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Amando de Miguel

La política como apariencia

El culto teatrero a las apariencias llega a su ápice en el anchuroso dominio de la política.

Amando de Miguel
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El culto teatrero a las apariencias llega a su ápice en el anchuroso dominio de la política.
Pedro Sánchez. | EFE

El culto teatrero a las apariencias llega a su ápice en el anchuroso dominio de la política. No en vano las acciones de los políticos se llaman "actuaciones". Para mal y para bien, la política viene a ser un resto de la fenecida sociedad aristocrática, la que, según Ortega y Gasset, "vive de invitarse o no invitarse". En ese mundo, que se alimenta de los generosos presupuestos del Estado, la lógica es la del como si. Significa el triunfo de las suposiciones. No es la menor pensar que los gobernantes persiguen siempre el bien común; ahora, reducido, con la correspondiente comisión, al "bienestar general".

El como si de las actuaciones gubernamentales supone que lo fundamental es la propuesta, el proyecto, el plan. Es fácil derivar una continua exaltación del eufemismo, lo que suena bien, aunque pueda resultar incomprensible. Por ejemplo, la inevitable subida de los impuestos se vende, a la sufrida ciudadanía, como un proyecto de armonización fiscal.

El tratamiento privilegiado a los autores de un golpe de Estado, siempre que sean aliados del Gobierno, se presenta como una efusión de "concordia". Por cierto, esa era la palabra talismán de Cambó, el fundador del nacionalismo catalán, quien, al final, se pasó al bando franquista.

La coacción para vacunarse según la pauta fijada por la autoridad sanitaria se denomina "consentimiento informado".

La táctica del eufemismo se eleva al arte del enmascaramiento con el recurso de los acrónimos. Así, las ONG (organizaciones no gubernamentales) incluyen organismos gubernamentales, al menos, por su financiación y privilegios. Los eres y los ertes son los parados ocultos, que equivalen a un coste extraordinario, que pagan los contribuyentes, y del que se benefician los sindicatos y patronales de oficio. Los adalides de esos grupos de influencia son los "agentes sociales", otro eufemismo para concederles la autoridad que no tienen. Su misión es conseguir la "paz social" a costa de pingües compensaciones.

La conducta sexual aberrante (aunque solo sea en términos estadísticos) recibe todos los parabienes a través del movimiento LGTBIQ, generosamente subvencionado por las arcas públicas. Se trata de una copia vil de los Estados Unidos, donde las siglas corresponden a lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales. La última letra, Q, responde a queer, inicialmente un término despectivo popular para las conductas homosexuales. Equivaldría a "que pierden aceite", "maricas", "de la acera de enfrente", etc. Los del movimiento LGTBIQ lo han reivindicado como un honroso genérico. Se supone que incluirá también a los zoófilos o a los incestuosos, entre otras especies aberrantes. Con el acrónimo multicolor (su bandera es el arco iris) intentan adquirir legitimidad y, de paso, algunas subvenciones. Es decir, constituyen otro grupo de influencia o interés.

La política internacional representa el arte supremo de la diplomacia, que es la forma más elegante de cubrir las apariencias. El reino de España se comporta como si fuera un buen aliado de los Estados Unidos de América, pero resulta que Marruecos es todavía más fiel al imperio americano. Su título, para el Gobierno de España, es el de país vecino, amigo o, incluso, hermano. Pero sucede que el presidente del Gobierno de España no parece frecuentar las visitas a los supremos mandatarios de Marruecos o de los Estados Unidos. El colmo de la política de apariencias es que el Gobierno español concede regulares subvenciones al de Marruecos para que proteja la parte de la común frontera. Se dice, también, "la frontera Sur de Europa", otro eufemismo. Nunca se vio un dinero tan malgastado; ocurre que los marroquíes abren la puerta a la invasión de Ceuta por parte de unas mesnadas civiles que incluyen niños. Nunca se ha visto una perfidia mayor. Por cierto, una muletilla muy empleada por los políticos, hablando de España, es la de "los países de nuestro entorno". Nunca incluyen en ese "entorno" a Portugal, ni a Marruecos. Es una curiosa fantasía geográfica.

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