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Amando de Miguel

La envidia nacional de los españoles

Un acuerdo muy general entre los hispanistas (sean autóctonos o extranjeros) es que la envidia es el vicio nacional de los españoles.

Amando de Miguel
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Un acuerdo muy general entre los hispanistas (sean autóctonos o extranjeros) es que la envidia es el vicio nacional de los españoles.
'Duelo a garrotazos', de Goya. | Wikipedia

Un acuerdo muy general entre los hispanistas (sean autóctonos o extranjeros) es que la envidia es el vicio nacional de los españoles. Hay razones para tal diagnóstico. Miguel de Unamuno lo dejó claro: "La envidia es la íntima gangrena de la vida española". La raíz de tal conducta colectiva es la persistente desconfianza, que los españoles han mantenido siempre, respecto de sus compatriotas. El dictamen puede parecer exagerado, pero el río sigue sonando.

Hagamos un poco de memoria histórica, si se me permite la ironía con tal aberración intelectual. Un hecho colectivo de monumental importancia fue el fracaso de la II República, su lento suicidio. Una primera razón fue que los dirigentes de la izquierda (las fuerzas dominantes de ese periodo) no supieron enfrentarse a la hecatombe de la crisis económica. La cual llegó a España, precisamente, en 1931. Los historiadores no suelen detenerse en esa circunstancia, que fue definitiva. Hay otra, todavía menos estudiada y mucho más influyente. Pertenece al capítulo de la psicología de las minorías rectoras. Se hace explícita con los muchos testimonios de los líderes republicanos más conspicuos. Ellos mismos no reconocen tal estigma, pero los textos de sus memorias son concluyentes: estaban roídos de resentimiento mutuo, fueran del mismo partido o de otros afines. Cito, como muestra, la sincera confesión de Niceto Alcalá Zamora, antiguo monárquico elevado al trono del republicanismo: "Yo no soy rencoroso, pero el que me la hace la paga". Vaya que lo pagaron sus cuates. Las memorias del Botas (así le llamaban todos) se hallan transidas de envidia hacia sus pares. Algo parecido se podría decir de Azaña, Prieto, Largo Caballero, Negrín y los demás. Hay razones para sospechar que ese mismo clima de resentimiento (el alcaloide de la envidia) se encuentra en las cabezas de los que han gobernado España antes y después de la II República.

No creo que haya nada innato en el español medio que sea particularmente proclive a la envidia. Creo más bien que, supuestas ciertas condiciones externas, la envidia se dispara en el ambiente cerrado de los dirigentes políticos. No sé a qué puede deberse tal resultado, pero caben algunas conjeturas.

Especialmente en el terreno de la alta política, las envidias se desatan por el personalismo y el amiguismo en los partidos o movimientos políticos. Es algo que no se reconoce, porque el envidioso sabe disimular sus pasiones. Hay, acaso, una circunstancia cultural. Nótese que los tres grandes mitos literarios españoles (Don Quijote, Don Juan y la Celestina) son formidables simuladores. La política es un campo propicio para practicar las artes de la envidia, que suelen ser, casi siempre, un tanto teatrales.

Hay que anotar una prevención. La chispa de la envidia no estalla entre una persona común y otra muy distinguida, sino entre dos individuos próximos. En los medios de comunicación se muestra una verdadera obsesión colectiva por escudriñar las andanzas y entresijos de la vida de los famosos. Sin embargo, esa actitud no es la envidia. No debe confundirse la morbosa curiosidad por conocer los intríngulis biográficos de las celebridades con la operación de la envidia. Esta suele darse dentro del estrecho círculo íntimo de los parientes, amigos, conocidos, colaboradores.

Las situaciones propicias para que aparezca la envidia suelen ser una mezcla de extrema competitividad y falta de reconocimiento de las personas que quieren pasar por creadoras o, al menos, originales. Son más frecuentes en la vida política, intelectual, profesional, artística o deportiva.

La conducta envidiosa no tiene por qué ser patológica, por mucho que haya sido objeto de estudio de los psiquiatras y afines. Se produce espontáneamente en la situación de establecer una comparación con alguna persona cercana que posea algún tipo de excelencia o singularidad. El envidioso aspira, de manera obsesiva, a ser como su modelo. Al no conseguirlo, se frustra; necesita, entonces, desmerecer las cualidades del envidiado desprestigiándolo. El proceso es muy común en la vida española; de modo especial, en los estratos acomodados, definidos estos más por cultura que por patrimonio.

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