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Pedro de Tena

Israel: ¿la batalla de Lepanto del siglo XXI?


Aquella Europa cristiana no estuvo unida entonces, como no lo está ahora cuando de nuevo la amenaza islamista radical se ha vuelto a evidenciar en la guerra contra Israel.

Bengalas lanzadas por el ejército israelí durante sus ataques en el norte de Gaza. EFE/EPA/MOHAMMED SABER | EFE

Casi 1.400 kilómetros separan la veneciana Lepanto, ahora la griega Neupacto, de la franja de Gaza donde está teniendo lugar la que podemos llamar sin duda alguna la batalla de Israel. Han transcurrido poco más de 452 años desde que en 1571, cuando se libró la batalla de Lepanto, se viviera "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros", como resumió Miguel de Cervantes en su prólogo al lector de la segunda parte de El Quijote.

En aquella tremenda confrontación militar naval, en las aguas mediterráneas cercanas al golfo de Lepanto, "un mar rojo de sangre", dos grandes potencias y civilizaciones decidieron ir a la guerra abierta y decisiva. La cristiana, sobre todo la católica liderada por España, Roma y Venecia, y la musulmana, representada por los turcos otomanos, potencia ascendente desde tiempo antes, cuyo poderío marítimo los llevó a la conquista de Constantinopla, la vieja Bizancio, la actual Estambul, y a adentrarse en Europa por su parte oriental.

Fue más que una batalla. El hecho de que el propio Almirante jefe de la flota turca Alí Pachá (o Bajá o Pasha o Paşa) dijera antes de desencadenarse que "el que hoy gane la victoria será señor del mundo", da una idea de cómo se percibió su importancia en el bando otomano. A pesar de la trascendencia literaria de la contienda y su recuerdo –un Cervantes aquijotado tiene estatua dentro de las viejas murallas de la ciudad griega actual—, su importancia fue geopolítica, cultural y civilizadora.

En su 450 aniversario, mal y poco recordado por el gobierno de Pedro Sánchez, la Biblioteca Centro de Documentación de Defensa, la valoraba así: "Este combate naval, aunque sus consecuencias no fueron todo lo definitivas que pudiera pensarse, permanecerá en el recuerdo por diversos motivos: quizás es la principal victoria naval española; supuso el retroceso de la expansión otomana en el Mediterráneo y, claro, en el combate participarán insignes marinos, como el propio Bazán (Álvaro de) o Andrea Doria, grandes estrategas como Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Colonna o Requesens, sin olvidar a ese soldado que se haría universal: Miguel de Cervantes".

Se ha escrito mucho sobre la trascendencia de aquella batalla pero su significado se ha perdido para las nuevas generaciones occidentales, americanas, europeas y españolas. ¿Por qué? Gabriel Albiac dejó dicho a Jesús Fernández Úbeda que "Lepanto no se celebra porque Europa quiere morir". Y además añadió como estocada hasta la bola: "No es mío. Lo dijo Freud en 1919". Sin embargo, no parece discutible que aquel conflicto memorable de dos civilizaciones, aunque no terminó con el empuje islámico unificado por los turcos, sí impidió su extensión por la Europa de entonces. Fue, sobre todo, la España de Felipe II y Juan de Austria la que asumió la responsabilidad, no así Francia, que se alió con los turcos como subrayó Julián Marías, ni Inglaterra, ni otros países y ciudades de Europa.

G.K. Chesterton, inglés de Londres pero católico, lo cantó con pasión en uno de los poemas más importantes de la literatura inglesa al decir de los críticos:

Han desafiado a las blancas repúblicas por los cabos de Italia,
han estrellado el Adriático contra el León del Mar,
y el Papa ha tendido sus brazos a todas partes ante la agonía y la perdición,
y ha reclamado a los reyes de la Cristiandad espadas para defender la Cruz.
La fría reina de Inglaterra se mira en el espejo;
la sombra de los Valois bosteza en Misa;
desde las fantásticas islas del ocaso se oyen apenas los cañones de España,
y el Señor del Cuerno de Oro sigue riendo al Sol.

Y añade emocionado:

Surgen entonces en tropel los miles de cautivos que se afanaban bajo el mar,
blancos de dicha, y ciegos de sol, y aturdidos de libertad.
Vivat Hispania!
Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
ha liberado a su pueblo!

Al margen de ensueños y patrioterías innecesarios, no cabe duda de que "una de las consecuencias de la victoria es que los turcos habían podido comprobar cómo no sólo se habían aunado voluntades políticas en pos de un objetivo común, sino que se había conseguido el éxito logístico de poner en el Mediterráneo un número tan gigantesco de galeras (el mayor hasta entonces del Mediterráneo occidental) que podía competir con su, hasta ese momento, indiscutible supremacía". Así lo resume David García Hernán en su artículo sobre las consecuencias de la victoria en Lepanto. La leyenda del Islam invencible en el Mediterráneo murió en aquella batalla y detuvo mucho tiempo su deseada expansión. Fernando García de Cortázar califica a esta batalla entre la Cristiandad y el Islam como "decisiva" para Europa.

Este "gran acto apasionado" de España en Lepanto, como lo llamó Ferdinand Braudel, fue el que hizo del Mediterráneo un mar cristiano, anticipó Ramiro de Maeztu, y detuvo "el Imperio otomano, que amenazaba seriamente a Europa". "No sólo las Baleares, sino todo el Mediterráneo occidental se hallaban por fin a salvo del Islam", describe John H. Elliot. Sin Lepanto, "Europa se podría tal vez haber salvado, pero no la Europa que constituye nuestro legado histórico", escribe Hugo O’Donnell de la Real Academia de la Historia en su prólogo al libro Lepanto, la batalla que salvó a Europa, del experto en historia naval, Agustín Ramón Rodríguez González. Otra cosa, que sucedía demasiado a menudo en aquella España, es que se rentabilizara debidamente su éxito, sobre todo por las conspiraciones antiespañolas de Francia.

Antonio Domínguez Ortiz lo matiza de este modo: "Se dice que esta victoria fue estéril, porque los otomanos repararon con rapidez sus pérdidas y siguieron haciendo pesar su amenazas sobre las costas cristianas, pero la lección recibida fue asimilada. Turquía se orientó hacia Irán, su enemigo tradicional, y a falta de un tratado de paz mantuvo una tregua con Felipe II, que también tenía interés en congelar el conflicto en el Mediterráneo. Ni las apremiantes llamadas de los moriscos ni las incitaciones de Isabel de Inglaterra consiguieron que el Imperio otomano reanudara las hostilidades marítimas en Occidente." Política de coexistencia, la llama Juan Pablo Fusi.

Aquella Europa cristiana no estuvo unida entonces, como no lo está ahora cuando de nuevo la amenaza islamista radical —ahora más grave aún por su carácter terrorista, sus acciones suicidas, su desprecio por la población civil y su deseo expreso de destruir el Occidente infiel consolidado de aquella Europa—, se ha vuelto a evidenciar en lo que puede llamarse con propiedad la guerra contra Israel, "el pequeño Satán", y contra Estados Unidos, "el gran Satán", al decir bien reciente de Benjamín Netanyahu.

Desde el mismo día de la decisión mayoritaria de Naciones Unidas en 1947, apoyada asimismo por las grandes potencias incluida la URSS, de facilitar la constitución de dos Estados, uno israelí y otro palestino en el antiguo protectorado británico sobre las tierras situadas entre el mar y el Jordán, fue rechazada por los países islámicos de la zona, desde Libia al nuevo Irán chiita y más allá.

Desde entonces, no se conocen atentados israelitas contra Occidente, del que forma parte cultural y políticamente, pero los ataques islamistas han sido continuos. Desde la guerra del día siguiente a la proclamación del Estado de Israel a la reciente matanza de Hamás, pasando por los asesinatos de los atletas judíos en Múnich en 1972, el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York o los crímenes en Argentina, Francia, Inglaterra, España y otros países por citar sólo unos pocos, la amenaza de matanza es constante.

Si a ello unimos la advertencia del presidente argelino en Naciones Unidas, Huari Bumedián sobre la conquista de Occidente mediante los "vientres de nuestras mujeres" y la penetración islamista en muchas naciones europeas sin asomo alguno de voluntad de integración o de reciprocidad en la tolerancia, el conflicto es ya más que latente, se quiera reconocer o no.

Por eso es legítimo preguntarse si lo que está ocurriendo en la guerra de Israel desatada por los brutales asesinatos de Hamás, puede constituir para un Occidente, que muchos creen decadente en muchos aspectos, una nueva batalla de Lepanto que no tiene más remedio que ganar si no quiere que su modo de vida y sus formas políticas desaparezcan en un tiempo no demasiado largo. En 50 años lo estimó nuestro admirado Juan Eslava Galán sin contemplar la posibilidad de un Estado de Israel desaparecido y unos hebreos obligados de nuevo a la Diáspora.

¿Una nueva batalla de Lepanto en el siglo XXI?

Hay coincidencias enigmáticas en la Historia. El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar la batalla de Lepanto. El 7 de octubre de 2023, Hamás inició su feroz ataque terrorista contra Israel. Otras formas, otros protagonistas, otras tecnologías, otras relaciones de fuerzas, pero un mismo conflicto: un Occidente de vertebración moral judeocristiana de Europa a América, principalmente, y el islamismo más radical nutrido provisional y recíprocamente por el neocomunismo surgido tras la caída del Muro de Berlín.

Dentro de lo que podemos llamar Occidente, hay divisiones internas causadas por la diferente percepción del peligro de una decadencia definitiva. En el interior del islamismo, diferencias extremas entre facciones del Islam y la desconfianza por la ayuda de unos enemigos diversos capaces de aliarse con todo con tal de asistir a la descomposición total de la sociedad inspirada por los derechos humanos, el Estado secular y el humanismo liberal democrático.

Resulta más que curioso que Michel Onfray, el filósofo rebelde, libertario y desafiante de la Francia que su admirado Michel Houellebecq imaginó islamizada y sometida a la sharía en su libro Sumisión, tenga en la cabeza la imagen de la catedral inacabada de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí como símbolo de la decadencia de Occidente. Inquietante además es que no haya reparado en que fue un comunista, luego desencantado y converso a la democracia, y asimismo admirado por él, George Orwell, quien lamentó que los milicianos anarquistas no la hubieran destruido. Si Occidente está amenazado, no lo está sólo por el islamismo sino por la conjunción de su fuerza con el pecio comunista internacional a la deriva. Los talibanes, responsables de ejecutar destrucciones de monumentos, tuvieron antecedentes en España.

Lo escribió de este modo en su Homenaje a Cataluña: "Por primera vez desde que estaba en Barcelona fui a la catedral, un edificio moderno y de los más feos que he visto en el mundo entero. Tiene cuatro agujas almenadas, idénticas por su forma a botellas de vino del Rin. A diferencia de la mayoría de iglesias barcelonesas, no había sufrido daños durante la revolución; se había salvado debido a su ‘valor artístico’, según decía la gente. Creo que los anarquistas demostraron mal gusto al no dinamitarla cuando tuvieron oportunidad de hacerlo, en lugar de limitarse a colgar un estandarte rojinegro entre sus agujas".

Resumiré las tesis de Onfray sobre la decadencia de Occidente, tema sobre el que ha escrito profusamente. El pensador francés llama "decadencia a lo que adviene después de la plena potencia y que conduce hacia el fin de esa misma potencia", y, más que otra cosa, traslada el principio de la entropía a las civilizaciones, pero no por el camino "mecanicista" de Oswald Spengler, sino por el de Samuel Huntington. La decadencia es un hecho cósmico e histórico. Las civilizaciones son mortales y, aunque haya medicamentos y purgativos con los que se empeñen en no morir, la realidad es que ya no hay Faraones, ni Adioses griegos, ni emperadores romanos. Las civilizaciones mueren a manos de otras.

Frente a los optimistas sobre la expansión definitiva y universal del modelo liberal, como Francis Fukuyama, y a los ingenuos que son devotos simplistas de una imaginaria "alianza de las civilizaciones" que niegan todo conflicto a pesar de las evidencias empíricas, Onfray se decanta por el modelo del choque propuesto por Huntington.

En 1996 describía ya que asistimos al fin de los Estados, que no controlan ya la moneda, las ideas, la tecnología, la circulación de bienes y de personas; la decadencia de la autoridad gubernamental; la explosión y la desaparición de naciones; la intensificación de los conflictos tribales, étnicos y religiosos; el surgimiento de mafias criminales internacionales; la circulación por todo el mundo de decenas de millones de refugiados; la proliferación de armas; la expansión del terrorismo; las limpiezas étnicas… ¿En qué ha contradicho lo real al filósofo estadounidense?

Onfray, ni de derechas ni de izquierdas sino todo lo contrario, forofo de Sancho Panza y no de su caballero andante, acusado de islamófobo o de antisemita, de bufón o analista, según, resume su tesis de la decadencia occidental de esta forma aunque en un orden distinto:

Todo esto se logra con el temor totalitario alimentado por la desinformación, la desvalorización de la persona individual, la anestesia moral, el acostumbrarse a la crisis, el desprecio del mérito, de la ejemplaridad y del honor como brújulas de la excelencia social y política. Es el totalitarismo invisible por habitual.

El recientemente fallecido Henry Kissinger, judío alemán, por cierto, indica en su libro Orden Mundial de 2016 que el islamismo radical inteligente –cita a Hassan al-Banna de los Hermanos Musulmanes y a su experto e intelectual Sayyid Qutb– había decidido que Occidente está ya carcomido por la decadencia.

Escribe Kissinger que Occidente, afirmaba al-Banna, "que brilló por largo tiempo en virtud de su perfección científica [...] está ahora en bancarrota y en decadencia. Sus cimientos se están resquebrajando y sus instituciones y principios guías, desmoronando". Las potencias occidentales habían perdido el control de su propio orden mundial: "Sus congresos fracasan, rompen sus tratados y hacen pedazos sus pactos". La Sociedad de Naciones, creada para mantener la paz, era "un fantasma". Esto es, había llegado la ocasión de crear un nuevo orden mundial basado en el islam, mucho más patria universal que las naciones envejecidas y en ruinas.

Casi lo mismo, desde otra perspectiva, diagnosticó Alexander Solzhenitsyn en la Universidad de Harvard en 1978. En nuestro Occidente, "la mayoría de las personas gozan del bienestar en una medida que sus padres y abuelos no hubieran siquiera soñado con obtener; ha sido posible educar a los jóvenes de acuerdo con estos ideales, conduciéndolos hacia el esplendor físico, felicidad, posesión de bienes materiales, dinero y tiempo libre, hasta una casi ilimitada libertad de placeres. De este modo ¿quién renunciaría ahora a todo esto? ¿Por qué y en beneficio de qué habría uno de arriesgar su preciosa vida en la defensa del bien común, especialmente en el nebuloso caso que la seguridad de la propia nación tuviera que ser defendida en algún lejano país? ¿Habrá que señalar que, desde la más remota antigüedad, la pérdida de coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin?".

Es en este marco en el que se inscribe la batalla de Israel, con el que hacer la paz, convivir o conciliar es herejía para el islamismo radical. ¿Cómo debe interpretarse el conflicto islámico con Israel, la única sociedad democrática occidental de Oriente Medio? ¿Quiere el Occidente democrático y liberal defender su derecho a la existencia? ¿Desea emprender seriamente la renovación necesaria de su estructura debilitada para seguir existiendo como civilización o ensayará la ceguera suicida que ni siquiera es capaz de sentir el peligro de la extinción?

Dicho de otro modo. ¿Son conscientes nuestras sociedades abiertas descendientes de la herencia judeocristiana que podemos estar ante una nueva batalla de Lepanto que, de no ganarse, supondria la islamización paulatina, inicialmente ligada a un cierto social-comunismo con el que seguramente colisionará en una segunda fase? ¿Somos conscientes del carácter bélico y expansivo de un Islam que no parece dispuesto a reforma interna alguna?

El mejor exponente de esta traumática tragedia histórica la exhibieron el presidente del gobierno español y de turno de la Unión Europea, Pedro Sánchez, y el primer ministro del gobierno de unidad nacional de Israel, Benjamin Netanyahu. Sabida es la situación desde el acuerdo de la ONU que pudo dar origen tanto a dos Estados, el palestino y el israelí. Sólo se constituyó el segundo porque los países árabes no aceptaron la existencia de Israel y desde el principio, apostaron por la guerra y la desaparición del Estado judío.

El primero, con lenguaje de doble rasero según el cual el asesinato de la población civil tiene mayor gravedad según sea palestina o israelita, fue elogiado por Hamás. Su buenismo hipócrita o ingenuo insiste en el diálogo de civilizaciones, e incluso con los terroristas, sin tener en cuenta el problema de fondo.

El segundo, insistió en el peligro que sería para Europa de forma inminente la destrucción de Israel, perteneciente a la civilización occidental y enclave democrático en Oriente Medio. Además, arguyó el derecho a la defensa de su Estado y a la no contemporización con quienes pretenden desbaratar toda paz e intentos de acuerdo por métodos terroristas.

Pedro Sánchez no habría acudido a esta nueva batalla de Lepanto, que hoy es la batalla de Israel. La llamada civilización occidental y la Unión Europea en particular, tienen que decidir qué hacer. Es su continuidad histórica lo que está en juego. Lo ideal sería la reconciliación "de la búsqueda de seguridad e identidad de Israel con las aspiraciones de autogobierno palestinas y el interés de los vecinos gobiernos árabes por una política compatible con su percepción de sus propios imperativos históricos y religiosos".

La resistencia islamo-árabe a la existencia de Israel provocó cuatro guerras: en 1948, 1956, 1967 y 1973, todas ellas ganadas por Israel. Intentaron la paz en 1979 Anwar al-Sadat y Yitzhak Rabin, ambos asesinados por radicales de uno y otro sesgo. ¿Los sigue alguien? Hamás. Hezbollah e Irán, con sus instigadores en la sombra, quieren la destrucción de Israel y de Occidente. ¿Estamos ante una nueva batalla de Lepanto? En tal caso, ¿qué deberemos hacer? Y sobre todo, ¿qué podremos hacer los españoles de hoy?

Es curioso que hace dos días recordara con Agapito Maestre esta cita de Ortega en Vieja y nueva política: "La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación". Por algo sería.

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