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Iván Vélez
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Dolores Ibárruri, la Pasionaria, adalid de la Reconquista

En la polarizada España, el empleo de la palabra 'reconquista' o el de 'imperio' tiene una poderosa carga de catalogación social.

Iván Vélez
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En la polarizada España, el empleo de la palabra 'reconquista' o el de 'imperio' tiene una poderosa carga de catalogación social.
Dolores Ibárruri, la Pasionaria. | Cordon Press

La reciente publicación, por parte de la Fundación Disenso, de un informe titulado La idea de España en la Reconquista ha desatado una pequeña marejada en las intervenidas aguas de Twitter que ha afectado, entre otros, a Javier Rubio Donzé, impulsor del exitoso proyecto Academia Play, en el que me precio de haber colaborado en alguna ocasión. El pecado del señor Rubio: defender públicamente el uso del concepto Reconquista, término que muchos creen que, en su sentido historiográfico, apareció en el siglo XIX. Una creencia que en algunos casos es simplemente ignorancia, o despiste, que diría Rosendo Mercado, pero que en otros sirve a propósitos muy alejados de la discusión puramente erudita a propósito de un rótulo. Mucho de esto último hubo en las respuestas, cargadas de argumentos ad hominem, lanzadas por un petulante interlocutor henchido de gremialismo e iluminado por el europeísta cielo.

La discusión acerca de la pertinencia del historiográficamente ya tradicional concepto Reconquista marcó gran parte del pasado siglo, especialmente su último tercio, cuando Abilio Barbero y de Marcelo Vigil impugnaron la propia idea de reconquista por no haberse llevado a cabo por parte de los herederos del reino con capital en Toledo, sino por una serie de pueblos –astures, cántabros y vascones– enemigos de los visigodos. La irrupción de los musulmanes en la Península habría desplazado a los godos, dejando espacio a la expansión de las irreductibles naciones étnicas citadas. Pese al éxito del que gozó esa tesis, no ajena al proceso de implantación del modelo autonomista por el que atravesaba España en el último cuarto del siglo, la arqueología ha demostrado que el norte de la Península estuvo mucho más romanizado y sujeto al poder visigodo de lo que creyeron Barbero y Vigil. Frente a sus tesis indigenistas, la realidad es que los astures que consolidaron el poder de Pelayo estaban cristianizados y, en muchos casos, vinculados a familias godas asentadas en la zona.

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