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Amando de Miguel

Los españoles ante la ciencia

Uno de los más graves estrangulamientos en el desarrollo de la sociedad española es la extrema debilidad de la investigación científica.

Amando de Miguel
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Uno de los más graves estrangulamientos en el desarrollo de la sociedad española es la extrema debilidad de la investigación científica.
EFE

Uno de los más graves estrangulamientos en el desarrollo de la sociedad española es la extrema debilidad de la investigación científica. Lo más doliente es que tal problema no parece preocupar gran cosa a los Gobiernos, ni los de antes ni los de ahora.

La ciencia es uno de los bienes peor repartidos en el mundo. Cuesta mucho asimilarla, ya que no se puede improvisar la adecuada base educativa, no solo universitaria. La vigente ley de educación española no puede ser más deplorable.

En la historia moderna de España han sobresalido eminentes personalidades del pensamiento, el arte, la literatura, entre otros campos. Sin embargo, no han surgido genios cercanos a Galileo, Copérnico, Newton o Einstein, junto a otros de similar magnitud. España cuenta con el inmenso capital de una lengua común que es una de las pocas de comunicación internacional en el mundo. Sin embargo, con ella se ha hecho muy poca ciencia.

El indicador más efectivo es que la Universidad española contemporánea no ha producido más que un premio Nobel: Santiago Ramón y Cajal. Eso fue a principios del siglo XX. Al menos, eso sirvió para una notable iniciativa en pro de la ciencia. En 1907 se creó la benemérita institución de la Junta de Ampliación de Estudios. La presidió, precisamente, Ramón y Cajal. Su objetivo era el de enviar estudiantes a otros países, para que trajeran la ciencia a España. La realidad fue que la mayoría de los becarios se dedicaron a carreras profesionales (Medicina, Derecho, Historia). Sus estudios en el extranjero (principalmente, Alemania y Francia) no solían exceder de los dos o tres meses. Es claro que poca ciencia se puede obtener con tal planteamiento, y eso que se trató de una iniciativa tan excepcional como plausible.

Frente a los escasos esfuerzos oficiales por promover la ciencia, se alza el hecho retrógrado de una tradición escolástica (en su peor sentido) instalada en la vida universitaria española. Las tesis doctorales se orientan, por lo general, a reseñar lo que han escrito otros autores extranjeros, no a desarrollar una investigación original. Añádase el tono retórico, ampuloso, que tanto priva en la vida cultural española. Por si fuera poco, el sistema educativo español no incita a desarrollar la ética del esfuerzo en los estudiantes; tampoco en los docentes. (Solo cabe la excepción del deporte profesional). El resultado es un culto al dogmatismo y la mediocridad de la vida intelectual, en su más amplio sentido.

En los países a la cabeza del progreso científico se registran abundantes fallos en su correspondiente sistema educativo. No obstante, se pueden compensar, parcialmente, con el funcionamiento de unos pocos centros de excelencia. En España es notoria la debilidad de tales excepciones. Se comprenderá, pues, que la ciencia sea aquí una especie de lujo, un artículo de importación con propósitos ostentatorios; y eso, en el mejor de los casos.

La conclusión es que en España no ha habido ciencia y, lo que es más grave, no podrá haberla nunca, mientras no se alteren, sustancialmente, las circunstancias descritas. Son, más bien, de ambiente intelectual, de estructura educativa. Mi experiencia con algunos amigos ligados al capítulo científico es que se ven particularmente inadaptados a la estructura y funcionamiento de la sociedad española. Se comprende la querencia a emigrar a los países centrales que caracteriza al plantel de jóvenes investigadores españoles.

La pregunta radical de por qué no ha habido ciencia en España se relaciona con otra, aparentemente, distanciada en un orden lógico. A saber, ¿cómo es que no ha logrado arraigar un verdadero sistema democrático? La verdad es que la ciencia ha podido florecer, excepcionalmente, en regímenes totalitarios. Sin embargo, no es menos cierto que lo normal es que se haya desarrollado con mayor naturalidad en sociedades democráticas. La asociación descrita nos permite un rayo de esperanza hacia el futuro de la sociedad española. Al final, no tendrá más remedio que arraigar la democracia plena y la ciencia. Yo no veré, quizá, un destino tan placentero, pero otros compatriotas recogerán tales frutos.

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