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Amando de Miguel

La nueva Inquisición

Los inquisidores hodiernos son mucho más odiosos, ya que alardean de su legalidad democrática.

Amando de Miguel
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Los inquisidores hodiernos son mucho más odiosos, ya que alardean de su legalidad democrática.
La ministra de Igualdad, Irene Montero. | EFE

Mi amigo José Antonio Martínez Pons me comunica que en el ambiente científico donde se mueve tropieza con una nueva versión del tribunal inquisitorial que en su día acabó con la vida pública de Galileo. Sus colegas no se percatan de esa paradójica reconstitución histórica: los científicos son, ahorita mismo, los censores de los discrepantes. Mi amigo se refiere, por ejemplo, al llamado lenguaje inclusivo, impuesto por las legiones feministas, activísimas en todos los ambientes donde se ejerce el poder. En realidad, es una forma de llamar la atención por parte de las mediocridades, que se ven realzadas por su rango público. Ya se sabe que "cuando el Diablo no tiene que hacer…".

Tómese una ilustración reciente. Nada menos que toda una vicepresidente del Gobierno, afiliada al comunismo, proclama que no hay que decir "patria", sino "matria". La voz patria (es la misma en latín y en español) alude a la nación o lugar donde han vivido nuestros ascendientes o antepasados. Naturalmente, incluye a las personas de uno u otro sexo, pues, de lo contrario, no habría tenido descendientes. Por otra parte, nosotros hemos troquelado la expresión poética de madre patria para aludir a la doble condición materna y paterna, cuando nos referimos a la nación que nos acoge. Es un lazo que une mucho. En el caso de los inmigrantes extranjeros, la asociación es más voluntarista que otra cosa.

Es una tradición romana que hemos heredado, centrar la organización social en el paterfamilias, el varón como cabeza de la familia. De ahí, por ejemplo, el primer apellido de cada persona, que normalmente es el del padre. De esa estructura deriva patrimonio (los bienes de la unidad familiar), aunque el rito de constitución de esa unidad sea el matrimonio. Estos esquemas léxicos llevan siglos funcionando y no hay por qué alterarlos.

La idea de que los que mandan tienen, también, la capacidad para obligarnos a hacer un uso correcto (y arbitrario) de las palabras es, sencillamente, totalitarismo de la peor especie. Supera, incluso, la ocurrencia de los que juzgaron a Galileo por su teoría de que la Tierra se movía alrededor del Sol. Los inquisidores hodiernos son mucho más odiosos, ya que alardean de su legalidad democrática. Se ha llegado al disparate administrativo de constituir un Ministerio de Igualdad, solo, para tratar de los asuntos relacionados con la igualdad de las mujeres. Por lo visto, las otras desigualdades no merecen un capítulo en el organigrama del Estado.

En el fondo, se trata de una manifestación de la ignorancia. Antes se ocultaba todo lo posible, especialmente, después de situarse en la vida. Hoy, los que han ascendido por las gradas del poder sin muchos merecimientos transforman su nesciencia en alardes de innovación léxica. Así, la igualdad se consigue con el llamado lenguaje inclusivo, la jerga que identifica a las feministas. Es una operación parecida a la que ridiculizó en su día George Orwell; por cierto, un antiguo comunista felizmente arrepentido. Valga el dato anecdótico de que su caricatura del comunismo, 1984, resultó de las observaciones que hizo en la guerra civil española sobre los partidos del Frente Popular.

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