Colabora
Amando de Miguel

El justificado pesimismo de los españoles

Después de la generación del desarrollo y de la aventura democrática (siempre "en transición"), España entra en una etapa de declive en todos los órdenes.

Especialmente por sus bellísimos capiteles | C.Jordá

Mi amigo Ángel Martínez de Lara, profundo conocedor de Cervantes y de Quevedo, me sugiere que adobe mis reflexiones pesimistas sobre la España contemporánea con la relectura del Quijote. Concretamente, que trate de aplicar a la realidad actual los sabrosos refranes insertos en esa gran obra.

El pesimismo abunda cuando la realidad es pésima. El Quijote es un portentoso lamento de la decadencia de España como potencia imperial. Se escribe a comienzos del siglo XVII, con la experiencia de que España empezaba a perder todas las guerras. La pauta ha continuado hasta el presente.

Ahora mismo, después de la generación del desarrollo y de la aventura democrática (siempre "en transición"), España entra en una etapa de declive en todos los órdenes. Es evidente que la actual democracia camina, inexorablemente, hacia formas autoritarias, por mucho que oficialmente se vituperen las del franquismo. Esa es la contradicción del régimen del tirano Sánchez. Al igual que en el siglo XVII, por mor de la pandemia y de la hecatombe económica, entramos en un periodo de aguda decadencia demográfica. Por si fuera poco, las nuevas leyes fomentan el aborto y la eutanasia.

Tan prevalente es el talante pesimista que se ha convertido en una posición merecedora de un cierto ascendiente para sus expositores. Se trata de un pesimismo sistemático, estudiado, con la secreta intención de prevenir las eventuales calamidades colectivas. La actitud intelectual de ponerse en lo peor proporciona a los oyentes o lectores un sentimiento de gravedad muy apreciado.

El pesimismo es el resultado de una continua frustración. Esa es la historia entera del Quijote: las aventuras se tornan en desventuras. Sancho Panza recuerda que alguien "suele venir por lana y vuelve trasquilado" (II, 14). Nótese que la lana, en la época del Quijote, era un bien muy valioso, algo así como el oro de Castilla. Todavía, hoy, en México, la lana es el dinero. Para los españoles de la última generación, la lana ha sido el desarrollo (más que nada, turístico) y la democracia (más que nada, de las autonomías). Pero, con ocasión de la pandemia y de la crisis de empleos, hemos resultado bien trasquilados.

Cuando se presenta la aventura del yelmo de Mambrino, Sancho Panza implora a la Providencia: "Quiera Dios que orégano sea" (I, 21). El refrán completo concluía: "Y no se nos vuelva alcaravea". La alcaravea era una especie de zanahoria silvestre que malamente podía sustituir al delicioso orégano como ingrediente sazonador.

En la vida pública de la España actual, tropezamos con alcaraveas desaboridas, cuando no dañinas. Por ejemplo, el proceso (curiosa imagen) de la independencia de Cataluña, que nos está costando la hijuela a todos los contribuyentes. Ahora tenemos que pagar incluso el dinero malversado por los golpistas catalanes de octubre de 2017. A propósito de los indultos a los independentistas catalanes, cabe fijarse en el dicho, que expresa don Quijote: "El hacer bien a villanos es echar agua en la mar" (I, 23). Los villanos son tanto los empadronados en una localidad como los delincuentes.

En la segunda parte del Quijote, don Alonso Quijano se sanchifica y empieza a enjaretar refranes como su escudero. Así, ante la noticia del falsario Quijote de Avellaneda replica nuestro hidalgo: "Su San Martín se le llegará, como a cada puerco" (II, 62). (La matanza del cerdo es un rito que suele hacerse con los primeros fríos, en la festividad de San Martín, el 11 de noviembre). Esta es la única confianza del pesimista: el fatalismo; que significa algo así como un justo castigo para el gobernante que abusa del poder. Es el placer de la venganza, que no supone un gran consuelo. Pues, como el mismo don Quijote recuerda: "Cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen" (I, 2). Es un aforismo medieval, un tanto cultista. Quiere decir, para nosotros, que no compensa mucho la satisfacción de la eventual caída del tirano Sánchez, fautor de tantas tropelías.

En definitiva, no puedo dejar de ser rematadamente pesimista respecto a los destinos de mi patria.

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario