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Iván Vélez

Madariaga

La vía oteguiana supone la continuación del proyecto de Madariaga por otros medios.

Iván Vélez
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La vía oteguiana supone la continuación del proyecto de Madariaga por otros medios.
Julen Madariaga, fundador de ETA. | EFE

Traspasado por el dolor, el pasado día 6 Arnaldo Otegui escribió este tuit al conocer la noticia del fallecimiento de Julen Madariaga:

Una rosa socialista cerró un trino, por no decir graznido, en el que el nuevo ídolo del sindicalismo plurinacional, el hombre de la paz zapateril, el referente del mundo lazi, reconocía eso que resulta tan incómodo para uno de los pilares del Gobierno de coalición: la conexión, más que evidente, entre EH Bildu y el mundo del hacha y la serpiente. Como es lógico, semejante mensaje, que en Instagram y Facebook supuso una pena de bloqueo de 24 horas de duración, suscitó múltiples reacciones. Entre ellas la del historiador español Jesús Laínz, que rescató esta cita del finado:

Nuestra política de defendernos de la violencia del tiránico ocupante por medio de la violencia no la hemos elegido nosotros los vascos; nos la han impuesto.

Palabras, las del ideólogo etarra que ha adoptado la forma cadavérica, que convertirían al ocupante de la fantasmagórica Euskal Herria, Vizcaya para Sabino, es decir, a España, en culpable de los mil asesinados de ETA y de su interminable rastro de sangre, extorsión y extrañamiento de cientos de miles de vascos. Las ideas de don Julen, que en sus últimos años se desmarcó de la estrategia criminal, laten tras el mensaje de Otegui, rematadas con ese Irabazi arte!, es decir, con un “¡Hasta ganar!” que en su momento era el grito preferido de los terroristas callejeros y que ahora, en tiempos de repliegue armado y legitimación del brazo político secesionista, se ha transferido a los campos de fútbol, en los que se libra una batalla menos cruenta pero igual de disolvente, tal y como se puede comprobar echando un vistazo a las equipaciones de los futbolistas o comprobando cómo, amparadas en una particular interpretación de la libertad de expresión, las pitadas a los símbolos nacionales españoles son ya habituales. La vía oteguiana, y el tuit referido así lo confirma, supone la continuación del proyecto de Madariaga por otros medios.

Arnaldo Otegi.

Unos medios ajustados al mismo propósito, la secesión de una región española, que han sido propiciados por los sucesivos Gobiernos de la nación, todos ellos confortablemente acogidos bajo el frondoso nogal peneuvista, al que empiezan a salirle algunas ramas rebeldes. En efecto, conforme el PSOE y el PP se iban plegando a las exigencias peneuvistas con el fin de cuadrar las cuentas de escaños para acceder a la Moncloa, la abertzalización ha ido avanzando hasta tal límite que comienza a suponer una amenaza para el partido hegemónico en la Comunidad Autónoma Vasca. Un avance que viene propiciado por componentes internos al mundo araniano, fundamentalmente la lengua normalizada, la onomástica y la toponimia, pero también por otros de procedencia menos localizable. Factores de índole planetaria que exceden, por su implantación política, las famosas chanzas acerca de la universalidad natalicia vasca: aquellos que tienen que ver con proyectos globalizadores apoyados en pequeñas comunidades que resultan muy manejeras para las grandes corporaciones y los imperios que, de diferentes formas, configuran nuestra realidad.

Es a esta estrategia a la que sirven, sépanlo o no, cierren el puño o adornen sus mensajes con rosas, Otegi y sus correligionarios, para los cuales no hay más Madariaga que Julen, pues de otro, de Salvador de Madariaga, nada saben, aunque acaso estén más próximos a sus ideas de lo que creen, pues este último, relevante figura durante la Guerra Fría, operó dentro de una estrategia imperial, la del mundo al que respondía su acendrado liberalismo, que alumbró una CEE cuya transformación ha dañado tanto nuestro tejido industrial y hasta nuestra solidez como nación, con el acogimiento de golpistas, y en su día de etarras, incluido. Al cabo, entre las obras del diplomático figura una en cuyo título, Memorias de un federalista, se contiene la fórmula en la que se cifran todas las esperanzas de los múltiples y variados compatriotas que, al igual que le ocurría a ese líder político ya ajustado a los quicios autonómicos, no pueden decir España.

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