Menú

La Ilustración Liberal

Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
Varia

La bestia debe morir. Barbarie y civilización

2

La barbarie, la intolerancia, la xenofobia, el totalitarismo, la opresión y el terrorismo no ceden, no han cedido nunca, ni cederán jamás, por la presión de la persuasión o las divinas palabras. Sólo son vencidos por la acción determinante ejercida por las sociedades libres, por la resolución de la justicia y por la violencia legítima. La civilización no sale gratis ni se regala; se impone en la historia a base de sacrificios, pero nunca al precio de su propia inmolación.

Introducción

Para que la civilización perviva y avance, vale decir, parafraseando el título de una célebre novela de Nicholas Blake, que "la bestia debe morir" (The beast must die). Entiéndase aquí, claro está, la mención de la muerte –del "morir"– como referencia primariamente simbólica, pues la bestia que aquí señalamos remite ciertamente a una presencia, pero, ante todo, a una representación, cuya desaparición constituye y funda la garantía inexcusable de la continuidad del hombre y su crecimiento. La historia de la humanidad avanza y progresa a un alto precio, el que cuesta vencer a los instintos destructivos de la especie y derrotar a las culturas devastadoras que, como malas yerbas, brotan a su alrededor, dificultando su florecimiento y esplendor.

Venga esto a cuento no de una lamentación, sino de la constatación trágica de un suceso, a saber: la manifestación del Mal que actúa como obstáculo en el crecimiento de la Humanidad. Tampoco percibamos en este aserto una veleidad metafísica, sino más bien la perceptible terquedad de unos hechos muy físicos y materiales, o lo que viene a ser lo mismo: la encarnación descarnada de una fatalidad que se despliega sobre lo humano para quebrar su fortaleza y destruir su espíritu. Nadie es malo, pero cuánto mal se hace, declaraba Víctor Hugo. No hay, en rigor, individuos culpables, añadiré por mi parte, pero qué duda cabe de que el delito tiene un nombre, cuyo rastro es necesario reconocer y alcanzar.

Disparar contra Liberty para ganar la libertad

¿Qué significa, en el contexto en que hablamos, matar a la bestia? Reparemos, primeramente, en un magnífico ejemplo de representación cinematográfica y fijemos nuestra atención y recuerdo en la ejecución de Liberty Valance, y, muy en particular, en quién mató a Liberty Valance(The man who shot Liberty Valance, 1962). El director de cine norteamericano John Ford, combinando inteligencia y sensibilidad, no sólo narró en la clásica película, inmortalizada con ese título, el fin dramático de un tiempo y un espacio concretos, el salvaje Oeste americano, también la lucha de titanes, prometeica, homérica, que se desencadena entre un estadio de vida indómito y sin más norma que la ley del más bruto –estado de la barbarie– y un estadio refrenado y gobernado por la ley civil –estado civilizado.

El primero de los dos, como es notorio, está representado en el filme por Liberty Valance/Lee Marvin, pero también por Tom Doniphon/John Wayne. El segundo, por Ramsom Stoddard/James Stewart. He aquí el conflicto fundamental: la ley de la fuerza contra la fuerza de la ley. Ford no pretende con su recreación artística lanzar sobre el espectador una lección magistral de historia, ni mucho menos de moral. Todo lo contrario, la mirada que dirige al pasado se revela en todo momento poética, nostálgica y comprensiva, a veces incluso tierna, pero nunca complaciente ni remisa.

El forajido Liberty (fina ironía a la hora de calificar lo innombrable, y que favorece sobremanera la descripción de un mundo al revés) debe desaparecer; es más, debe ser ejecutado, al tiempo que Tom Doniphon necesita ser sacrificado como expresión de una dramática exigencia normativa que asegure el orden y la paz. Es la ley, la ley de la vida humana, el requisito de la civilización. El viejo mundo, la violencia y la brutalidad tienen necesariamente que ceder el paso al nuevo mundo, demostrando con ello algo más imperativo que las, por otra parte, benéficas normas de educación. El cineasta Ford describe la situación con elevada inspiración: el látigo y la flor de cactus son sustituidos por los nuevos signos del progreso: el caballo de hierro (el ferrocarril), un sheriff efectivo, un abogado no venal y un periódico libre e independiente que pueda salir a la calle diariamente sin miedo ni coerción.

El bruto del látigo con empuñadura de plata muere, finalmente, porque debe morir. Pero, irónicamente, no por la acción del hombre civilizado (representativo de la civilización) sino, justamente, por la de quien ya no puede civilizarse, aquel a quien el tiempo literalmente le ha sobrepasado y pronto le barrerá, asimismo arrastrado por los nuevos vientos que llegan del Este. El héroe solitario mata, pues, al villano antisocial, mas la fama, la gloria y la heroína (Vera Miles) acaban en manos del senador Sttodard: la épica capitula ante la ética; la epopeya deja paso a la política; los mitos renuncian a explicar el mundo y comienza la historia (la película se inicia con la llegada del tren a la estación de Shinbone).

La representación trágica ha finalizado, el destino ha cumplido su designio. Todo este legado persiste, sin embargo, guardado en la memoria de los hombres, permitiendo así que la vida pueda continuar. Los hechos, con todo, nunca se contarán como en realidad ocurrieron: "Esto es el Oeste, y cuando los hechos se convierten en leyenda no es bueno imprimirlos". A pesar de todo, desde aquellos acontecimientos, y en el sentido más amplio de la expresión, no todo sigue igual en Shinbone. Ahora con la libertad de prensa se puede noticiar, puede escribirse la verdad de lo que acontece y nada más que la verdad. Aunque no toda la verdad. Pues queda la leyenda, la gesta que relatará el bardo, John Ford en este caso.

¡Destruir al infame!

Ya lo hemos dicho: el cineasta Ford no imparte en su filme lecciones de historia ni de moral. Pero esto no implica que las imágenes que nos trasmite no nos iluminen e instruyan. La presencia salvaje y la acción destructiva, la violencia reveladora del mal radical del género humano, deben desaparecer ineludiblemente para dar paso a la necesidad vital de las leyes de la ciudad, y por ende de la humanidad. Con el diablo no se pacta, se le conjura. Al déspota no se le persuade en su anomalía, se le destituye. El peligro amenazante no desaparece por las buenas, sino que es vencido por las malas, si bien que por la fuerza de los buenos... Al pasado, en fin, se le sepulta, con honores o sin ellos.

Los filósofos ilustrados del siglo XVIII confiaban en que la Razón triunfaría definitivamente sobre la maldad insana y erigiría la columna de la victoria sobre sus cenizas; una vez identificada la vesania, sólo faltaba decisión y coraje para extirparla: Écrasez l´infâme! Ya existía por entonces la versión moderada y optimista, cándida, de extender la ilustración y la civilización a escala cosmopolita; fue el caso de Kant, que estaba persuadido de que hasta un pueblo de demonios puede hacer posible la convivencia y ser conducido a un estadio de paz. Comoquiera que sabe más el viejo diablo por viejo que por diablo, y además se llega a anciano más por la experiencia y el interés en la conservación, es cosa demostrada que sobrevive y perdura aquel que está dispuesto a luchar por la vida.

¡Qué cómodo es llegar desde la "buena voluntad racional" a la confiada conclusión según la cual la completa destrucción entre los hombres no se producirá, sino que algún día reinará la concordia y brillará glorioso el arco iris de la paz perpetua! Sin tener por ello que alistarse en la filas del pesimismo, cabe la posibilidad de ser más descreídos ante la circunstancia obstinada que nos obliga a afrontar las cosas como son y no como nos gustaría que fuesen, planteándonos así, con Rüdiger Safranski, el siguiente interrogante: "Pero ¿qué sucederá si el mal se comporta de otra manera, si no se trata solamente de la función de una autoconservación sin miramientos, sino que la crueldad y la destrucción pueden pasar a ser un fin en sí, si el mal no pretende conseguir algo, sino que quiere la nada?" (El mal o el drama de la libertad).

En ese caso, si la nada nos hostiga, si su sombra oscurece el horizonte, si el mal, en suma, busca nuestra perdición, es preciso dejarse de contemplaciones y actuar con justicia, responsabilidad y reciprocidad. G. K. Chesterton expresó de modo tajante e inconfundible la relevancia de mantenerse firme frente al bárbaro nihilismo y el suicida aventurerismo: «Si hay quien mantenga que la extinción es preferible a la existencia, o la vida opaca preferible a la variedad y a la aventura, a éste no lo cuento entre los míos, con ése no hablo. Al que escoge la nada, la nada le doy» (Ortodoxia).

En nuestros días, tenemos por morales y políticas suicidas, incluso homicidas, a aquéllas que pactan con el diablo, intentando, entre otras quimeras, detener el tiempo y que pase la tormenta. Acaso provenga esta fe de un rancio romanticismo, de un idealismo trascendente, que subyuga a algunos hombres; de aquellos que, como Fausto, quedan hechizados ante la aparición del Momento, conmovidos por el hecho de que sea tan bello... Quienes son víctimas de esta ilusión no son más que trágicas criaturas de sueños imprudentes de infaustos recuerdos.

El proyecto de odio y destrucción que amenaza a la civilización no es humano, aunque provenga de algunos hombres... malos. O precisamente por ello mismo. No se piense que tras esta convicción sopla el aliento renovado de la dialéctica del amigo y del enemigo que proclamara Carl Schmitt, ni ninguna otra clase de reedición encubierta de las malas artes de la barbarie para enfrentarse a la bestia (del tipo: si no estás conmigo, estás contra mí). Se postula aquí, por el contrario, una decidida voluntad de querer y saber identificar al ser hostil y amenazador, al sujeto peligroso, con el fin de mantenerlo a distancia, para decirle: si estás contra mí, no puedo contar contigo; «al que escoge la nada, la nada le doy».

El miedo, el terror, no se conjuran con encantamientos. Tampoco sirven las políticas de recogimiento, identidad y reconocimiento que exciten el gregarismo, cuando no el abrigado pero maloliente calor de los establos, ni los lemas corporativos según los cuales estar con nosotros es lo que cuenta. Tampoco confraternizar o halagar a la bestia que te acosa para que no te coma y busque otra pieza en tu lugar.

Tal vez, y después de todo, para lograr fines prácticos de la pacificación (que no el apaciguamiento) y la civilización (que no el establecimiento de una cultura o una macedonia multicultural) no haya más remedio que combinar el ejercicio de la política con el esfuerzo personal de la ética, desarrollando así aquello que Weber denominaba la «dignidad viril», esto es, el estado del carácter que ordena: «Resistirás al mal, pues en otro caso serás corresponsable de su triunfo» (La ciencia como vocación).

Cierto es que hay una contienda de valores y de dioses que exige discernimiento, mas tan cierta como ineludible es la buena elección, así como la decisión de superar el dilema entre el utopismo falsario que sueña con una hermandad universal y la prédica del Sermón de la Montaña que demanda no resistir frente al mal. He aquí una elección, en verdad, nada abstracta ni vaga, una resolución que queda dramáticamente sentenciada en esta declaración del sociólogo alemán: «Y es cada individuo el que ha de decidir quién es para él Dios y quién el demonio» (op. cit.).

Reducir una barbarie ya derrotada

He aquí un dilema de características verdaderamente trágicas: no saber distinguir el bien y el mal, o, por decirlo en un lenguaje más secularizado: lo bueno y lo malo, lo beneficioso y lo perjudicial, lo conveniente y lo inconveniente, lo correcto y lo incorrecto. El miedo, la voluntad débil, las falsas esperanzas (valga la redundancia), la ignorancia, la mezquindad y la estupidez se han aunado a menudo para alimentar ese autoengaño en que los hombres someten su existencia a un fantasma de larga sombra y sombrío espectro: el miedo a la libertad. Por este motivo, la tarea de revitalizar los valores de la humanidad y la emancipación de la dominación ha debido renovarse prácticamente, históricamente, en cada generación de hombres.

Ello no significa, sin embargo, que comencemos siempre desde cero, que lo logrado no cuente y nos persiga la triste balada de volver a empezar. El curso de los acontecimientos, la Historia de la Humanidad, han dado buenas muestras de que los principios y valores de la civilización son superiores a los de la barbarie, y de que, si se cree firmemente en ellos, acaban triunfando y generalizándose. Esto ya ha ocurrido. Se trata de conservar y mantener para seguir progresando.

Retengamos, entonces, las palabras finales del ensayo Sobre la libertad de John Stuart Mill y meditemos sobre su relevancia: «Si la civilización ha prevalecido sobre la barbarie cuando la barbarie dominaba el mundo, es excesivo abrigar el temor de que la barbarie, una vez vencida, pueda revivir y conquistar la civilización. Para que una civilización pueda sucumbir así ante su enemigo vencido necesita haber llegado a un tal grado de degeneración que ni sus propios sacerdotes y maestros, ni nadie, tengan capacidad ni quieran tomarse el trabajo de defenderla. Si esto es así, cuanto antes desaparezca esa civilización mejor. No podría sino ir de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el imperio de Occidente) por bárbaros vigorosos».

Bien está que Occidente y la sociedad abierta reafirmen sus valores y no se amilane ante sus enemigos. Pero tampoco está de más recordar –en especial, a las nuevas generaciones– que es preciso estar alerta y precaverse de los no pocos «cansados de Occidente» que propagan el espíritu resentido de la derrota en el interior de nuestras ciudades y los «bárbaros vigorosos» que vigilan y acechan desde fuera de ellas con intención de asediarlas y doblegarlas. Su fortaleza no proviene de sí mismos, sino que emerge del miedo y la debilidad de quienes no resisten a su empuje. De la sangre de sus víctimas se nutren y en su ebriedad se creen inmortales. De ellas extraen su hiel.

Número 23

Varia

Retrato

Ideas en Libertad Digital

Reseñas

Libro pésimo

El rincón de los serviles

2
comentarios
1
La cobardía, antesala de la crueldad
Josè Manuel Dapena

Bárbaro es el que farfulla, el que no racionaliza su pensamiento sino que se instala en la psicosis intelectual o religiosa. El artículo viene a dar respuesta a tanta cursilería decadente y progre. El señor Genovés lo ha dicho muy claro: es el miedo a la libertad. El mayor bien y el más supremo que existe en el universo es continuamente atacado por la barbarie que farfulla "mantras" marxistas, islámicos o simplemente lugares comunes y mediocres. En definitiva, ese miedo es cobardía que se convierte en crueldad contra todo lo que significa individuo, libertad, espìritualidad, belleza, búsqueda, bondad... Montaigne, desde su torre de La Dordogne, ya lo denunciaba hace varios siglos: la cobardía, antesala de la crueldad.
Enhorabuena por su artìculo. Es muy importante. ?

2
cuanta verdad acá, y cuantas mentiras acullá.....
Jano

El Sr Genovés acierta de pleno. Nos ilustra y nos enseña qué hay detrás de tanto mantra pseudo conciliador: miedo a ser libre, a no dar un paso atrás ante el chulo de la clase que avasalla con la única fuerza de la amenaza, miedo a no irritar al que te golpea por ser libre y creer en una sociedad libre. Mi generación no tuvo que vivir las tragedias del siglo XX; empezamos a ser adultos en una sociedad próspera, abierta y libre. Siento que muchos - tiemblo ante la sospecha: ¿la mayoría?- ni siquiera se atrevan a denunciar al "malo de la clase" y esperen a vivir bajo su "tolerancia". Otros en cambio queremos alzar la voz para decir: no tememos ser tachados de intolerantes, y queremos vencer en la defensa de nuestra civilización. ?