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Emilio Campmany

Imperiofilia

¿Qué le interesaba a Redondo del esfuerzo de la profesora Roca Barea por desmontar la leyenda negra española?

Detalle de la portada de 'Imperiofobia', de Elvira Roca Barea. | Editorial Siruela

Cuando Iván Redondo era la madre de todos los gurús, el periódico El País publicó un hagiorreportaje en el que aparecía una interesante foto del hoy juguete roto en su despacho de la Moncloa. El cuadro estaba compuesto al estilo de los años treinta, con el sujeto en la base de la imagen, mirando serio a la cámara, como si acabara de levantar los ojos de los papeles, y dejando mucho espacio hacia arriba, dando a entender una inmensidad falsa. Donde hay que fijarse sin embargo no es en la manera en que el fotógrafo trata de transmitir percepción de poder, algo que a la vista de dónde ha acabado el personaje resulta hoy ridículo. El punto que atrae la mirada del observador es el libro que Redondo tiene encima de la mesa entre tanto papel oficial. Ampliando la foto y aguzando la vista se descubre que se trata de Imperiofobia, el éxito de ventas de Elvira Roca. ¿Qué le interesaba a Redondo del esfuerzo de la profesora por desmontar la leyenda negra española? Es evidente que a Iván Redondo le interesaba leer lo que leía la derecha española para obviamente combatirla en beneficio de su señorito de entonces. Pero ¿por qué precisamente Imperiofobia?

Viendo la airada reacción de El País a la igualmente airada reacción de Isabel Díaz Ayuso a las declaraciones del Papa atendiendo las demandas de Andrés Manuel López Obrador exigiendo a los españoles que pidiéramos perdón por lo que hicieron sus antepasados, se entiende perfectamente. De lo que se trata es de ridiculizar, afear y manchar nuestra historia, especialmente la de la época del imperio español. Los ataques no son nuevos. Lo viene haciendo la izquierda desde antes de que se muriera Franco, en la medida en que la pretensión del franquismo de ser heredero de ese imperio permitía ridiculizarlo con relativa facilidad. Pero, con el tiempo, la derecha ha reaccionado con ese tanto o más ridículo propósito de la izquierda de que los españoles tengamos que avergonzarnos de todo lo que hicimos. Hoy Juan Luis Cebrián se aparece a los lectores del ABC para dar lecciones de constitucionalismo junto con el palafrenero que le condujo hasta la Academia, Luis María Anson, cuyo principal mérito para asomarse a esas páginas es haber puesto como chupa de dómine en el momento de su muerte a Guillermo Luca de Tena por el imperdonable pecado de haberle nombrado director de su periódico. Pues bien, Cebrián fue el que acuñó en uno de sus memorables tostones el adjetivo insidiosa para la Reconquista, como si lamentara que aquí las mujeres puedan ir sin velo, hiyab, burka o similar.

En consecuencia, los ataques que desde la izquierda reciben quienes osan contemplar nuestra historia, la reciente y la que no lo es tanto, de diferente manera a como la izquierda cree que se debe enseñar en los colegios, esto es, denigrándola, van a ser inmisericordes. El campo de batalla es delicado porque es un sitio donde tan sólo debería haber debates académicos. Pero quien agrede goza del privilegio de elegir el terreno y las armas, lo que no quita para que quien ha de defenderse deba hacerlo con todas sus fuerzas. Isabel Díaz Ayuso no es de las que se arredra. Veremos si Casado está hecho de la misma pasta.

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