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José García Domínguez

La inmersión tiene los días contados

En lugar alguno del mundo ha ocurrido algo similar bajo un marco político liberal-democrático mínimamente homologable.

En lugar alguno del mundo ha ocurrido algo similar bajo un marco político liberal-democrático mínimamente homologable.
Manifestación en Cataluña en defensa de la inmersión lingüística. | EFE

Más allá de la obvia evidencia de que la inmersión lingüística obligatoria que se practica en la red escolar catalana constituye una manifiesta violación de los derechos individuales de los alumnos y padres que la sufren contra su voluntad, lo que llama la atención de ese régimen único en el mundo, pues en ningún otro lugar, incluido Canadá, existe nada similar, es la manifiesta facilidad con la que sus promotores lograron imponerlo al grueso de la población en un marco político formalmente democrático. Así, visto el proceso a estas alturas, ya con una cierta perspectiva histórica, lo en verdad desconcertante remite al hecho de que unas autoridades educativas emanadas de las urnas no sólo se propusieran expulsar de la formación escolar reglada el idioma materno de la mitad de la población, amén de lengua conocida y usada de forma cotidiana por la otra mitad, sino que consumasen su empeño con una resistencia mínima, apenas testimonial. Insisto, en lugar alguno del mundo había ocurrido algo similar bajo un marco político liberal-democrático mínimamente homologable. Aunque sí existen precedentes, en cambio, en regímenes con rasgos autoritarios, como el caso, por ejemplo, de la estricta prohibición del idioma inglés y la imposición del monolingüismo malayo en los colegios de Malasia tras la descolonización, una de las razones que motivaron la creación del Estado de Singapur en 1965 a instancias de la minoría étnica china.

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