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Ciudadanos como parábola: pequeña intrahistoria (2014- 2016)

Sigo esperando un partido, o una transversalidad común a todo el sistema, que reúna ese mínimo vital de decencia, dedicación y conocimiento.

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Sigo esperando un partido, o una transversalidad común a todo el sistema, que reúna ese mínimo vital de decencia, dedicación y conocimiento.
El expresidente de Ciudadanos, Albert Rivera, junto a la vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, en una imagen de archivo. | EFE

Una vez estuve afiliado en Ciudadanos y luego ya no lo estuve. No es que sea una peripecia excesivamente original, ya es mayor el número de exafiliados que el de miembros activos. Sin embargo, me gustaría aportar una visión desde dentro del partido hacia afuera. Un a través del espejo, viendo cómo se desarrollaban las cosas dentro y cómo se percibía el partido en el exterior.

Quizás las semillas de la implosión de Ciudadanos se plantaron casi después de su nacimiento, en lo que concierne a su estructura y forma de desenvolverse, pero a lo mejor no es más que un caso de contagio dentro la politicocracia dominante. El caso es que érase una vez que se era una España, allá por el año 2014, con graves problemas de todo tipo. Sin duda, Cataluña no era uno menor. En esa situación, muchos nos sentíamos con la necesidad vital, casi angustiosa, de contribuir a la mejora de la sociedad. Ciudadanos, o mejor dicho la idea que proyectaba Ciudadanos, nos parecía la mejor manera de dar salida a esa urgencia de contribuir activamente, más allá del quehacer diario en nuestro ámbito profesional o cuando tocara volver a votar.

Hiperbólicamente, podría decirse que sentimos la llamada. Personalmente, siempre amigo de causas imposibles, pensaba que la regeneración debía venir precisamente desde Cataluña, donde se experimentaba esa acelerada degradación de la libertad y la convivencia desde hacía años. Si, además, se hablaba de afrontar problemas reales en vez de sofismas ideológicos y se partía de una situación libre de corrupciones y corruptelas, entonces Ciudadanos se aproximaba bastante a lo que me parece una plataforma política, no diré ideal, pero cuando menos sensata. Y si además se trataba de eliminar o paliar la idea de la política como profesión, mejor que mejor. No parecen muchas aspiraciones, pero se demostraron, más rápidamente que no, imposibles siquiera de plantear.

En aquella segunda ola de afiliación a Cs me encontré con personas de muy diversas procedencias, peperos descabalgados, socialistas desengañados, antiguos cuadros de UCD con fotos de Adolfo Suarez en la cartera y, supongo que los más, aunque no los conté, muchos profesionales motivados por el ansia de regeneración y la visión clara de que las cosas no es que debían, sino que podían de verdad hacerse mejor. También me encontré con una frecuente sensación de admiración acrítica por Albert Rivera (no es sorprendente que luego se produjeran tantos desengaños). Y luego el aparato del partido, el clan de Barcelona, el clan de Villanueva del Pardillo, grupos de Telegram, purgas, cazas de brujas contra disidentes, primarias, pseudoprimarias, sustitución de ganadores de primarias, fichajes estelares y no estelares, variaciones de posición en función de encuestas o tendencias percibidas.

A la vez, se fue haciendo creciente la discordancia entre las zozobras de los afiliados y la imagen de Ciudadanos en los medios. Exceptuando el discurso de odio institucionalizado que la formación recibía sistemáticamente por los medios en Cataluña, su percepción favorable seguía creciendo en todas partes. Curiosamente, amigos que habían dudado pasaron a votar a Ciudadanos después de que yo dejara la afiliación, dos años después de mi ingreso. Sin duda, la necesidad del ideario imaginado de Ciudadanos era más que patente. Y, sin embargo, en aquellos males fundacionales puede que estuviera ya la semilla de su descomposición, hasta la actual inanidad.

Por ejemplo, se sospechaba que las primarias estaban sistemáticamente manipuladas en favor de los señalados por la cúpula del partido. Esto que al principio era rumor, pronto se hizo evidencia manifiesta y más tarde evidencia judicial en el caso de Castilla y León. Pero a la vez Albert Rivera exigía primarias en el PP, provocando el sonrojo y la estupefacción de muchos de nosotros. ¿Es sorprendente que personas señaladas en esas maniobras hayan encontrado rápido acomodo en otros partidos? Pero era tal la necesidad de que hubiera esta alternativa de defensa de la Constitución y Libertad que tales atropellos internos y salidas de tiesto externas no tenían la más mínima crítica por parte de los medios ni autocrítica de los dirigentes. Sin embargo, no creo que se pueda construir una plataforma sólida y duradera si no se asienta sobre el respeto a los compromisos con los afiliados y votantes.

Durante ese periodo se crearon grupos teóricamente destinados a formular las bases para las propuestas del partido en diversas áreas, como sanidad, relaciones Internacionales, etc. Lo positivo, las personas ilusionadas con el proyecto. Lo negativo, todo ese trabajo no se tradujo en ninguna aportación real al discurso de Ciudadanos o en sus tomas de posición. Bueno, ni siquiera había constancia de que alguien oyera algo. Puro paripé.

No me considero engañado ni desengañado. Simplemente quise contribuir y no pude o no supe. Sigo esperando un partido, o una transversalidad común a todo el sistema, que reúna ese mínimo vital de decencia, dedicación y conocimiento. Hannah Arendt, en su ensayo sobre la violencia ("On violence"), afirma que poder y violencia son conceptos antitéticos. Si consideramos el secreto o secretismo, la falsedad, la manipulación sistemática, la falta de transparencia y de control como formas de violencia (o al menos de violentación) del Gobierno o de cualquier partido hacia los ciudadanos, me temo que estamos ante una verdadera enfermedad sistémica compartida por todos los partidos. Desafortunadamente, los políticos se han conformado como una clase o casta, devenida en salida laboral numerosísima, que vive para autoperpetuarse. Sin duda un problema que entre todos hemos generado a contribuir y que necesita de todos, o por lo menos de muchos, para corregirse.

Estamos a punto de caer en un precipicio de enorme profundidad, pero para no caer en él lo primero es tener conciencia de su existencia.

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