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La Ilustración Liberal

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Los masones

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Existe en España un interés creciente por la masonería, en torno a la cual han aparecido en años recientes bastantes libros de gran interés, en particular los de Ricardo de la Cierva –que ha expuesto abundante documentación interna de dicha “orden”–, el estudio de Luis Lavaur sobre la acción masónica en el ejército español durante la II República, por no hablar de los clásicos de Ferrer Benimeli, un jesuita muy filomasón, o los de Dolores Gómez Molleda, más equilibrados.

En este contexto, el libro de César Vidal Los masones sale con gran oportunidad, como otros suyos. Estoy pensando en el de las Brigadas Internacionales o en el de las checas de Madrid, que vinieron a quebrar campañas de desfiguración histórica basadas en la propaganda stalinista sobre nuestro pasado; campañas a las que tan aficionada es la izquierda supuestamente moderada y democrática.

La oportunidad de Los masones tiene que ver con preocupaciones muy actuales, aun si trata sólo de forma secundaria la actualidad. Muchos nos preguntamos, por ejemplo, si no será masón el presidente Rodríguez. Sus medidas y actitudes traslucen muy bien el “buenismo” seudohumanitario tradicional en la masonería, la aversión radical a la Iglesia católica o el “pacifismo” y tolerancia hacia quienes amenazan nuestra cultura. Son datos curiosos la devoción beata de Rodríguez por uno de sus abuelos, precisamente masón, o la visita que después del 14-M le hizo Giscard d’Estaing, uno de los masones más poderosos de Europa, y que dejó cierta impresión de venir a dar instrucciones.

Giscard d’Estaing es un representante muy típico de la masonería. Fue presidente de Francia entre 1974 y 1981, y una de sus políticas características consistió en proteger amistosamente al emperador centroafricano Bokassa, un déspota de pesadilla mantenido en el poder gracias al ejército francés y que, entre otras hazañas, masacró a 100 niños en la cárcel de Bangui y devoró carne de ellos, según numerosos testimonios. Bokassa obsequió a su protector francés con una gran suma en diamantes, hecho que, al salir a la luz pública, contribuyó a la derrota electoral del protector en 1981, aunque su política económica había sido acertada y positiva para Francia.

Las convicciones y políticas de Giscard causaron muy graves daños a España: apoyó a la ETA y boicoteó los esfuerzos de Madrid en la persecución de la banda terrorista. Durante la presidencia del actual “padre de la constitución europea” la ETA tuvo en Francia un santuario seguro desde el cual planificar sus crímenes, gracias a lo cual conoció su época de mayor auge, con 85 asesinatos en 1979 y un centenar en 1980, cifras desestabilizadoras que condicionaron toda la política española y actuaron como uno de los motores de la intentona golpista de febrero de 1981.

Ni estos ni otros méritos han impedido a Giscard erigirse, no se sabe cómo ni en representación de quién, en padre de la constitución europea, de la cual ha borrado las raíces cristianas y perjudicado la influencia española, así como la de Polonia, otro país de fuerte traición católica, a lo cual ha asentido nuestro peculiar presidente con extraño servilismo. Extraño… o no tan extraño, si se confirmara la adscripción masónica de Rodríguez. Alguien debiera investigar esta posibilidad, porque de ningún modo sería un detalle trivial. Pues, como demuestra Vidal con abundancia de ejemplos y referencias históricas, la mezcla de corrupción, intrigas y actuación política no representativa y antidemocrática son una constante en la masonería.

De acuerdo con la leyenda rosa difundida con especial empeño por los masones, esta orden no sería una sociedad secreta, sino “discreta”, dedicada a obras filantrópicas y humanitarias y a elevar el nivel moral de sus integrantes y de la sociedad en general mediante el cultivo de la tolerancia y las manifestaciones de la bondad humana. Incomprensiblemente (o al contrario) habría sufrido la intolerancia agresiva de la Iglesia Católica, y el franquismo la habría visto, con notable paranoia, como un temible enemigo a perseguir ferozmente. La persecución que, en efecto, sufrió la masonería del franquismo se ha presentado como una prueba decisiva del carácter bondadoso, inofensivo y tolerante de una sociedad cuyos miembros se reconocen a sí mismos como “hijos de la luz” o “hijos de la Viuda”.

Sin embargo, la lógica más elemental permite ver enseguida la incoherencia entre estas pretensiones y otros rasgos conocidos de la orden. Por ejemplo, sus juramentos rituales de no revelar jamás, bajo pena de vida, los “misterios” de la sociedad testimonian una auténtica obsesión por el secretismo. Precisamente ese secretismo provocó desde muy pronto las mayores reservas entre los católicos y entre muchos protestantes, y ha dado lugar a interpretaciones históricas efectivamente paranoicas por parte de sus enemigos, que han llegado a atribuirle, exageradamente, todos los males y revoluciones de la época contemporánea.

Pero aun sin tales exageraciones salta a la vista que, para dedicarse a labores humanitarias y filantrópicas, no hay la menor necesidad de crear organismos secretos ni siquiera “discretos”, ni de cultivar una estrecha “hermandad” casi mística (o sin casi) entre sus miembros, o de orquestar una parafernalia realmente chocante de símbolos, atuendos, jergas, ritos y grados esotéricos de nombres peregrinos (“Venerable Maestro”, “Hermanos Vigilantes”, “Príncipe de Oriente y de Occidente”, “Caballero del Sol”, “Gran Caballero Kadosh o de la Venganza”, etcétera), con “iniciaciones” sucesivas de apariencia estrambótica que transmitirían al adepto extraños secretos procedentes de las religiones y misterios antiguos, de la escuela de Pitágoras, de Eleusis, del templo de Salomón, del Antiguo Egipto, o desde antes todavía, del mismo Adán y de Caín.

No hace falta mucha sagacidad para comprender que hay ahí algo más que filantropía, y que una sociedad de ese estilo, como muestra Vidal con abundantes casos históricos, constituye un medio privilegiado para la conspiración política y la corrupción, la estafa, la especulación ocultista, incluso con tintes satánicos, o la simple satisfacción pueril de creerse poseedor de secretos inasequibles al vulgo.

También está claro que, por su propia concepción, la masonería es antidemocrática: círculos de iniciados poseedores de saberes supuestos y de influencias ciertas a través de redes de “hermanos” en puestos clave de la sociedad, pues la masonería siempre ha prestado especial atención a los cargos políticos, militares, judiciales, etc. Ello permitiría a la orden ejercer un influjo secreto y manejar al público ignorante, por el propio bien de ese público, naturalmente. Este plan aparece perfectamente descrito en instrucciones como las de la logia Lautaro, de tanta importancia en la destrucción del Imperio español: los “hermanos” se comprometían a “no dar empleo alguno principal y de influjo en el Estado, ni en la capital ni fuera de ella, sin acuerdo de la logia, entendiéndose por tales los enviados interiores y exteriores, gobernadores de provincias, generales en jefe de los ejército, miembros de los tribunales de justicia superiores, primeros empleados eclesiásticos, jefes de los regimientos de línea y cuerpos militares y otros de esta clase”. Esas concepciones oligárquicas y secretistas están en la raíz, sin duda, de buena parte de la convulsa historia de las naciones hispanoamericanas después de la independencia.

En la propia España ocurrió algo parecido, y, como también cita Vidal, a partir de un personaje de Galdós, agudo observador: “Por más que digan los sectarios de esta orden (…) los masones han sido en las épocas de su mayor auge propagandistas y compadres políticos (…) Era la masonería una poderosa cuadrilla política que iba derecha a su objeto, una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión (…) y no se ocupaba más que de política a la menuda, de levantar y hundir adeptos, de impulsar la desgobernación del reino; era un centro colosal de intrigas, pues allí se urdían de todas clases y dimensiones; una máquina potente que movía tres cosas: gobierno, Cortes y clubs”.

Y, desde luego, la historia de España en los dos últimos siglos no se entendería bien sin una frecuente referencia a esta orden “discreta”. Baste citar el dato de que en las primeras Cortes de la república había más hermanos masones (en torno a 180 sobre un total de 458 diputados) que miembros de cualquier partido, y que en los partidos republicanos de izquierda llegaban a superar el 50% de los escaños. Entre los socialistas llegaban al 40%, y también había numerosos masones en el anarquismo. Ello ayuda a entender, entre otras cosas, el marcado sesgo anticatólico, más que laico, de aquel Parlamento, y sus consecuencias desestabilizadoras.

César Vidal aborda asimismo la impronta masónica en la revolución useña (al principio reducida), en la francesa (mucho más fuerte, aunque los masones terminaran guillotinándose entre ellos), en la primera revolución rusa, etc. Queda bastante bien fundamentada la conclusión del autor de que la masonería ha tenido gran éxito como entidad subversiva pero ha solido resultar catastrófica a la hora de gobernar. De interés, igualmente, la utilización de la orden, en Francia y desde Napoleón, como instrumento de control y dominación exterior, bien apreciable actualmente en el ex imperio francés de África, sometido en buena parte a un neocolonialismo apenas disimulado. También queda de relieve la frecuente compañía de la masonería y la corrupción, ya indicada en el caso de Giscard.

Otro tema tratado con claridad en el libro es la oposición de la masonería al cristianismo, sus intentos, a veces exitosos, de infiltrarse en la Iglesia, sus pretensiones “filosóficas” de estar por encima de las religiones y profesar la religión “natural” y supuestamente común a todo el género humano, etc.

No cabe duda, como decía al principio, de que nuevamente Vidal sale a escena con un libro oportunísimo, y muy apropiado “para el lector que desea conocer la verdad sobre los arcanos de la sociedad secreta más influyente del mundo”.

César Vidal, Los masones. Barcelona, Planeta, 2004, 300 páginas.

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