereses humanos básicos y no ponga en peligro su propia dinámica por contradicciones internas.

El paso de Hayek desde una perspectiva de economista puro a otra de filósofo social fue también el paso de la influencia de Mises a la de Eucken. El ordoliberalismo era una combinación entre la Escuela de Friburgo liderada por Eucken y la sociología liberal comandada por Röpke dentro del neoliberalismo alemán (en el que también destacaba Alfred Müller-Armack, que ni era de Friburgo ni era ordoliberal). Lo que tenían en común todos ellos, y de lo que se impregnó Hayek, era una visión del liberalismo que tenía en cuenta aspectos tanto de eficiencia, fundamental cuestión en el liberalismo decimonónico, como de humanismo, tanto por la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith como por influencia del cristianismo, para diseñar en el plano normativo unas reglas del juego que orientasen de manera adecuada los movimientos del juego social y económico. A diferencia de los partidarios del laissez-faire puro como Mises, los ordoliberales argumentaban que el proceso económico capitalista necesita de un orden político liberal, un marco que ponga límites a la economía para que esté al servicio de los intereses humanos básicos y no ponga en peligro su propia dinámica por contradicciones internas.

Tanto Eucken como Röpke colaboraron con Hayek en la organización de la primera reunión de la Sociedad Mont Pelèrin (SMP), club de liberales de todo el mundo con el que el pensador austríaco pretendía crear un masa crítica de pensamiento e influencia con la que resistir el tsunami de planificadores socialistas y conservadores que se había desatado tras la Segunda Guerra Mundial. El gran éxito personal de la primera reunión de la SMP fue, según el propio Hayek, Walter Eucken. Celebrada en 1947, todavía se estaba desnazificando Alemania, por lo que Eucken fue el único interviniente propiamente alemán. La tesis ordoliberal que defendió fue que existe una especie de teorema de la interdependencia entre los órdenes legal, económico, social y gubernamental que implicaba que las distintas libertades son inseparables y que tienen un fundamento ético.

Hay una tenue pero poderosa línea que conecta 1946 (cuando Eucken escribió a Hayek para felicitarle por Camino de servidumbre –1945–), 1947 (celebración de la primera reunión de la SMP, con Eucken de inesperado protagonista), 1948 (Hayek y Eucken fundan la revista Ordo) y 1949 (cuando estalló una fuerte discusión en la SMP entre Mises y Eucken en la que el primero gritó “¿Adam Smith? ¡El liberalismo soy yo!”). Para entonces, las diferencias de Hayek con Mises se habían hecho todavía más grandes, aunque su curiosa relación de amistad entre maestro y pupilo se mantuvo siempre (era famosa la sonrisa vienesa de Hayek, amigable pero ambigua. Otro nombre para la SMP era, según George Stigler, el “Club de Amigos de Friedrich Hayek”).

La historia de amistad personal e intelectual entre Eucken y Hayek terminó en 1950. El austríaco había invitado al alemán a dar unas conferencias en la London School of Economics. Sin embargo, por motivos personales, Hayek se desplazó de Londres a Chicago en el tiempo en el que Eucken dio sus conferencias y no pudo asistir a las mismas. Lamentablemente, en Londres Eucken sufrió un ataque al corazón que lo mató. Sin embargo, años más tarde Hayek fue a parar a la Universidad de Friburgo, al centro del ordoliberalismo que había fundado Eucken. En el discurso de aceptación de la plaza, recordó a Eucken y se comprometió a seguir con su legado. A su modo, siempre heterodoxo, siempre amigable, lo hizo. Pero esa es otra historia.

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