
Las víctimas de la tragedia de Valencia interpelan la conciencia moral de todos aquellos que tienen de un modo u otro alguna relación con lo sucedido. Es obvio que los políticos son los primeros que deberían haber dado razón de sus responsabilidades y culpas en la previsión y gestión de la catástrofe. Pero, como ya hemos podido comprobar, no lo han hecho ni lo harán, porque casi todos imitan la conducta del Jefe de Gobierno, que no sólo renunció a asumir sus responsabilidades, sino que directamente acusó a otros de sus negligencias y culpas. Nada nuevo hay en el comportamiento de Sánchez. Nadie lo acuse de inmoral, porque este hombre desconoce por completo el significado de esa palabra. Ni siquiera creo que sepa qué sea una experiencia moral. Este tipo de vivencia ética, como la experiencia estética, no está al alcance de cualquiera. Es algo que se adquiere con dedicación, esfuerzo y , a veces, mucho sufrimiento… Por eso, precisamente, es perder el tiempo hablar de responsabilidades morales, de conciencia moral, a alguien que jamás ha tenido la experiencia de ser moral.
La tragedia de Valencia jamás interpelará la conciencia de tipos como Sánchez. Desconoce por completo qué sea la conciencia ética de su profesión. Es un irresponsable. Me atrevería a decir que es el mayor representante de la negación de la conciencia moral del político. Es la negación de la política. Sus segundos, vicepresidentes y ministros, son más o menos igual que él. ¡Para qué citar las mentiras de la señora Ribera en sus comparecencias del Congreso y el Senado! Tampoco creo que la Vicepresidenta del Gobierno sepa qué es una experiencia moral. De ahí que sea vano apelar a sus responsabilidades morales y políticas en la previsión y gestión de la tragedia de Valencia. Jamás reconocerá alguna culpa o responsabilidad Carece por completo de conciencia moral.
Y, sin embargo, la catástrofe valenciana es de tal envergadura —más de 220 muertos y arrasada la tercera economía de España— que sigue interpelando la conciencia moral de quienes han tenido alguna relación con lo sucedido en Valencia. Seamos sinceros, la tragedia ha puesto en evidencia todos los ámbitos de la sociedad y, sobre todo, ha dejado al descubierto las carencias y los límites de los llamados poderes del Estado. La tragedia de Valencia cuestiona, sí, a todos los poderes del Estado. No se salva nadie. Aquí me referiré sólo a uno de los poderes implicados en la crisis, el llamado poder científico, que casi siempre aparece disuelto en otros ámbitos, aunque en el discurso del día de fiesta saca pecho y cacarea: "a mí que me registren, yo soy científico". Falso. Interroguemos en nombre de las víctimas a los científicos, a la conciencia moral de los científicos, ¿cuáles son sus responsabilidades en este terrible suceso?, ¿o también el científico ha vendido definitivamente su alma al político?…
Mostrar el poder de la ciencia, o de lo que llaman ciencia, resulta determinante a la hora de buscar culpables de la irresponsabilidad organizada de toda esta catástrofe. Utilizo la expresión "irresponsabilidad organizada" para referirme a un conjunto de actores políticos y, sobre todo, científicos incapaces de cumplir las reglas mínimas de sus códigos deontológicos. La denuncia de esa inmoralidad es necesaria para entender la catástrofe de Valencia. Ni los políticos se han comportado con responsabilidad ni los científicos han sido capaces de denunciar, durante décadas, lo que algunos de ellos habían previsto. Sí, dónde están ahora los científicos que deberían haber previsto hace años qué esto podría suceder. Sí, dónde esconden sus culpas y responsabilidades los técnicos que no denunciaron en su momento a los políticos por no seguir las pautas de "su" ciencia. Sí, qué dicen ahora los expertos científicos sobre sus mil irresponsabilidades para denunciar que esto, la catástrofe provocada por la Gota Fría o DANA, podría haberse previsto con más eficacia y rigor. Salgan a la esfera pública, señores científicos, digan cuándo, cómo y dónde denunciaron todo lo que tenía que haber hecho el poder político para prever una catástrofe como la de Valencia. Salgan de sus covachuelas institucionales, de la AEMT, de las Consejerías de Infraestructuras, de las Universidades, etcétera, y pregonen al mundo entero: cuándo, cómo y dónde denunciaron a los políticos, a sus jefecitos, por no haberles hecho casos de sus sesudos estudios sobre el estado de la Cuenca Hidrográfica del Júcar.
Salgan, señores científicos, de una puñetera vez, a la palestra pública para afearles la conducta a los políticos porque no les han prestado atención a sus "predicciones científicas". Salgan, sí, pero asuman sus responsabilidades y culpas en esta crisis. No pretendan irse de rositas. Si los científicos relacionados con la DANA de Valencia no salen al foro público y ejercen la autocrítica, tendremos que empezar a pensar que la ciencia, o mejor, el mundo que manejan los científicos está comprado por el poder político. Los científicos, en España, son más dependientes del poder político que en otras latitudes de Europa. Esta afirmación no es gratuita. Hay mil pruebas que así lo demuestran. Pero bastaría comprobar el ínfimo puesto que ocupan las universidades españolas respecto a las grandes universidades del mundo para saber que el poder político dicta y dirige nuestra baja calidad científica. La Autonomía Universitaria es filfa. Una manera de ocultar las dependencias de la ciencia del mundo político. La universidad española está en almoneda, simplemente porque depende del poder político. Pruebas mil hay de ese fracaso. La Conferencia de Rectores, por ejemplo, es una tapadera ideológica de esa confusión entre el poder político y el científico. La imputación del Rector de la Complutense en la creación de una cátedra para una indocumentada es solo un ejemplo, casi una nota a pie de página, de la dependencia absoluta de ese gran libro titulado "el mundo del saber muere devorado por el poder político".
En verdad, la catástrofe de Valencia ha mostrado con contundencia el fracaso del modelo español de relación entre la ciencia y la política. La "connivencia" (sic) interesada e inmoral entre tecnócratas y políticos enmascara, como vengo denunciando hace décadas, los profundos problemas políticos, organizativos y metodológicos en los que están envueltas la investigación y las nuevas tecnologías. Es necesario redoblar la crítica a un modelo científico- tecnológico que "chirría", por decirlo suavemente, por todas partes. Es menester resaltar la crítica y autocrítica a la racionalidad científico-técnica. Crisis como la de Valencia muestras con claridad meridiana que las apariencias científico-tecnológicas no son otra cosa que programas ideológicos encubridores de todo tipo de intereses en los que apenas cuenta la ciencia y mucho menos la formación democrática de la voluntad política. Se niega la Política en nombre de la Ciencia, pero, en realidad, eso es una ideología (una mentira) sobre la infalibilidad de la ciencia y de la técnica. El recurso a la ideología cientificista, o sea a la "creencia" de que la "infalibilidad"de la ciencia nos sacará de todos los atolladeros, está haciendo más daño a la humanidad que la crítica romántica a la ciencia.
Se vende por ciencia -algo que puede ser o no ser- como si se tratara de algo infalible. Ahí está la trampa: si la "ciencia" es infalible, entonces no es ciencia. Éste es un fenómeno, como vengo manteniendo hace décadas, que requiere de una explicación no sólo política sino también de carácter ilustrado. En otras palabras, la tesis de la tecnocracia política, o mejor, que todo lo solucionará la ciencia en sus más diferentes versiones sigue aumentando entre las masas más despolitizadas de la población y siempre apoyada por una lógica autoritaria por la que parece evolucionar desgraciadamente en los últimos decenios las instituciones clave de las democracias liberales. El político se esconde detrás de la lógica científica, pero, en realidad, es el protagonista principal, el autor clave, a la hora de dictar al científico su programa de investigación. El político dicta, sí, al científico su camino.
He ahí el entramado diabólico que acepta el científico para eludir sus responsabilidades en tragedias y catástrofes como la de Valencia. Repitamos, pues, la pregunta: ¿qué dicen los científicos sobre su responsabilidad en la previsión y gestión de la DAMA de Valencia? Me temo lo peor. Seguirán escondidos detrás de las instituciones del Estado. Es otra manera de poner al descubierto la dependencia de la ciencia, de la creación de saber, de los poderes del Estado. La famosa ética de la convicción y la verdad de los científicos, estudiada con precisión por el gran filósofo Max Weber, parece que en España no sólo se ha rendido a la ética de la responsabilidad de los políticos, sino que se ha plegado a los dictados de personas sin conciencia moral.
En todo caso, es menester abandonar el tratamiento de la discusión científica como si se se tratara de un proceso judicial, donde hay un imputado, la ciencia, y un fiscal, el político, que por obligación de su oficio debe demostrar sus errores. Falso. O la ciencia, basada en la búsqueda de la verdad y su propio progreso, se sitúa en el punto de vista de sus adversarios para tratar de incorporarlos a su verdad, o desaparece como ciencia para convertirse en lo que muchas veces es hoy: brujería… No hay majadero que salga en un programa de televisión dando una "opinión" sobre los temas más dispares sin que use repetidas veces el vocablo ciencia.