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Iván Vélez

Por el triunfo de la desmelladización

Varios diputados autonómicos han exigido a Juan Manuel Moreno Bonilla que retire a María Elvira Roca Barea la Medalla de Andalucía.

Iván Vélez
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Varios diputados autonómicos han exigido a Juan Manuel Moreno Bonilla que retire a María Elvira Roca Barea la Medalla de Andalucía.
María Elvira Roca Barea, en esRadio. | David Alonso Rincón

Los diputados no adscritos del Parlamento autonómico andaluz han exigido al presidente Juan Manuel Moreno Bonilla que retire a María Elvira Roca Barea la Medalla de Andalucía que le fue concedida hace tres años. El motivo de dicha petición ha sido la calificación dada por la autora de Imperiofobia a Blas Infante. Al parecer, doña Elvira ha llamado “botarate” e “imbécil integral” al llamado padre de la patria andaluza en el curso de una conferencia pronunciada en la Universidad de Valladolid. El encargado de dar cauce a la indignación andalucista ha sido el diputado Nacho Molina Arroyo, cuyo voluminoso palmito suele dar soporte textil a diversas reivindicaciones de una autoproclamada izquierda caracterizada por poner entre paréntesis a España. Al cabo, la facción política en la que se encuadra su señoría se mueve entre la región, autopercibida como nación, y el planeta, dejando a la innombrable y verdadera nación a la que, quiera o no, pertenece don Ignacio la adjudicación de males sin tasa, entre ellos la culpa del secular, y no exento de victimismo, atraso andaluz.

Como buen hombre antisistema amparado por el sistema, Molina se ha agarrado a la estructura autonómica, la misma que le permite ser cargo público, para salir en defensa de don Blas, pues, tal y como ha manifestado en rueda de prensa, Infante está en el Estatuto… “y en nuestra memoria”. Una memoria que, en todo caso, es “histórica”. Molina, en definitiva, se alinea con uno de los productos estrella del zapaterismo: la visión maniquea del pasado que ha polarizado a la sociedad española desde hace casi dos décadas. En esta dialéctica cainita se mueven Molina y gran parte de los infantistas, muchos de los cuales no lo serían si el notario de Casares, casado con la enriquecida Angustias García Parias, no hubiera sido fusilado en 1940 por el bando franquista por haber formado parte, según reza la sentencia, “de una candidatura de tendencia revolucionaria en las elecciones de 1931”,  “y en los años sucesivos hasta 1936 se significó como propagandista de un partido andalucista o regionalista andaluz”.   

Los disparos que pusieron fin a su vida son, sin duda, decisivos para la apoteosis autonómica experimentada por Blas Infante, que en 1924 viajó a Agmhat y visitó la tumba de Motamid, último rey de la taifa sevillana, para convertirse públicamente al islam. El 15 de septiembre, con dos descendientes de moriscos como testigos, Infante trocó el Blas por el Ahmad y comenzó su apostolado islamista, aderezado con los resabios krausistas y federalistas asumidos en su juventud, ingredientes indispensables en toda alternativa izquierdista española, casi siempre hispanófoba, operante en nuestra partitocracia.

De salir adelante la iniciativa liderada por Molina, Elvira Roca sería desposeída de la medalla otorgada el 22 de febrero de 2018 por el Gobierno andaluz presidido por Susana Díaz, concesión que venía a reconocer, merecidamente, un gran trabajo acompañado de un enorme éxito de ventas. Su autora, y acaso ello contribuyó al mentado premio, se situaba de manera explícita fuera de los ambientes tenidos por derechistas, convirtiéndose así en una figura reivindicable por una socialdemocracia obligada a hacer equilibrios territoriales para lograr la gobernabilidad o, por decirlo en terminología covidiana, cogobernabilidad. Una distinción institucional que, en cualquier caso, resulta inadmisible para los rigoristas de una plurinacionalidad imposibilitada por la madrastra, permítasenos el adjetivo bolivariano, España.  

No necesita María Elvira Roca Barea defensa alguna, pues durante estos años ha dado sobradas pruebas de su solvencia frente a ataques tan burdos y groseramente personales como, por ejemplo, los lanzados por el gurú de Íñigo Errejón, autor de una libresca ecolalia en espejo plena de descalificaciones y delirantes explicaciones de las causas del éxito de la malagueña. Sirvan estas líneas como reconocimiento de una labor, la suya, que excede con mucho el valor de una medalla autonómica.

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