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Jesús Laínz

Locura rusófoba

Dijera lo que dijera el nefasto Rousseau, el ser humano siempre ha sido y siempre será una fiera rabiosa.

Locura rusófoba - Jesús Laínz
Fiodor Dostoyevski. | Archivo

La maldita locura de las guerras nunca viene sola. Porque al horror insuperable de la muerte le acompaña siempre el odio, la mentira y la sinrazón. Con motivo de la tragedia ucraniana, el mundo entero está vertiendo sobre Vladímir Putin un odio insospechable hace sólo unos pocos días. La demonización sin fisuras, la atribución al enemigo del catálogo completo de taras ideológicas, morales y psíquicas, ha sido herramienta principal de todas las guerras desde Caín y Abel. Y dicha demonización suele sobrepasar el reducido círculo de las personas gobernantes para extenderse sobre los pueblos gobernados.

Por ejemplo, la propaganda desplegada durante el enfrentamiento hispano-inglés por el dominio americano llevó a Daniel Defoe a escribir a principios del siglo XVIII:

El nombre de español se considera expresivo de espantoso y terrible para todos los pueblos de la humanidad que sienten la compasión cristiana, como si el reino de España se caracterizara por producir una raza de hombres carentes de los principios de ternura y piedad hacia los miserables.

Y particularmente alucinante fue la hispanofobia sembrada por la prensa amarilla de Hearst y Pulitzer para conseguir que su Gobierno declarara la guerra a España en 1898 con el fin de expulsarla de Cuba y Filipinas.

En 1914 estalló una ola mundial de odios entrecruzados que probablemente batiese todas las marcas anteriores y posteriores. Aquel odio no se dirigió sólo hacia Gobiernos y personas; también hacia la lengua y la cultura de los enemigos. Mientras que Shakespeare y Molière fueron desterrados de los escenarios alemanes, la música de Wagner y Strauss enmudeció en las salas de concierto de los países aliados. Los pianistas franceses e ingleses dejaron de interpretar a Brahms, Schubert y Liszt, representantes de los tres países enemigos, y se centraron en Chopin, hijo de la Polonia oprimida.

Aunque la xenofobia floreció en todos los países contendientes, Alemania se llevó la peor parte por el número y peso de sus enemigos. En Gran Bretaña, Francia y Rusia, así como en Estados Unidos, Canadá y Australia, se cambiaron el nombre de miles de lugares para eliminar el recuerdo alemán. El más conocido probablemente fuese San Petersburgo (Sankt-Peterburg), cambiado, por sonar demasiado germánico, a Petrograd, y diez años más tarde a Leningrad por motivos obvios. Además de los topónimos, millones de personas pasaron por el registro para mutar en ingleses sus nombres y apellidos con el objetivo de evitar la enemistad sobrevenida de sus vecinos. Hasta el emperador Jorge V proclamó que la Familia Real británica abandonaba sus germánicos títulos (Sachsen-Coburg und Gotha) y pasaba a llamarse House of Windsor.

En Estados Unidos, la col agria, la famosa sauerkraut, fue rebautizada como liberty cabbage (col de la libertad); las hamburguesas, como liberty steaks (filetes de la libertad); y el pastor alemán vio su nombre sustituido por el de pastor alsaciano. Pero la fobia no quedó limitada a las palabras: se rompieron amistades, se saquearon comercios, se destruyeron periódicos, se apaleó a quienes eran sorprendidos hablando alemán, se mataron a pedradas perros salchicha por considerarlos simbólicos de Alemania y se publicaron en la prensa listas de ciudadanos sospechosos de connivencia con el enemigo.

Pasó casi un siglo y en 2001, en los días posteriores a los ataques terroristas del 11 de Septiembre, algunos sijs estadounidenses sufrieron linchamientos, a pesar de no ser ni árabes ni musulmanes, por el pecado de llevar turbante. Dos años más tarde, con motivo de la guerra de Irak, le tocó el turno a Francia por la oposición de Jacques Chirac a la decisión de George Bush II de invadir aquel país. La ola de francofobia que estalló súbitamente en Estados Unidos convirtió las French fries (patatas fritas) en Freedom fries durante un par de años.

Pero los norteamericanos no tienen la exclusiva de estas erupciones palabreras. En España, por ejemplo, sucedió algo similar en los años de la primera posguerra, cuando la ensaladilla rusa y el filete ruso pasaron a ser llamados, para evitar la referencia al odiado enemigo comunista, "ensaladilla nacional" y "filete imperial". Y en 2006, cuando el periódico danés Jyllands-Posten encendió la ira de muchos musulmanes con unas caricaturas de Mahoma que fueron consideradas blasfemas, las célebres galletas danesas, hasta aquel momento llamadas por los iraníes Shriniye Danmarki, se convirtieron durante algún tiempo en Rosas de Mahoma.

Ahora le toca a Rusia. El vodka Stolichnaya, con sede en Luxemburgo y producido en Letonia, ha anunciado que cambia su nombre a Stoli para distanciarse de sus orígenes rusos. En Chequia, el popular Ruská zmrzlina (helado ruso) acaba de convertirse en Ukrajinská zmrzlina (helado ucraniano). Rememorando el franquismo, algún restaurante español hay por ahí que acaba de rebautizar su ensaladilla rusa como ensaladilla de Kiev. Y el alcalde de Vilna, capital de Lituania, ha anunciado que la calle donde se ubica la embajada rusa ha pasado a llamarse Calle de los Héroes Ucranianos.

Todo esto no pasa de la anécdota. Pero lo grave es que el ministro de Cultura ucraniano, Oleksandr Tkachenko, haya manifestado: "Bajo la grandeza de Dostoievsky y Tolstoi, de Rachmaninov y Glinka, la política cultural rusa pretende justificar los horribles y criminales actos del Gobierno (…) Las sanciones culturales y la prohibición en todo el mundo de la herencia artística rusa privarán al agresor de otra herramienta de propaganda e influencia social". Y, entre otras medidas concretas, solicita la "eliminación de la difusión de la cultura rusa en los medios de comunicación". Pero ¿a qué lógica obedece que los músicos y literatos rusos de siglos pasados tengan que sufrir castigo por las guerras de los gobernantes rusos de 2022?

De momento, en Florencia ha habido quienes han propuesto derribar la estatua de Dostoievsky, y en la Universidad Bicocca de Milán se ha pretendido cancelar un ciclo de conferencias sobre su obra. La Orquesta Nacional de Eslovaquia ha retirado Alexander Nevsky de Prokofiev de un concierto programado para dentro de unos días, la Ópera de Varsovia ha hecho lo mismo con Boris Godunov de Mussorgsky y la Orquesta Filarmónica de Zagreb ha cancelado la interpretación de dos obras de Tchaikovsky.

Las reacciones más airadas están teniendo lugar en los países de la antigua esfera soviética, donde se está cayendo en la tentación de atribuir a las personas de pasaporte ruso la culpa de las acciones del Gobierno de Moscú: profesores que se niegan a dar clase a estudiantes rusos, hoteles que se niegan a alojar a clientes rusos, inmobiliarias que se niegan a vender casas a rusos, personas que insultan, escupen y agreden a quienes hablan ruso por la calle, y hasta ha habido casos de niños rusos acosados por sus compañeros en los colegios.

El ser humano, siempre aprovechando cualquier excusa para demostrar su torcida índole, para hacer el mal por el mero gusto de hacerlo, sin esperanza de beneficio, sin ni siquiera conocer al dañado. Y si lo puede hacer amparado en la masa, disimuladamente, tirando la piedra y escondiendo la mano, miel sobre hojuelas. Dijera lo que dijera el nefasto Rousseau, el ser humano siempre ha sido y siempre será una fiera rabiosa.

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