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Eduardo Goligorsky

Pasemos página

Continuaremos trabajando unidos para cumplir con nuestro deber de lealtad a la Constitución, a la Monarquía y a España.

Eduardo Goligorsky
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Continuaremos trabajando unidos para cumplir con nuestro deber de lealtad a la Constitución, a la Monarquía y a España.
Manifestación contra la Ley de Eutanasia frente al Congreso de los Diputados. | Cordon Press

Temo que el apasionado debate entre partidarios y adversarios de la Ley de Eutanasia y Suicidio Asistido se haya desviado hacia escenarios ficticios. Cualquiera diría que los adversarios de la ley proponen la aplicación universal de un recién descubierto elixir de la inmortalidad, en tanto que los partidarios de dicha ley son negacionistas obstinados en privarnos de esa panacea. No es así. Nadie se evade del ciclo vital y este desemboca inevitablemente en la muerte, que puede producirse en cualquier etapa de la existencia, por causas naturales o inducidas. Llegados a este punto, debemos dejar de argumentar como si fuera posible la quimera de la inmortalidad, para abordar las circunstancias inherentes a nuestro tránsito hacia la muerte. Racionalmente, hasta donde sea posible.

Culturas milenarias

Desde que el mundo es mundo los seres humanos no han cesado de buscar explicaciones tranquilizadoras a lo que sucede en el más allá desconocido. Testimonio de ello son restos arqueológicos, monumentos imperecederos, ceremonias intemporales y obras maestras de la literatura universal. Quienes siguen apegados a esas explicaciones son los herederos de culturas milenarias, cuyas creencias merecen el mayor respeto aunque los escépticos discrepemos de ellas.

Volviendo al tema de la eutanasia, han sido los parlamentarios de los partidos de derecha quienes, por motivos religiosos o éticos, se han opuesto a su aprobación. La controversia con ellos –respetuosa, insisto– debe desarrollarse en el terreno de los hechos prácticos de interés social y no en el de las opciones espirituales de la órbita privada. Esto implica reconocer la coherencia de quienes juzgan la eutanasia incompatible con sus convicciones religiosas o éticas y por lo tanto se niegan a valerse de ella y a aplicarla, a cambio de lo cual deben resignarse a aceptar su vigencia en el resto de la sociedad plural, sin poner obstáculos a quienes la hemos incorporado voluntariamente a nuestra carta de libertades y derechos.

Palabras clave

Aquí las palabras clave son libertad, derecho y voluntariamente. Las personas que dejamos estipulada en un documento notarial nuestra voluntad de acogernos a algo semejante a la Ley de Eutanasia y Suicidio Asistido cuando esta aún era una utopía, lo hicimos en virtud del derecho a disponer con libertad de nuestra vida. Ahora la ley, estrictamente garantista, pone condiciones severas para evitar coacciones, ya sean estas familiares o administrativas. El paciente deberá firmar su consentimiento cuatro veces ante distintos médicos y comisiones de control y podrá retractarse en cualquier etapa del proceso. ¿Puede haber fraudes? Por supuesto, como puede haberlos en un contrato matrimonial o testamentario, sin que esto justifique prescindir de ellos en la legislación ordinaria.

La eutanasia tampoco se presta a interpretaciones capciosas. La ley dice textualmente:

Eutanasia activa es la acción por la que un profesional sanitario pone fin a la vida de un paciente de manera deliberada y a petición de este, cuando se produce dentro de un contexto eutanásico por padecimiento grave, crónico o imposibilitante o enfermedad grave e incurable, causante de un sufrimiento intolerable.

Cuidados paliativos

Más palabras clave: sufrimiento intolerable. Nadie, ni los críticos más acérrimos de la eutanasia, defiende la prolongación de estos sufrimientos intolerables. Y por eso se declaran partidarios de combatirlos mediante los cuidados paliativos. Excelente iniciativa en el plano teórico. Pero el manifiesto de la coalición de entidades opuestas a la eutanasia Plataforma los 7.000 denuncia que “en España hay entre 50.000 y 60.000 personas con dolores insufribles y sin cuidados paliativos” (LV, 18/12). Horroriza pensar que el total de pacientes víctimas del encarnizamiento terapéutico en la España democrática supera al de prisioneros torturados bajo la dictadura. Visto lo cual, sin la nueva ley, a cualquiera de nosotros se le podría aplicar, negándole la sedación letal, el adagio de te fabula narratur.

Estos sufrientes desamparados son, precisamente, aquellos a quienes se señala como víctimas potenciales de una eutanasia incontrolada: personas gravemente enfermas, ancianas, deprimidas, altamente dependientes, vulnerables e influenciables. También es entre ellas que cunde una de las pandemias que nuestra sociedad oculta con hermetismo farisaico: el suicidio, sobre todo entre mayores de 70 años. Se produce uno cada dos horas y media, 10 por día, duplican las muertes por accidentes de tráfico, superan 11 veces los homicidios y 80 los actos de violencia de género (El Confidencial, 9/9/2019).

Las malas compañías

Es indudable que la entrada en vigor de la Ley de Eutanasia y Suicidio Asistido deberá ir acompañada por un ejercicio de pedagogía colectiva para inculcar a sus partidarios la necesidad de firmar el Testamento Vital o un documento explícito equivalente, donde el ciudadano deja constancia, mientras conserva el pleno uso de sus facultades mentales, de que se acoge al derecho a lo que él interpreta como la muerte digna. Así se garantiza que la decisión final no quedará librada a posibles intereses espurios de terceras personas.

Finalmente, es indispensable aclarar que quienes bregamos desde hace muchos años por la aprobación de esta ley, cultivando las sabias enseñanzas del añorado pensador Salvador Pániker, estamos globalmente más próximos a quienes se oponen a ella pero defienden la Constitución de 1978 y la Monarquía parlamentaria –como las defendía Pániker– que al contubernio sanchicomunista y antiespañol que la presentó en el Congreso. Si quienes defendemos la eutanasia (incluido Ciudadanos) nos encontramos, contra natura y accidentalmente, en la mala compañía de estos indeseables, quienes la combaten se encuentran, también contra natura y accidentalmente, en la mala compañía de los ayatolás islámicos que abominan del aborto y la eutanasia y predican el degüello de los infieles.

Pasemos página y preparémonos para el reencuentro desacomplejado entre patriotas libres e iguales, una vez superada esta discrepancia puntual que nos ha separado circunstancialmente. Cerrada la brecha, continuaremos trabajando unidos para cumplir con nuestro deber de lealtad a la Constitución, a la Monarquía y a España.

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