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Mikel Buesa

Marlaska se mete a economista

No sé si será porque ya se ha aburrido de privilegiar a etarras presos y de soportar quejas de policías y guardias civiles.

Mikel Buesa
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No sé si será porque ya se ha aburrido de privilegiar a etarras presos y de soportar quejas de policías y guardias civiles.
Fernando Grande Marlaska, ministro del Interior. | EFE

No sé si será porque ya se ha aburrido de privilegiar a etarras presos y de soportar quejas de policías y guardias civiles, o porque está empezando a hacer méritos ahora que se abren las posibilidades de promoción en el Gobierno, o porque es un chisgarabís al que le gusta mojar en todas las salsas a su alcance, el caso es que el otro día, aprovechando la ocasión que le brindó una pregunta en rueda de prensa, don Grande-Marlaska se metió a economista. Naturalmente lo hizo para ensalzar los grandes logros de Sánchez en esta materia, fruto sin duda de los doctorales conocimientos de este último.

El arranque por chicuelinas fue espectacular, pues se trataba de marcar paquete con la diferencia entre un Gobierno progresista y los precedentes de la derecha. Ya se sabe, mientras que a ésta sólo le ponen los ricos, aquel se desvive por el pueblo. Y así, don Grande-Marlaska fue meridiano al afirmar: "No hemos dejado a nadie atrás para dar respuesta al conjunto de los ciudadanos". Aunque esto es una cuestión más bien geográfica, atrás, atrás, es posible que no se haya quedado nadie, pero los que han sido puestos a un lado para que no incordien y, sobre todo, para que no estropeen la estética de la grandiosidad gubernamental son más bien muchos, y en todos los terrenos. Que se lo digan si no a los deudos, familiares y amigos de las casi 40.000 víctimas que, entre asesinados, heridos y damnificados, ha dejado ETA durante su periplo terrorista; o también a los millones de españoles que han visto rebajados sus derechos civiles durante los estados de alarma; o a las decenas de miles de autónomos y empresarios que se han quedado a dos velas esperando unas ayudas proclamadas aunque inexistentes; o a los centenares de miles de pobres que se han visto atrapados en la inoperante burocracia del ministerio de la Seguridad Social a la espera de cobrar el Ingreso Mínimo Vital; o a los no menos de seis millones de empleados que han visto reducidos sus ingresos; y así un alargado etcétera.

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