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Amando de Miguel

La previsible invasión marroquí

El actual reino de Marruecos no parará hasta invadir las Canarias, Ceuta y Melilla en su afán irredentista.

Amando de Miguel
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El actual reino de Marruecos no parará hasta invadir las Canarias, Ceuta y Melilla en su afán irredentista.
Fernando Grande-Marlaska, Pedro Sánchez y Mohamed VI. | EFE

La dilatada Reconquista no fue más que el fatigoso esfuerzo de los hispanos para repeler las sucesivas razias de las tribus marroquíes, ávidas de asolar el territorio de Hispania. El cronista Ben Jaldún, en el siglo XIV, certifica que la parte del Al Ándalus correspondía a los españoles, propiamente dichos, esto es, los musulmanes. Se enfrentaban a los gallegos, o sea, los cristianos de los reinos septentrionales. Puede que esa memoria histórica subsista en el subconsciente colectivo de los actuales dirigentes marroquíes.

En la batalla de las Navas de Tolosa (1212), los guerreros cristianos mancomunados de los distintos reinos, incluido el de Portugal, decidieron llamarse españoles. Por eso fue una batalla decisiva.

El actual reino de Marruecos –heredero de los almohades, almorávides y benimerines– trata de recomponer el mítico imperio magrebí (Magreb = Occidente). Así, aprovechando la debilidad del ocaso franquista, se apoderó, bonitamente, de Ifni y del Sáhara español. No parará hasta invadir las Canarias, Ceuta y Melilla en su afán irredentista. Lo necesita para contener un hipotético estallido democrático, que pudiera acabar con el prepóstero sultanato.

Como es lógico, la invasión marroquí no se hará por vía militar, a pesar de lo desguarnecidas que están las Fuerzas Armadas españolas. Después de todo, hay bases norteamericanas, muy bien dotadas, tanto en Marruecos como en España. Ese es el principal factor disuasorio ante una supuesta guerra hispano-marroquí. La invasión ya ha empezado y será de carácter demográfico. El primer episodio de ese género fue la Marcha Verde contra el antiguo Sáhara español. El movimiento masivo será, ahora, todavía más civil y pacífico. Consiste en dirigir los movimientos migratorios, originados en el Magreb o en los países subsaharianos, hacia Melilla, Ceuta o las Canarias. El movimiento se hace de una forma sistemática, utilizando las misteriosas mafias, el equivalente de los negreros del pasado. Ahora se hace en colaboración con diversas oenegés.

El nuevo movimiento de masas se percibe, muy bien, en las Canarias. Durante este año han llegado al archipiélago unos 20.000 inmigrantes, reputados por España como ilegales. Pero son reales y hasta tienen derecho a ser alojados en hoteles turísticos de gran prestancia. Suelen ser varones jóvenes, que huyen del paro y entienden que su suerte mejorará con el acogimiento al Estado de Bienestar español. No son asimilables a la cultura española, y eso sin imaginar lo que podría ser la infiltración del terrorismo islamista entre ellos.

De momento, la cuantía de los 20.000 inmigrantes de los cayucos y pateras no produce un irremediable quebranto, aunque la economía canaria se encuentra al borde de la desesperación. Lo que cuenta es la tendencia. ¿Y si el año que viene llegan 40.000 magrebíes a las Canarias? ¿Y si se siguen multiplicando? La solución de repatriarlos se hace imposible, aunque solo sea por el alto coste del operativo. El fenómeno migratorio llega, además, en el aciago momento de una terrible epidemia y de una profunda hecatombe económica, que alcanza tanto a Marruecos como a España. No hay modo en España de poder asimilar un contingente tan numeroso.

Se ha propuesto un bloqueo naval en torno a las islas Canarias. Es un método que solo sirve en tiempos de guerra. Además, dudo mucho de que España cuente con los suficientes pertrechos navales para tal operación. Lo siento, no se me ocurre qué iniciativa puede detener la hipotética invasión (demográfica) marroquí.

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