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Amando de Miguel

La carencia de mentalidad científica

La ciencia como institución, en España, ha ido siempre muy por detrás de lo que exige nuestra pertenencia a la cultura occidental.

La carencia de mentalidad científica - Amando de Miguel
David Alonso Rincón

Algunos lectores amigos (científicos ellos muy destacados) de un artículo anterior me reprochan la postura pesimista respecto al fracaso de la aceptación de la ciencia en España. No les falta razón, al argüir que, a lo largo de los siglos, se puede registrar una nómina de españoles que han hecho progresar el conocimiento científico. Puede que a mí se me haya pasado por alto ese hecho. Empero, en la mayor parte de los casos ha sido solo una meritoria labor individual. La ciencia como institución, en España, ha ido siempre muy por detrás de lo que exige nuestra pertenencia a la cultura occidental. Es más, tales individualidades españolas han sido, más bien, del ramo descriptivo, taxonómico. Es el tipo que cuadra mejor, por ejemplo, a los botánicos o a los cartógrafos.

La clave del retraso aducido se percibe con más propiedad en la ausencia de una verdadera mentalidad científica en las clases ilustradas. Por ejemplo, no se acepta con facilidad la noción de que la verdad científica lo es, siempre, de manera provisional, hasta tanto no se descubra una nueva hipótesis que la supere. Entre nosotros, se aprecia "la verdad de la buena", como se suele decir, que es otra cosa.

Me da un cierto apuro certificar un hecho biográfico. A saber, entre los miles de estudiantes universitarios que han pasado por las asignaturas que yo he profesado era raro atisbar en ellos una auténtica mentalidad científica. Era algo que deberían haber traído del bachillerato, pero estaba ausente. Por ejemplo, era frecuente que no supieran manejar la regla de tres para calcular un porcentaje. No digamos lo arduo que les resultaba entender que un índice de correlación entre dos variables no implicaba causalidad. Les costaba comprender la noción de probabilidad como una posibilidad gradual y medible.

Naturalmente, mis experiencias personales no tienen por qué ser representativas; pero algo dicen. Puede ser que la debilidad de la ciencia en España no sea tan postrada, pero yo expreso mi personal contemplación de la realidad. Me intento liberar un poco diciendo que he contribuido todo lo posible al avance del conocimiento en el modesto campo que me ha tocado roturar.

El resultado de mis observaciones es que la idea predominante que tienen los españoles de los científicos es que son personajes pintorescos y aun extravagantes. Esa imagen popular valora, en todo caso, al experto, sobre todo en su capacidad de pronosticar el futuro interesante. Viene a ser la versión tecnificada del arúspice, del zahorí. Tómese el caso de las encuestas de opinión, una faceta que yo he trabajado con gran entusiasmo. El público espera que tal método sirva, por ejemplo, para anticipar los resultados electorales, pero no para explicar las relaciones entre las actitudes políticas y sus determinantes. Esto último es lo más interesante y difícil, la parte más científica y, por ello, la que encuentra menos vocaciones profesionales en el ramo de la Sociología.

En España existe una indiferencia general ante el porqué de los fenómenos sociales. En su lugar, se alza lo más popular: el resultado de un hecho social obedece a la voluntad de alguien con poder. Es el caso individual del mal estudiante que explica el suspenso porque el profe le tiene manía. Se trata de una manifestación de la teoría conspiratoria, tan frecuente entre nosotros. Más general es la confusión entre un desenlace cualquiera y los deseos del sujeto para que así suceda. Con tal forma de ver las cosas, no hay modo de que se instale en nuestro país la necesaria mentalidad científica. Es la parte más peliaguda de aceptar por una sociedad en trance de desarrollarse.

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