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Amando de Miguel

Cogitaciones sobre la mal llamada 'eutanasia'

La defensa de la eutanasia no debe asociarse con el progreso, aunque intente pasar por progresista.

Amando de Miguel
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La defensa de la eutanasia no debe asociarse con el progreso, aunque intente pasar por progresista.
EFE

Escribo estas líneas, como ochentón, en la cama de un hospital madrileño, naturalmente a tope, aunque con personal realmente laborioso. Aquí es donde se percibe que si muchos hemos sobrevivido tanto con el motor en marcha es porque la biología se sostiene con la química. Es decir, a partir de cierta edad, casi todos sobrevivimos empastillados, cuando no con prótesis. O, lo que es casi lo mismo, llevamos ya un gran tracto de nuestra vida, decididos a utilizar sistemáticamente los cuidados paliativos en lugar de aceptar la muerte, digamos, natural. Luego, la polémica está resuelta para la gran masa de la población antes de someterla a un cuestionario de encuesta. De mí sé decir que, vistas las enfermedades por las que he pasado a lo largo de más de 80 años, tendría que haberme muerto varias veces. Pero el sistema sanitario no me ha permitido hacerlo. Creo que es un gran logro que la medicina, la farmacopea y la naturaleza me hayan ayudado a sobrevivir. Así, puedo seguir dando la lata con mis artículos.

Los partidarios de la eutanasia (reconozco que la palabra es hermosa) deberían ser más coherentes: tendrían que minorar las intervenciones quirúrgicas y la frecuentación de las consultas médicas y farmacéuticas. Nada de alivios artificiales a la secuencia natural de la vida. En todo caso, la defensa de la eutanasia no debe asociarse con el progreso, aunque intente pasar por progresista. (Ya se sabe, aquí se consideran progresistas los de derechas que se han tenido que divorciar). Digamos que la eutanasia solo puede defenderse si se apoya en el argumento liminar del mal menor; tan natural, por otra parte. Esa defensa resulta pésima cuando se fundamenta en una disimulada avidez por la herencia del finado. Ante una situación así, las opiniones pierden mucha validez.

¿Para qué nos vamos a engañar? El argumento a favor de la eutanasia, tal como se plantea, es una larvada ideología contra el cristianismo. Sería mejor que se declarara abiertamente como tal. De otra forma, seguimos caminando a través de un berenjenal de eufemismos. (Otra voz con el eu dichoso, que significa “bueno”).

Hablando de eufemismos. ¡Qué incongruencia la del “suicidio asistido”! Si es con ayuda, esa muerte ya no es del sujeto. El suicida elige cuándo fenece. Es poca cosa. Lo verdaderamente humano es decidir, en la medida de lo posible, el cómo uno va a entregar la vida. Por eso produce tanta grandeza la muerte en actos heroicos o de servicio (policías, soldados, bomberos, etc.). Formalmente, alguien podría considerarlos como suicidios. Desde luego, más que egoísmos serían altruismos.

¿Por qué nos aferramos, en tantos casos, a la defensa de la eutanasia? Por miedo, el sentimiento que mueve tantas conductas. No es tanto el temor al sufrimiento propio o ajeno, sino, literalmente, la vulgaridad del miedo a la muerte. Se trata de un rasgo esencialmente humano complementario de la inteligencia. No creo que otros mamíferos puedan experimentar ese miedo; si acaso, algunos de los domesticados, aunque solo sea en un grado mínimo.

Naturalmente, uno es libre de decir que no tiene miedo a morir. Mayores hipocresías se han visto, aunque en este caso se puede ocultar con un velo, muy legítimo, de religiosidad. Son defensas humanísimas. Se conoce que lo que caracteriza verdaderamente al Homo sapiens es el arte de la representación.

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