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La Ilustración Liberal

Retratos

Jorge Luis Borges, "... los libros y la noche"

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Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo vino al mundo en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899, ahorrándose uno de los nueve meses preceptivos de vida en la madre. Su padre, Jorge Guillermo Borges, era un brillante abogado muy culto, agnóstico y devoto –con perdón– del individualismo spenceriano. La mamá, Leonor Acevedo, católica, igual de bella que elegante, procedía de una estirpe abarrotada de uniformados próceres de la patria, y se dedicaba o volcaba por completo en el cuidado de los suyos y la casa.

La casa en un principio, mientras Georgie fue hijo único, estuvo en la calle Tucumán; dos años después nació la niña, Norah, y desde entonces estuvo en la calle Serrano, en pleno barrio de Palermo, arrabal porteño en el que convivían gentes de clase media y "compadritos –rufianes– aficionados a pelear con el cuchillo"[1].

Le decían Georgie a Jorge Francisco Isidoro y lo que sigue porque se familiarizó con el idioma de Shakespeare antes que con el de Cervantes. Y es que la abuela Fanny, la madre de Jorge sénior, era inglesa, y en su lengua leía cuentos a los dos nietos. También la institutriz, Miss Tink, era inglesa. Lo cual que Georgie, Jorge Francisco Isidoro etcétera, tras los cuentos se despachó a gusto con el Huckleberry Finn de Mark Twain, las novelas de Dickens y Stevenson y los relatos de Edgar Allan Poe; y con El Quijote[2]... en versión inglesa –of course, dadas las circunstancias.

Qué bien se la pasó Borges cuando era infante, encerrado en la memorable biblioteca del padre o jugando en el amplio jardín de la casa con Norah y los amigos que entre los dos inventaban. Y qué malos tragos le esperaban a la vuelta de la esquina, tan pronto cumplió los nueve años, cuando la madre dijo ya está bien de tanto aprendizaje excéntrico y sin plegarias de por medio y lo enviaron a la escuela pública, para desesperación de don Jorge el libertario:

"El cambio fue (...) una experiencia traumática. Los muchachos vulgares y bruscos del barrio de Palermo se mofaron de aquel sabelotodo que llevaba anteojos, vestía como un niño rico, no se interesaba por el deporte y hablaba tartamudeando. Aunque Georgie estuvo en el colegio cuatro años, nada importante aprendió en él: quizás algunas palabras en el argot de la clase baja de Buenos Aires –el lunfardo– y una serie de astucias elementales para pasar desapercibido entre sus agresivos compañeros".[3]

Jorge sénior padecía una enfermedad ocular hereditaria que le acabaría dejando ciego. Supo de un médico ginebrino que podía operarle y retrasar la llegada de los días oscuros; no se lo pensó dos veces: decidió ponerse en sus manos, y de paso recorrer Europa, idea que le fascinaba desde que era joven. Así que cogió a la familia y todos juntos en 1914 cruzaron el Charco. Iban para un año, pero estalló la Gran Guerra y al poco de concluir ésta se desataron violentos disturbios en la Argentina; total, que la estancia en el Viejo Continente se prolongó hasta la primavera de 1921.

Primero y al galope pasaron por Cambridge y Londres; luego visitaron París; la tercera ya fue Ginebra. Georgie volvió –pero por última vez– a cursar estudios formales en la sobria ciudad helvética. En nada se parecía el Colegio Calvino a la escuela de Palermo que le amargó la infancia:

"El ambiente en aquel establecimiento de inspiración protestante era completamente distinto (...) Sus compañeros, muchos de ellos extranjeros como él, apreciaban ahora su inteligencia y no se burlaban de su tartamudez".[4]

Georgie añadió el francés a su lista de idiomas dominados: lo utilizaba para estudiar, hablar con los compañeros y leer en los ratos libres –a Víctor Hugo, a Zola, a Flaubert, a Guy de Maupassant, a Daudet; incluso el Crimen y castigo de Dostoievski, a su juicio literalmente formidable[5]–. Y tras el francés, el alemán, que aprendió con la sola ayuda de un diccionario: era la hora de los versos de Heine, de las obras de Nietzsche y Schopenhauer; de El Golem de Gustav Meyrink; del asalto frustrado a la Crítica de la razón pura del arduo Kant[6]. Más autores que pasaron por entonces por sus manos: Ascasubi, Lugones y Carriego; Chesterton, por el que sintió siempre viva admiración, y Walt Whitman, que lo dejó conmocionado[7].

Tras los años pletóricos de Ginebra, Borges y su familia recalaron en España. En Mallorca nuestro personaje trabó relación con el poeta Jacobo Sureda; en Sevilla, con el grupo que confeccionaba la revista Grecia[8]; en Madrid, con Gómez de la Serna en la tertulia del Café Pombo, pero sobre todo con Rafael Cansinos Assens, su primer maestro –excepción hecha de Jorge sénior–, que le introdujo en el vertiginoso panorama de las vanguardias.

A punto estaba el joven Borges de publicar el poemario ultraísta y filobolchevique[9] Ritmos rojos, cuando los padres estimaron que había llegado el momento de regresar a la patria. Regresaron, y enseguida Jorge Luis dio en reclutar prosélitos argentinos para la causa de la nueva literatura:

"Con un pequeño grupo de escritores movilizados por sus ideas creó la revista mural Prisma, una especie de panfleto vanguardista que sus adeptos pegaban con entusiasmo en los muros de la ciudad, pero no llamó excesivamente la atención de los bonaerenses. A continuación, volvió a la carga con Proa (...) También escribió artículos y reseñas para el suplemento del diario La Prensa y revistas como Nosotros, Martín Fierro y Síntesis".[10]

No bien se le presentaba la ocasión, Borges se adentraba en los suburbios capitalinos, a ver a las gentes vivir sus vidas y contemplar jardines semejantes al que habitó gozoso cuando era un crío[11]. Tal peripatetismo dio por resultado Fervor de Buenos Aires (1923), donde "el joven vanguardista que había traído de Europa un sinfín de propuestas renovadoras manifestaba un acendrado argentinismo, escasamente elitista", anota Marcelo Pascual. Siguió en la misma onda con su segundo libro, también en verso: Luna de enfrente (1925), al que sucedieron tres volúmenes de ensayos: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928).

Del Borges vanguardista y más tarde terruñero pasamos, en la década de los 30, al Borges de la revista Sur[12], con su cosmopolitismo de altos vuelos; al Borges metafísico que especula sobre el tiempo y el espacio y lo infinito, la vida y la muerte y si hay destino para el hombre; al Borges que hace alardes de erudición y que ya pergeña sus celebérrimos textos trampa: comentarios exhaustivos, por ejemplo, de libros que no existen[13], o relatos que juntan y revuelven lo real con lo ficticio[14]. También se percibe una mudanza en materia de estilo[15], una labor de poda en las prosas y los metros, que pasan a ser más clásicos, más nítidos, más sencillos.

Fueron funestos los años finales de esta década para nuestro escritor: primero vino la muerte de la abuela Fanny; después, la del padre, precedida de una muy lenta y penosa agonía[16]. Borges se vio arrojado de una vez pero contundentemente al mundo de los adultos responsables. Tenía que hacer lo que todos hacían desde edades bastante más tempranas: trabajar, sacar adelante una familia. En esto tuvo suerte: gracias a su gran amigo, Adolfo Bioy Casares[17], consiguió emplearse como encargado de la pequeña y poco concurrida biblioteca pública Miguel Cané, por lo que pudo seguir haciendo lo que solía, pasarse los días entre libros, leyendo[18] y escribiendo.

La desgracia no se cernió tan sólo sobre los suyos: el día de Navidad de 1938 Borges subía las escaleras de su casa ensimismado en la lectura de un ejemplar de Las mil y una noches que acababa de adquirir; no advirtió que había una ventana abierta y se dio un fuerte golpe con el canto en la cabeza. Perdió el sentido. Ya en el hospital, la herida se infectó, y de resultas le acometieron unas fiebres muy altas. Se debatió durante un mes entre la vida y la muerte, y la torrentera de alucinaciones inducidas por la fiebre le llevaron a temer por su cordura.

Lo cierto fue lo opuesto: esos sueños de cuando estuvo enfermo le sirvieron para escribir páginas espléndidas; fantasiosas, sí, pero tramadas por su inconfundible mente de siempre, lúcida y penetrante. Son las páginas de 'Pierre Menard, autor de El Quijote' y de 'Tlön, Uqbar, Orbis Tertius'. Y Borges salió del trance afianzado en la idea que venía rumiando desde hacía tiempo: que la realidad empírica es tan ilusoria como el mundo de las ficciones, pero inferior a éste, y que sólo las invenciones pueden suministrarnos herramientas cognoscitivas confiables.

Con 'Tlön' y 'Pierre Menard', 'La biblioteca de Babel', 'La lotería de Babilonia' y otros textos breves compuso y dio a la imprenta en 1941 El jardín de los senderos que se bifurcan, tenido por muchos como el libro más ambicioso de nuestro autor y una de las obras cimeras de la narrativa fantástica del siglo XX. Borges iba cobrando notoriedad en el panorama cultural argentino; y en el político, por sus críticas sostenidas a todos los gobernantes que se instalaron en la Casa Rosada luego del derrocamiento, por espadones golpistas en septiembre de 1930, de don Hipólito Yrigoyen. Elevó el tono a principios de la década de los 40, ante la germanofilia galopante de buena parte de las autoridades. ¿Cómo reaccionaron éstas? Negándole el Premio Nacional de Literatura en 1942 por El jardín de los senderos que se bifurcan[19]. ¿Movieron ficha los borgianos? Desde luego: Sur publicó un número especial, un número homenaje que hizo las veces de acto de desagravio, en el que amigos y seguidores consignaron negro sobre blanco la admiración que sentían por él y denunciaron los tejemanejes tendenciosos de la Comisión Nacional de Cultura.

Pero lo peor estaba por llegar: la década ominosa de Juan Domingo Perón –el Innombrable, le decía Borges– al frente de la República Austral. Ambas figuras clave de la historia argentina se volcaron en gestos y manifestaciones que dejaron a las claras el odio cerval que se profesaban. Para empezar, el militarote intentó que el escritor cambiase su puesto en la biblioteca Miguel Cané por el de inspector de... pollos y conejos en un mercado de la calle Córdoba. Borges captó el nada sutil mensaje y renunció a su plaza de funcionario municipal. Viviría, pues, de lo que ingresara como director de Anales de Buenos Aires –una publicación que acababa de echar a andar– y como conferenciante, labor para la que jamás se habría considerado capacitado (dada su timidez para hablar en público, que le provocaba tartamudeos[20]) pero en la que no tardó en descollar, y que le proporcionó satisfacciones igualmente inesperadas[21].

A mediados de la década de los 40 Borges conoció a Estela Canto, una hermosa escritora que también publicaba en Sur y abominaba del peronismo con la misma intensidad que nuestro personaje. Se enamoró perdidamente de ella; hasta llegó a pedirle matrimonio[22], una noche de otoño de 1945. Obtuvo un no por respuesta, y el sucedáneo de romance que mantuvieron concluyó algunos meses más tarde. Esto ahora no nos importa; sí, que Borges dedicó a la Canto el cuento que da cuenta del lugar que es "todos los lugares del mundo": 'El Aleph'[23], publicado en la revista Sur en septiembre del referido 1945. Cuatro años más tarde aparecería el volumen homónimo de relatos.

La Revolución Libertadora acabó con el régimen peronista en 1955[24], y los nuevos barandas se apresuraron a invertir el trato que desde las altas instancias se dispensaba –o propinaba, para hablar con precisión– al escritor. Así, le nombraron profesor de Literatura en la Universidad de Buenos Aires y director de la Biblioteca Nacional; y le concedieron de inmediato el Premio Nacional de Literatura...

"Un gobierno le había despedido como bibliotecario y otro le devolvía a su puesto cuando estaba ya prácticamente ciego", comenta Arturo Marcelo Pascual. Y es que Borges no se libró de la tara hereditaria: para cuando asumió la dirección de la BN había visitado en ocho ocasiones el quirófano por desprendimientos de retina y cataratas. Terminante y sistemáticamente le prohibieron los médicos leer y escribir, pero siguió leyendo y escribiendo; y cuando ya no pudo leer y escribir... siguió leyendo y escribiendo, valiéndose para ello de numerosos y solícitos lazarillos[25].

¿Cómo se tomó Borges su condena irredimible a las tinieblas? Debió de ser un duro golpe, pero acertó a encajarlo ya con buen humor[26], ya con una de sus mejores composiciones poéticas; aquélla[27] que principia con estos versos:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche

En 1961 el Congreso Internacional de Editores decide otorgarle –ex aequo con Samuel Beckett– el prestigioso Premio Formentor. Si tuviéramos que señalar un acontecimiento inaugural en la difusión y reconocimiento de la obra borgiana en todo el mundo, escogeríamos éste, aunque ya en los años 50 había aparecido la versión inglesa (Labyrinths) y francesa (Fictions) de Ficciones. Curiosamente, Borges en los 60 se encontraba inmerso en una profunda crisis, tanto en el plano creativo[28] como en el emocional. Por fin había logrado casarse, pero su matrimonio fue un genuino tormento[29], y las musas parecían haberle abandonado, así como su presencia de ánimo:

"Descontento con su esposa e insatisfecho con su propio papel de marido, en 1968 cayó en una depresión y atravesó una crisis creativa de gran calado. Aun cuando todavía podía dictar algunos poemas, estaba convencido de que jamás lograría cultivar nuevamente la prosa. A su juicio, la extraordinaria obra que le había hecho célebre estaba concluida y a él sólo le quedaba tratar de mantenerse a la altura de su fama".[30]

Salió del bache, con la ayuda de Bioy y otros amigos y poniendo tierra de por medio entre él y su señora esposa. Mano de santo: en el mismo año en que dio la espantada[31] vio la luz El informe de Brodie, su primer volumen de relatos desde 1951[32]; en 1972 apareció El oro de los tigres, y El libro de arena en 1975[33]. Este par de títulos, que reúnen una veintena de cuentos (y algunos poemas), fungieron de brillante colofón[34] a la producción borgiana de ficción en prosa.

¿Quién volvió por sus fueros en 1972? El Innombrable, acompañado de su tercera mujer, Isabelita Martínez de Perón. Faltó tiempo para que Borges renunciara a la dirección de la Biblioteca Nacional y se dejara acometer por una especie de furor viajero que le tuvo recorriendo, junto a María Kodama[35] y en una suerte de exilio voluntario, el mundo de punta a cabo.

En el último tramo de su existencia Borges escribió versos[36] y ensayos, y artículos[37] para la prensa; dictó innumerables conferencias[38] y concedió otras tantas entrevistas; vio –entiéndasenos– cómo sus admiradores y detractores[39] aumentaban de forma exponencial; se distanció[40] de algunos buenos y viejos amigos; comprobó entre resignado y divertido que la Academia Sueca se negaba una y otra vez a distinguirle con el Premio Nobel de Literatura[41]; advirtió, finalmente, que la muerte se le echaba encima.

¿En cuál de mis ciudades moriré?
¿En Ginebra, donde recibí la revelación,
no de Calvino ciertamente, sino de Virgilio
y de Tácito?

Así empieza 'Qué será del caminante fatigado', uno de sus últimos poemas. Efectivamente, murió en Ginebra. Y no porque así lo dictara el azar, al socaire de la vida errabunda que por entonces llevaba, sino por decisión propia. Una decisión, dicho sea de paso, que tuvo mucho de selección por eliminación: pues estaba resuelto a no morir en Buenos Aires, y razones de fuerza mayor le llevaron a descartar el Japón[42], la alternativa que entre todas prefería.

"Desde Ginebra pidió a Bianciotti que le enviara libros raramente mencionados en sus escritos: las comedias de Molière, los poemas de Lamartine, las obras de Rémy de Gourmont. Entonces Bianciotti comprendió: eran los libros que (...) Borges había leído durante su adolescencia en Ginebra. El último libro que eligió fue Enrique de Ofterdingen, de Novalis, que la enfermera suiza le leyó durante la larga y penosa espera"[43].

Borges, Jorge Francisco Isidoro y demás, Georgie, falleció el 14 de junio de 1986, víctima de un cáncer de hígado.

Fue enterrado en el cementerio ginebrino de Plain-Palais.

Su epitafio dice, en antiguo anglosajón:

"... y no deberías temer".



[1] Para componer esta semblanza me he servido de El lector de Jorge Luis Borges, de Arturo Marcelo Pascual (Océano, Barcelona, 2000), una obrita amena especialmente recomendable para el público juvenil.
[2] Siempre estuvo la magna obra del Manco que no era tal, más bien lisiado, entre sus lecturas predilectas. En 1979 ganó el Premio Cervantes, y pronunció estas palabras en la hora de la recogida: "(...) me llega este premio, que lleva el nombre, el máximo nombre de Miguel de Cervantes, y recuerdo la primera vez que leí el Quijote, allá por los años 1908 ó 1907, y creo que sentí, aún entonces, el hecho de que, a pesar del título engañoso, el héroe no es Don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es (...)".
[3] Marcelo Pascual, op. cit., pág. 21.
[4] Marcelo Pascual, op. cit., pág. 24.
[5] "Esa novela, que tenía por héroes a una prostituta y a un asesino, me parecía mucho más pavorosa que la guerra que nos rodeaba" (recuerde el lector: la primera de las Mundiales).
[6] "Fui derrotado por el libro, como la mayor parte de las personas. Incluso la mayor parte de los alemanes".
[7] "El intenso universo panteísta de Hojas de hierba, obra que constituye un canto a la libertad, a la vida y al hombre moderno, reveló a Georgie un modo nuevo, audaz y sin ataduras, de ver el mundo y entender la naturaleza" (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 25).
[8] "(...) en la que publicaría su primer poema, una larga composición whitmaniana de cincuenta y ocho versos titulada Himno del mar" (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 26).
[9] Pronto se le pasaría el sarampión totalitario, y andando el tiempo Borges se convirtió en un notorio y enérgico anticomunista. Por lo que hace a Ritmos rojos, no llegó finalmente a publicarse.
[10] (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 29).
[11] La casa estaba ahora en la calle Bulnes, no en los arrabales sino cercana al centro.
[12] Esta publicación, fundada en 1931 por Victoria Ocampo, "reflejaba los gustos europeos y el espíritu internacional de su creadora, y llegó a ser un hito en la cultura del país". La Ocampo "siempre encargaba a Borges desarrollar temas que le obligaban a abandonar su papel de poeta argentino y, en cierto modo, provinciano. En esta conversión influyó también su fructífera amistad con Adolfo Bioy Casares, quien mantenía relaciones con Silvina Ocampo, hermana de Victoria (...) Junto a estos amigos, Borges fue perdiendo su fascinación por los arrabales y el lunfardo, y su imaginación comenzó a transitar por las sendas de la metafísica y la paradoja" (Marcelo Pascual, op. cit., págs. 33-34).
[13] ‘El acercamiento a Almotásim’, "reseña de un libro imaginario, del que se ofrecen curiosos detalles y sesudos comentarios", es "la primera pieza de erudición fraudulenta de Borges" (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 35). Forma parte de su obra Historia de la eternidad (1936).
[14] Según el propio Borges, Historia universal de la infamia (1935) no es sino el "irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y se distrajo en falsear y tergiversar ajenas historias".
[15] El estilo de Borges pasó de los excesos barrocos y esteticistas de sus comienzos a la prosa sobria y mesurada de sus mejores obras: "Por timidez, creía que si hablaba sencillamente la gente creería que no sabía escribir. Sentía la necesidad de demostrar que conocía muchas palabras raras y que podía combinarlas de un modo sorprendente".
[16] "Durante los últimos meses –ciego y enfermo del corazón– había permanecido mirando al vacío en el silencio de la casa familiar. Su muerte [en febrero del 38] fue en cierto modo una liberación, pero Borges tardó en sobreponerse a la desaparición de aquel hombre al que adoraba y que le había iniciado en el mundo de los libros" (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 36).
[17] Qué gran escritor, injustamente preterido tantas veces por ser amigo de quien fue; incluso cuando lo agasajaban: "(...) en una comida de la Cámara del Libro, poco después de la muerte de Borges, me sorprendió el trato que se me daba. De modo prácticamente unánime, como si todo interlocutor respondiera a una consigna, me vi –en sentido figurado, no se alarme el querido lector– sacado de la tropa, mi sector habitual, y ascendido a una cumbre solitaria. Se me ocurrió que la gente era ingenuamente monárquica; muerto el rey, ponían en su lugar al heredero que se les antojaba más adecuado. No por méritos, por razones sentimentales y casi hereditarias. Yo era el amigo más próximo a Borges, sin duda el escritor más próximo a Borges" (A. Bioy Casares, Descanso de caminantes, pág. 485. Sudamericana, Buenos Aires, 2001). Bioy y Borges escribieron en comandita media docena de obras: Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), Dos fantasías memorables (1946), Un modelo para la muerte (1946), Los orilleros. El paraíso de los creyentes (1955; guiones de cine), Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).
[18] A partir de entonces también en italiano: lo aprendió a bordo de los tranvías de la línea 7, en los viajes de ida y vuelta a la Miguel Cané, por medio de una edición bilingüe de la Divina Comedia del Dante (v. Alberto Manguel, En el bosque del espejo, Alianza, Madrid, 2001, pág. 62).
[19] En 1944 se le añadieron nuevos escritos y pasó a denominarse Ficciones. Una de las novedades era 'Funes el memorioso', la historia de un tipo incapacitado para olvidar nada: "Ese cuento es una metáfora del insomnio. Lo escribí recreando unas terribles temporadas de insomnio en que por las noches, para buscar el sueño, me agotaba ejercitando la memoria en las más increíbles cosas. El protagonista del cuento es un compadrito, pero el nombre se lo di por Dean Funes, un antepasado mío que, según Sarmiento, murió aspirando el olor de una rosa, dato que no me consta, pero que en todo caso puede ser cierto durante este corto diálogo nuestro, lo que justificaría la grata invención de Sarmiento. Yo saludo a mis muertos utilizando sus nombres en las ficciones" (Declaraciones de Borges a Carlos Alberto Montaner, en De la literatura considerada como una forma de urticaria, pág. 161. Playor, Madrid, 1980. El libro, brillante y polémico como todos los del escritor cubano afincado en España, no hay quien lo encuentre a estas alturas en las librerías, pero está disponible, gratis y en formato PDF, en la página web del autor: www.firmaspress.com).
[20] Borges acabó ejercitándose en el arte de la trabazón oral, como podemos comprobar en esta jugosa anécdota que refiere Alberto Manguel en su delicioso En el bosque del espejo (pág. 61): "Una vez tuve ocasión de comprobar la eficacia con que Borges usaba el temblor de su voz. Una periodista le había preguntado qué admiraba más del general San Martín, nuestro héroe nacional. Muy despacio, Borges respondió: – Los bustos de bronce... que adornan los lugares públicos... los patios de las escuelas... y las plazas; el nombre... infatigablemente repetido... en las marchas militares...; la cara... impresa en los billetes de diez pesos... –Hubo una larga pausa durante la cual la periodista no salía de su perplejidad. Pero cuando ya le iba a pedir que explicara la curiosa elección, Borges continuó–: ... me han distanciado de la verdadera imagen del héroe".
[21] Una tercera fuente de recursos fueron las traducciones: a lo largo de su vida Borges vertió al castellano obras de autores como Whitman, Chesterton, Kafka, Melville, Michaux, Stevenson, Kipling, Poe o Saki. ¡Y a fe que fue precoz en tal labor! Con sólo diez años logró que un diario bonaerense le publicara su versión de El príncipe feliz, de Oscar Wilde.
[22] "(...) Estela y él pasearon por las calles oscuras [de Androgué, en las afueras de Buenos Aires] y Borges recitó en italiano los versos en donde Beatriz le ruega a Virgilio que acompañe a Dante en el viaje por el Infierno (...) Recordando estos versos, Estela me contó que Borges se había reído de la aduladora habilidad que había empleado Beatriz para obtener lo que quería. –Después se volvió hacia mí –dijo [Estela]–, aunque bajo la luz brumosa de un farol apenas podía distinguirme, y me preguntó si quería casarme con él. Medio divertida, medio seria, ella le había respondido: 'Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos'. Y para mí, por encima de la mesa, añadió: –Yo sabía que no iba a atreverse". (Manguel, op. cit., pág. 66). Leído lo leído, sospechamos que Estela Canto además de bella era un tanto arpía, pues hurgó con premeditación en la llaga de su enamorado: "A los 45 años, Borges carecía de experiencia amorosa. Su educación victoriana, una madre posesiva y unas ideas conservadoras respecto al papel de la mujer, además de su invencible timidez, le habían impedido ir más allá del flirteo intrascendente. En lo referente al sexo, al parecer había perdido la virginidad a los 18 años en un burdel de Ginebra, pero aquel único contacto constituía un recuerdo desagradable. Desde entonces sentía temor ante el abandono físico que suponía el orgasmo, y percibía el propio cuerpo como un elemento extraño a su auténtica identidad. 'Me desvisto y (por un instante) soy esa bestia vergonzosa, furtiva, inhumana y, en cierto modo, alienada de sí misma que es un ser desnudo', había escrito en 1920" (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 41).
[23] Dos fuentes tempranas del Aleph podrían ser: 1) La visión de San Benito de Nursia, quien poco antes de morir (c. 547) alzó los ojos mientras estaba orando y vio que en la oscuridad, al otro lado de la ventana, "el mundo todo parecía reunido en un rayo de sol y así era presentado a sus ojos" (T. F. Lindsay, St. Benedict, His Life and Work, Londres, 1949); 2) en un relato del rabí Nachman de Bratislava (fines del siglo XVIII) se habla de un mapa que muestra "el mundo en todos los tiempos: y cualquier cosa que haya pasado se representa allí para ser leído, los destinos de los países, ciudades y hombres y todos los senderos de este mundo y los ocultos senderos de los mundos lejanos. Allí está cada cosa como era en la hora en que el mundo fue creado, como ha sido desde entonces y como es hoy" (Martin Buber, The Tales of Rabbi Nachman, Nueva York: Avon Books, 1970; citado en Manguel, op. cit., pág. 65).
[24] "El escritor estaba dispuesto a aplaudir cualquier régimen que sustituyese al 'innombrable', y a partir de entonces ignoró el hecho de que su país se encontraba de nuevo bajo un férreo control militar (...) Borges había decidido no volver a interesarse por la política después de la amarga experiencia del peronismo" (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 44).
[25] Su madre, sus sucesivas secretarias, sus amigos o gentes que le inspiraran confianza. Entre ellos se contó el joven Alberto Manguel, al que conoció en 1965, cuando éste se ganaba unos pesos como dependiente de la librería angloalemana Pygmalion: "Cierta tarde entró en la librería Jorge Luis Borges, acompañado por su madre, de ochenta y ocho años (...) Borges buscaba libros que le ayudaran a estudiar anglosajón, su pasión del momento (...); y cuando ya se disponía a marcharse, me preguntó si estaba ocupado por las noches, ya que necesitaba (lo explicó excusándose mucho) alguien que le leyera, puesto que su madre se cansaba enseguida. Le dije que estaba libre [...] En un cuento de Evelyn Waugh, un caballero inglés, rescatado por otro individuo en las profundidades de la selva amazónica, se ve forzado a leerle a Dickens durante el resto de su vida. Nunca tuve la sensación de limitarme a cumplir un deber cuando leía para Borges; se parecía, más bien, a la experiencia de un feliz cautiverio. Más que los textos que Borges me hacía descubrir (muchos de los cuales se convirtieron a la larga en mis preferidos), me subyugaban sus comentarios, que eran enormemente eruditos pero discretos, muy divertidos, a veces crueles y casi siempre indispensables. Yo tenía la sensación de ser el propietario de una edición cuidadosamente anotada, y preparada exclusivamente para mi uso. Eso, por supuesto, no era cierto; yo era sencillamente (al igual que otros muchos) el cuaderno de notas de Borges, un aide-mémoire que el hombre ciego necesitaba para recopilar sus ideas. Y yo estaba totalmente dispuesto a ser utilizado (Manguel, op. cit., págs. 35 y 38). Esto, por lo que hace a la lectura. Pero ¿cómo escribía?: "María Esther Vázquez, autora de diversas biografías sobre Borges, dejó un testimonio excelente de su insólito modo de trabajar. Dictaba cinco o seis palabras, las primeras de una prosa o el primer verso de un poema, y después se las hacía leer. El índice de la mano derecha seguía la lectura sobre el dorso de la mano izquierda como si recorriera una página invisible. La frase se releía muchas veces hasta que encontraba la continuación y dictaba otras cinco o seis palabras. Después pedía que le leyeran todo lo escrito, incluyendo los signos de puntuación (...) Después de dos o tres horas de trabajo se lograba media carilla que ya no necesitaba correcciones. Pero a veces pasaba, cuando se trataba de notas críticas o de prólogos, que decía antes de empezar: 'Vamos a escribir de cualquier modo y luego corregimos'. Pero ya había pensado y repensado la forma que daría a los tres o cuatro conceptos que iba a expresar (...)" (Declaraciones de la profesora Ana María Gargatagli a Marcelo Pascual. Op. cit., pág. 152).
[26] "Tengo una espléndida vista en sueños. Y muchas veces me equivoco. Estoy leyendo en el sueño, y pienso: Caramba, he recuperado la vista".
[27] El 'Poema de los dones', incluido en El Hacedor (1960).
[28] Pasaron cinco años entre El hacedor (1960) y Para las seis cuerdas, un librito de letras para tangos y milongas; y otros cuatro hasta que vieron la luz Elogio de la sombra y El otro, el mismo, un par de poemarios.
[29] Borges desposó en 1967 a Elsa Astete de Millán, un antiguo amor que lo había rechazado cuando ambos eran jóvenes y que de nuevo se dejó querer al poco de quedarse viuda. Doña Leonor, la madre omnipresente y todoprotectora de Borges, dio el visto bueno al casorio, confiada en que la novia pudiera sustituirla cuando ella, ya muy anciana, muriera o no pudiera dar más de sí. La Astete resultó ser una joya: "Celosa de cualquier afecto de Borges, Elsa le prohibía visitar a doña Leonor, a la que nunca invitaba a su casa. No compartía ninguno de los intereses literarios de Borges. Leía muy poco. Por la mañana a Borges le gustaba contar sus sueños, con las tostadas y el café; Elsa no soñaba, o decía que no soñaba, cosa que a Borges se le hacía inconcebible. En cambio le preocupaban los honores que la fama había acarreado a su marido, y que él tan obviamente despreciaba. En Harvard, adonde habían invitado a Borges a dar una conferencia, insistió en que le pagaran más y le dieran un alojamiento más lujoso. Una noche un profesor se encontró a Borges fuera de la residencia, en pantuflas y pijama. 'Mi mujer me echó de la pieza', explicó, profundamente embarazado. El profesor lo alojó por esa noche y a la mañana siguiente se enfrentó con Elsa. 'A usted no le toca verlo debajo de las sábanas', le respondió ella. Otra vez, mientras yo lo visitaba en el apartamento de ambos en Buenos Aires, Borges esperó a que Elsa saliera de la casa y en un susurro me preguntó: 'Dígame,¿Beppo está acá?' Beppo era el gran gato blanco de Borges. Le dije que sí, que estaba ronroneando en uno de los sillones. 'Gracias a Dios', dijo Borges (...) 'Ella me dijo que se había escapado. Pero yo lo oía y llegué a pensar que me estaba volviendo loco'. (Manguel, op. cit., pág. 67).
[30] (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 50).
[31] "Borges huyó de Elsa en una operación poco gloriosa. Como en Argentina no existía el divorcio, el único recurso era la separación legal. El 7 de julio de 1970 el traductor norteamericano de Borges, Normas Thomas di Giovanni, lo recogió en un taxi en la Biblioteca Nacional (...) y secretamente lo acompañó hasta el aeropuerto, en donde tomaron un avión hasta Córdoba. Mientras, con instrucciones del fugitivo, guiado por Di Giovanni, un abogado y tres hombres de una empresa de mudanza tocaron el timbre del apartamento de Elsa con una orden legal para llevarse los libros de Borges. El matrimonio había durado poco menos de cuatro años" (Manguel, op. cit., pág. 68).
[32] Año de publicación de La muerte y la brújula.
[33] En este año murió la madre, doña Leonor, a la que algunos hasta fechas bien tardías sospecharon incombustible. Sus razones tenían. Al habla Bioy Casares: "A los noventa y seis años me dijo: 'No estoy tan bien como decís. Ahora sé lo que siente la gente cuando dice que está cansada. Antes yo me preguntaba ¿qué sentirá?'" (Memorias, pág. 171).
[34] Aún publicaría Borges otros tres tomos con narraciones cortas: Rosa y Azul (1977), 25 de agosto de 1983 y otros cuentos; y, con Bioy Casares, Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).
[35] "Mitad argentina y mitad japonesa, (...) tenía cuarenta y cinco años menos que Borges, al que había conocido en 1958, cuando sólo era una niña. Desde entonces (...) se veían regularmente, ya que en la década de 1960 Kodama había pertenecido al grupo con el que Borges estudiaba el antiguo anglosajón, y después había compartido con el escritor su fascinación por el antiguo escandinavo (...) Silenciosa y enigmática, (...) llenó los últimos años de la vida de Borges y se convirtió en los ojos a través de los cuales podía admirar las maravillas de los países que visitaba. Borges siempre tuvo para María palabras elogiosas: 'Es la síntesis de la cortesía oriental. Estoy enamorado de ella y pienso seguirla hasta el fin del mundo. Sus cualidades son la inteligencia, la intuición y el don de la literatura'". (Marcelo Pascual, op. cit., pág. 53).
[36] Los últimos poemarios que dio a la imprenta fueron La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976), Historia de la noche (1980), La cifra (1981) y Los conjurados (1985).
[37] Como los publicados por la editorial Tusquets, bajo el título de Textos cautivos, en el mismo año de su muerte.
[38] Varias de ellas fueron recopiladas en Borges Oral (Emecé, 1979) y Siete noches (Fondo de Cultura Económica, 1980).
[39] "Por muchos años Borges ha sido centro de una feroz polémica. La izquierda no le perdona que no sea antiyanqui, ni antijudío, ni que no condene las dictaduras comunistas. La derecha, especialmente la de su país, le censura su firme oposición al fascismo de los peronistas" (Montaner, op. cit., pág. 159).
[40] Atendamos a dos anotaciones del jugosísimo dietario de Bioy Casares (Descanso de caminantes, págs. 398 y 419). La primera está fechada el mismo día de la muerte de Borges, y dice así: "De Borges pudo decirse: Vivió y murió entre gente con la que no se entendía. Como todo el mundo. Particularmente, sus últimos años me hacen pensar esto". La segunda es del 7 de diciembre del mismo año:"Para mí, el mundo no es el mismo después de la muerte de Borges. Claro que ya no era lo mismo. Cuestiones de mujeres que realmente no nos incumbían, nos alejaron. No tanto, Dios mío, como la muerte". Ahora, volvamos a El bosque en el espejo de Alberto Manguel; a la página 71: "Ahora, a los ochenta años y con María [Kodama] al mando de todo, Borges ya no cenaba en casa de los Bioy ni se encontraba con muchos de sus antiguos conocidos: de esto se la hacía responsable a ella, no a la volubilidad de él. Nadie recordaba que a lo largo de los años, en infantiles virajes de afecto, Borges había borrado nombres de ciertas dedicatorias para cambiarlos por otros; las nuevas tachaduras se atribuían a María [...] Pero había quienes –por ejemplo el editor de Borges en Gallimard, Héctor Bianciotti, y la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez– veían a María Kodama como una compañera devota y vigilante".
[41] "He contraído el hábito anual de esperar y no alcanzar el premio Nobel. Es uno de los pocos placeres que me quedan en la vejez" (citado en Marcelo Pascual, op. cit., pág. 54). Otros, como Carlos Alberto Montaner, se lo tomaban con menos calma y retranca que el viejo Borges: "Morirá sin el premio, injusticia de la cual no podrá recobrarse la docta, rubia y remota institución [la Academia Sueca]. Si algún día se crea el Nobel a la obstinada estupidez, lo más probable es que el famoso organismo se lo dé a sí mismo. Nadie dirá que hubo trampas" (Op. cit., pág. 78).
[42]"Me estoy muriendo de cáncer de hígado y me gustaría terminar mis días en Japón. Pero no hablo japonés, o apenas hablo unas palabras, y me gustaría pasarme las últimas horas conversando" (Borges a Héctor Bianciotti; en Manguel, op. cit., pág. 71).
[43] Manguel, op. cit., págs. 71-72.

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