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Las moralejas de Auschwitz

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Entre pestilentes pantanos del río Vístula, en 1940 se estableció la más enorme maquinaria de muerte. El mundo que la semana pasada conmemoró su desmantelamiento, hace seis décadas, debería imponerse que, de entre las brumas del Zyklon-B y los experimentos quirúrgicos con niños, se evoquen de Auschwitz también sus enseñanzas. La más universal de ellas fue planteada en 1750 por Rousseau, quien casi a los cuarenta años de edad sufrió una metamorfosis que lo llevó de libretista musical a pensador máximo.

Rousseau leyó que la Academia de Dijon premiaría una respuesta original a la cuestión de si el progreso de las artes y las ciencias contribuye a la moral. Su elaborada negativa le valió el premio, y permanece vigente desde Auschwitz.

Una nación entera fue brazo ejecutor de sadismo y brutalidad: la más civilizada, pletórica de grandes filósofos, músicos y poetas. Ni siquiera la caterva que secuestró a Alemania fue ineducada: más de la mitad de los catorce jerarcas que decidieron en Wansee (20/1/42) el exterminio físico del pueblo hebreo ostentaban doctorados de las principales universidades europeas. La primera lección es, pues, tan lacerante como inevitable: el odio no se desvanece por medio de la mera cultura.

La segunda moraleja se refiere a los judíos: para removerlos de la sociedad humana, la "ideología" nazi procedió a etiquetarlos de peligrosos parásitos, y así renovó la antigua mitología judeofóbica: ya no éramos leprosos y deicidas, confabuladores y vengativos, sino además un virus infeccioso. Seis millones de israelitas (un tercio del total) fueron eliminados en medio de inenarrables suplicios, sin que pudieran protegerlos la democracia ni el liberalismo, porque el encono contra ellos estaba demasiado enraizado como para evaporarse por ley.

Tanto la conferencia internacional de Evian (1938) como la de Bermuda (1943) fueron impotentes para proveer refugio, ya que en ellas estaban ausentes la voz y el voto del judío mismo. La segunda conclusión de Auschwitz es que se trató de un flagelo contra el pueblo judío, y por ello la indispensabilidad de reconstruir el Estado judío en su tierra ancestral, permitiendo al hebreo un pequeño territorio al que, después de milenios de persecuciones, pudiera denominar "patria".

Los pensadores sionistas habían advertido durante un siglo de la inminente erupción del volcán judeofóbico en Europa, pero se desoyeron las alarmas de Smolenskin, Schapira, Pinsker, Nordau y Jabotinsky, y la lava de Auschwitz lo cubrió todo.

La Shoá no puede entenderse en el marco de explicaciones sobre la humillación alemana en la Gran Guerra, la depresión económica o la hiperinflación. Fue la eclosión final de una milenaria judeofobia que había saturado casi toda ideología y nacionalidad europeas.

Por lo que antecede, cabían nuestras esperanzas de que Europa comprendiera fraternalmente al Estado de Israel y su autodefensa. Sin embargo, la arraigada obsesión pudo más, y el pequeño Estado hebreo es presentado en los medios europeos como una aventura imperial. El curioso imperio cabe quinientas veces en los territorios árabes, ricos en petróleo, ignorancia y opresión. Pero sólo Israel es percibido en Europa como "el judío", una amenaza, una teocracia depredadora financiada por poderes ocultos. Así, las matanzas de Arafat durante medio siglo cosecharon una popularidad de la que no gozó ninguna otra nación, y desproporcionada a la urgencia de sus objetivos y a la virulencia de sus medios.  

La desjudaización

La incomprensión generalizada de la experiencia judía abarca al propio Auschwitz. Cuando hace unos años me tocó visitarlo tuve la impresión bien resumida en un artículo de la pluma de un cristiano que había estado prisionero allí. Sigmund Sobolewski exhortaba a Polonia para que no "continuara ocultando el martirio de los judíos".

En el campo había plaquetas que honraban la memoria de 20.000 gitanos asesinados allí, de monjas y de prisioneros rusos a granel. Ni una para el millón y medio de judíos martirizados. Las mujeres judías traídas a Auschwitz desde Grecia para experimentos médicos eran definidas como "eslavas", y nada indicaba que el campo había sido base de la llamada "solución final", según la orden de Himmler de junio de 1941.

El historiador Iehuda Bauer muestra que la singularidad del Holocausto radica en que, a diferencia de cualquier otro genocidio, fue el resultado de una ideología general que presentaba la victoria de la nación como el exterminio total de un grupo humano, hasta el último de sus niños. Pero precisamente a ese grupo se ha intentado desvincular de la tragedia.

Cuando las atrocidades nazis fueron reveladas la difunta Unión Soviética perpetró una sistemática ocultación del padecimiento judío, "para no crear tensiones étnicas". En una película de casi una hora que se exhibía a quienes visitaban Auschwitz-Birkenau, la palabra judíos no era pronunciada ni una sola vez. Al régimen comunista (y a una parte de la izquierda de hoy) no le bastó negar el Holocausto por omisión, sino que además llevó esa política hasta el ultraje al usar el Holocausto para incrementar la judeofobia por medio de vincular el nazismo con el sionismo.

Hoy la conciencia acerca de la dimensión de la Shoá está creciendo, y la desjudaización y la calumnia retroceden. Pero una buena parte de la opinión pública europea prosigue presa de la distorsión. Por ello no es de sorprender que, cuando pocos y valientes medios europeos se resisten a caer en el embate generalizado contra Israel y el sionismo (léase, verbigracia, diarios y televisión españoles), terminan siendo incriminados por ser… cómplices de los judíos.

En efecto, a lo largo de la historia la judeofobia ha "acusado de judíos" a quienes se opusieron al exterminio de este pueblo, exactamente como hoy la izquierda "descalifica por sionista" a quien no se adhiere al impulso "políticamente correcto" de destruir Israel.

Durante el Holocausto la tierra alemana destruía a millones de judíos indefensos, el mar británico hundía sus barcos de refugiados, bancos suizos despojaban, el silencio europeo desahuciaba, y las fuerzas aliadas se negaron a bombardear los hornos crematorios de Auschwitz o las vías férreas que allí conducían. Los aliados temían que sus ciudadanos aflojaran el esfuerzo bélico al verse “arrastrados a una "guerra judía".

Otra forma de desjudaizar la Shoá es llamar racismo a la "ideología" nazi. Sólo en lo que concernía a los judíos fueron los nazis consistentemente “racistas”. Sus principales aliados fueron pueblos supuestamente inferiores, por ser respectivamente latinos (Italia) y orientales (Japón), y encontraron cofrades en otro pueblo supuestamente "semita". El líder de los árabes palestinos, Hajj Amin Al-Husseini, participó del golpe pronazi en Irak en 1941 y residió por el resto de la guerra en Alemania, donde reclutó voluntarios musulmanes para Hitler y convocó al Reich a extender la "solución final a Palestina".

Que, después de décadas de negarse a condenar la judeofobia, por primera vez las Naciones Unidas hayan recordado el Holocausto significa un paso adelante. También lo es el Memorial de la Shoá que el 27 de enero abrió sus puertas en París, el mayor centro europeo de documentación y museo sobre el tema. Allí declaró el presidente Jacques Chirac que la judeofobia "no es una opinión, sino una perversión que mata". Para justipreciar sus palabras, recordemos que hasta hace unos meses Chirac negaba la existencia de odio antijudío en su país.

Ojalá embargara contrición parecida a Javier Solana, quien el 26 de junio de 2003 desconcertó al Comité de Relaciones Exteriores del Congreso norteamericano al declarar que en Europa la judeofobia no existe.

A modo de compensación de su ceguera, el nuevo embajador europeo en Israel, Ramiro Cibrian Uzal, propuso el 25 de enero "restaurar la imagen de la Unión Europea a los ojos israelíes". Sugiero que la restauración comience por corregir la miopía europea acerca del pueblo y del Estado judíos. Esta campaña será el mejor homenaje a las víctimas de Auschwitz, y auguraría una demorada era de reconciliación.

(1-II-05)

Número 23

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