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¿Qué ocurrirá tras la muerte de Fidel Castro? Conversación en los funerales del Comandante

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El diálogo que sigue pudiera ocurrir en el velorio del Comandante. Incluso es muy probable que ocurra, pero no entre dos interlocutores, sino entre muchos, en voz muy baja y de manera fragmentaria. Mientras lloran, se abrazan y expresan signos de consternación -muy importantes para sobrevivir políticamente en un momento tan dramático-, y mientras manifiestan la inquebrantable lealtad a los ideales y enseñanzas del caudillo desaparecido, la conversación se desviará por otros vericuetos más comprometedores e interesantes. Unos dirigentes, muy discretamente, hablarán de Raúl, de los chinos y de los venezolanos. Otros centrarán sus observaciones en Estados Unidos y en los problemas que afronta el socialismo real, o en las necesidades de cambio económico y político, o en el camino de incertidumbre que se abre ante el país. Todos, llenos de ansiedad, serán conscientes de que en Cuba se inicia una nueva etapa y querrán adivinar lo que les deparará el futuro.

El heredero

¿Sobre qué bases reales se asienta el poder del general Raúl Castro?

Raúl, en gran medida, tiene el control del aparato policíaco-militar y del Partido Comunista. Durante muchos años ha ido colocando a personas de su entorno en puestos de importancia. Sin embargo, su peso en la Asamblea Nacional del Poder Popular, en los sindicatos, en el aparato cultural y en las otras organizaciones de masas es considerablemente inferior.

¿Es indiscutible su liderazgo?

No. Raúl fue designado por su hermano como heredero, y nadie le niega "méritos revolucionarios" -su destacada participación en la ya remota lucha contra Batista-, ni ciertas dotes como organizador, o su carácter de buen padre de familia, dato desconcertante que carece de importancia cuando recordamos que Adolfo Hitler era una persona cariñosa con sus allegados, pero la percepción general es que es una persona mediocre y sin ideas, aunque menos caótico que su hermano. Raúl, no obstante, es un ser humano con cierto balance emocional que le permite conjugar la dureza contra sus enemigos con una dosis afectiva genuina por sus allegados, sin ese detestable narcisismo que caracteriza al Máximo Líder. Naturalmente, no posee la fuerte personalidad ni el carisma de Fidel. Además, a lo largo de casi medio siglo se ha granjeado la antipatía y el rencor de muchos de los miembros del aparato que fueron marginados de la cúpula en medio de las luchas burocráticas. Nadie le discutía a Fidel el liderazgo político del país, o el derecho a castigar o premiar a quien deseara sin dar explicaciones, pero hay numerosos dirigentes que creen tener más méritos y talento que Raúl, y que no aceptan sus decisiones sin que antes o después tenga que justificarlas. Esa es la diferencia entre un caudillo indiscutible y un mero jefe.

¿Quiénes, por ejemplo, cuestionan el liderazgo de Raúl?

Potencialmente, muchísimas personas. En las Fuerzas Armadas, todos los oficiales que pasaron por las buenas academias soviéticas y luego se foguearon en Angola y Etiopía. Para éstos, Raúl es un militar improvisado. Los tecnócratas como José Luis Rodríguez, Francisco Soberón o Abraham Macique podían aceptar las imposiciones de Fidel en el terreno económico, porque Fidel era un sabelotodo, aunque a ciencia cierta no fuera más que un diletante temerario afectado por una irreprimible tendencia a experimentar, pero a Raúl no lo respetan en ese terreno. Lo mismo le sucede en los asuntos diplomáticos en su relación con Ricardo Alarcón o en los culturales desde la perspectiva de Abel Prieto, Roberto Fernández Retamar o Eusebio Leal. Nadie en la cúpula se subordina intelectual y emocionalmente a Raúl Castro como lo hacían con Fidel. Esa diferencia no es irrelevante.

¿Interviene en este fenómeno el factor psicológico?

Por supuesto. Ese aspecto es vital. Fidel Castro ha impuesto su sello personal al Gobierno cubano hasta extremos increíbles. Las instituciones no han servido para nada durante su prolongado mandato. Jamás ha habido una administración colegiada, pero toda

la clase dirigente ha aceptado esa situación sin protestar porque se trataba de Fidel. Un hombre como Carlos Lage, que es un administrador laborioso, austero, razonablemente eficiente (aunque sin destellos de genialidad) en medio del desastre general del país, ha vivido y aceptado durante veinte años la arbitraria jefatura de Fidel por el carácter excepcional del Comandante, pero la de Raúl la tomaría, como dice la frase latina, "con un grano de sal".

A Fidel le suponían genialidad, inteligencia, memoria, formación e información cultural, y le atribuían la proeza de haber descabezado la dictadura de Batista y sobrevivido a la hostilidad norteamericana, aun tras la desaparición de la URSS, pero Raúl es otra cosa. Otra cosa menor concebida a una escala humana. A Raúl no le reconocen ningún síntoma de grandeza. Ni siquiera los hombres de confianza de Raúl -Abelardo Colomé Ibarra, José Ramón Machado Ventura, Jaime Crombet, Julio Casas Regueiro- acatan su jerarquía como consecuencia de la (limitada) admiración que les despierta, sino como resultado de un sistema de amistad personal y apoyos mutuos basados en la conveniencia recíproca.

¿Y qué sucede con los jóvenes talibanes?

Ese es un liderazgo muy débil fundado en la selección arbitraria de Fidel, dado que muchos de ellos provenían del llamado Grupo de Apoyo al Comandante. Desaparecido Fidel, el peso de estos jóvenes, más allá de que tengan o no talento, se desvanece, y deben establecer una trama de alianzas para sobrevivir políticamente. Felipe Pérez Roque, Otto Rivera, Hassan Pérez, Juan Contino Aslan, Carlos Manuel Valecianga, apenas tienen anclaje en las instituciones y, desde luego, significan muy poco para la opinión pública. Es una situación parecida a la de Randy Alonso, Lázaro Barredo, Reinaldo Taladrid y Rogelio Polanco, los usuales contertulios de Castro en la Mesa Redonda: son estrellas mediáticas coyunturales sin peso específico propio ni leyenda personal acreditada, aunque algunos procedan del Ministerio del Interior, como sucede con Taladrid y Barredo.

Pero quedan los viejos comandantes...

Todos con setenta y cinco años, ancianos y achacosos, atados a la antigua leyenda de la Sierra Maestra. Ni Juan Almeida, ni Ramiro Valdés ni Guillermo García hicieron aportes significativos a la labor de gobierno a lo largo de medio siglo. A ninguno de ellos se le tiene por especialmente talentoso. Ramiro, por otra parte, que fue ministro del Interior durante mucho tiempo, es percibido como un represor, como el Beria cubano, y ése es un papel escasamente atrayente. Los tres, además, sotto voce son acusados por sus compañeros de haber vivido como millonarios en un país en el que las limitaciones materiales a veces afectaban a la propia clase dirigente. En un Gobierno que ha predicado la austeridad y el igualitarismo hasta la exasperación, y en el que la pobreza y la escasez son la tónica reinante, molestaban las casas suntuosas, los yates de recreo y el uso de los recursos de la nación para complacer a las ex esposas o ex compañeras sentimentales de estos personajes.

Tres sofismas y una verdad oculta

En definitiva, ¿qué mantiene unida a la clase dirigente?

El discurso oficial establece tres sofismas que se repiten hasta la fatiga, con el objeto de crear una suerte de legitimidad moral a la dictadura, pero en los que ninguna persona sensata parece creer seriamente:

  • Que las Fuerzas Armadas y, en general, los revolucionarios o simpatizantes del sistema son los continuadores de la lucha de los mambises del siglo XIX, quienes supuestamente fueron traicionados por los políticos de la corrupta "república mediatizada".
  • Que si los revolucionarios se "dividen", Estados Unidos, junto a los cipayos exiliados en Miami, unos despreciables anexionistas, establecerían en la Isla una colonia de los yanquis vendida a los intereses capitalistas.
  • Que el fin de la revolución significaría el fin de las llamadas "conquistas revolucionarias": la educación, la salud y ese cierto grado de igualdad racial que hoy existe en la sociedad cubana. Simultáneamente, una nube de codiciosos exiliados dominados por los deseos de venganza descendería sobre la indefensa sociedad cubana para apoderarse de las viviendas y recuperar los bienes confiscados tras el triunfo de la revolución, convirtiendo a los cubanos de la Isla en verdaderos cautivos de extranjeros y desterrados.

De acuerdo con estas falsas premisas, se monta una especie de silogismo: la revolución, la patria, la nación y el partido comunista forman parte de una misma ecuación (en la que antes, por cierto, incluían al propio Fidel). Si el Gobierno comunista (la revolución) desaparece, también desaparecen la patria y la nación, fagocitadas por la maldad de unos enemigos siniestros que esclavizarían al pueblo, empobreciéndolo en el plano material hasta niveles haitianos.

Pero ¿hay algo de verdad en estos planteamientos?

Ni una pizca. Ésas son sólo las coartadas para mantenerse en el poder. Es una obscenidad intelectual plantear que los revolucionarios de hoy, unos señores que invocan el marxismo-leninismo como fuente de autoridad ideológica y el Estado soviético como modelo de organización, son los continuadores de la lucha de José Martí y los mambises. Aquellos cubanos, como no podía ser de otra manera, eran unos liberales del siglo XIX -en el sentido que se le daba a esa palabra en aquellos tiempos- que aspiraban a crear una república clásica, democrática y con respeto por la propiedad privada y que nada tenían que ver con los experimentos totalitarios puestos en marcha en la Rusia de 1917.

Estados Unidos, a principios del siglo XXI, no tiene el menor interés en anexionarse Cuba. Por el contrario, su principal objetivo es que en la Isla se establezca un sistema democrático y próspero para que los cubanos no emigren clandestinamente a territorio norteamericano. Tampoco es relevante la cuestión económica. Para una economía como la norteamericana, que se acerca a los 13 billones de dólares, el paupérrimo mercado cubano carece totalmente de importancia. Por el contrario, Estados Unidos, que cuenta en su seno con una notable minoría cubano-americana, a la que debe tener en cuenta, volcaría todo su peso económico sobre la Isla, e invitaría a Europa y a Japón a que hicieran lo mismo, con el objeto de mejorar intensa y rápidamente la calidad de vida de los cubanos y así evitar una crisis migratoria.

Los cubanos exiliados, según las encuestas más solventes, no van a regresar masivamente a residir en Cuba (si las condiciones son favorables, lo hará un 10%), ni van a desalojar a nadie de unas casas miserables que se están cayendo a pedazos por culpa de la incuria socialista. Los exiliados cubanos, no obstante, si hay garantías jurídicas, sí acudirán masivamente como turistas e inversionistas, y se convertirán en una fuente de desarrollo y prosperidad para beneficio de todos, poniendo fin a una hostilidad artificialmente alimentada por el Gobierno. Eso es lo que reflejan todas las encuestas y focus group que se realizan. El sur de la Florida y, en general, los sitios donde se concentran los exiliados se convertirán en motores económicos que impulsarán enérgicamente la reconstrucción y el desarrollo de la Isla. En cierto modo, la diáspora sería la provincia más rica de Cuba, y la que más contribuiría a la prosperidad de los cubanos.

Si esto es así, ¿hay alguna razón oculta que explique el inmovilismo de la clase dirigente cubana?

Por supuesto: la clase dirigente cubana teme perder el poder y, con éste, los privilegios que comporta. La nomenclatura es víctima de la natural incertidumbre que les provoca el riesgo de ver reducida su importancia social y laboral. Quienes pueden tomar decisiones temen por la suerte de sus hijos y el destino de la familia. Sienten miedo al cambio, y el miedo, a veces, es un fuerte cohesivo, pero un pésimo consejero.

Las razones del cambio

¿Y qué sucede con las convicciones ideológicas?

Parece que son muy débiles. El testimonio confidencial de hijos y parientes de numerosos dirigentes no deja lugar a dudas: en la intimidad de las casas se reniega del sistema y se admite el total desastre en que vive el país. El derrumbe del socialismo real y el cambio de signo del modelo chino, sumados a la experiencia de casi cincuenta años de colectivismo en suelo cubano, han convencido a la clase dirigente de que ese sistema no es capaz de generar riqueza y bienestar para el pueblo. Los dirigentes tendrían que estar ciegos para no darse cuenta de que el comunismo es tremenda e irremediablemente ineficiente: lo ha sido en todas las latitudes y culturas donde lo han entronizado. Y aun si ellos estuvieran ciegos, sus familiares, especialmente sus hijos y nietos, se encargan de recordarles que están defendiendo un grave error intelectual que genera terribles consecuencias morales y materiales para el conjunto de la sociedad.

¿Y por qué mantienen el sistema si no creen en él? ¿Por qué no intentan cambiarlo?

Esencialmente, por tres motivos. Primero, porque el colectivismo era una caprichosa imposición de Fidel Castro y nadie se atrevía a contradecir al Comandante en Jefe. Fidel, como los reyes antiguos, ha sido el dueño del país durante medio siglo, y ha impuesto a los cubanos sus convicciones más o menos como en el pasado la religión del monarca era la que debían aceptar sus súbditos. Sin embargo, al menos desde los años 70, siempre ha habido reformistas lúcidos que han intentado alejarse del comunismo o atenuar sus peores consecuencias, pero Fidel, invariablemente, los ha liquidado.

Segundo, porque los privilegios y el ejercicio de la autoridad están muy ligados a la existencia de esa rígida burocracia en que se entremezclan el Partido Comunista y la Administración del Estado. En la estructura gubernamental soviética, que es la impuesta por Fidel Castro a los cubanos, coexisten y se solapan dos burocracias paralelas, el Partido y el aparato administrativo de gobierno. El fin del sistema significa que el Partido perdería su control sobre el Gobierno. Por otra parte, desmontar el colectivismo es dar poder a la sociedad civil y a individuos que no necesariamente responden a la nomenclatura. Eso aterroriza a una parte de la clase dirigente.

Tercero, porque la presión efectiva en dirección a los cambios se circunscribe a la postura de Estados Unidos y (en menor medida) la Unión Europea, a lo que se agregan las acciones de los demócratas cubanos de la oposición interna y externa. Hasta ahora, estos factores no han sido suficientes para impulsar las transformaciones.

Pero ¿desea o no los cambios el pueblo?

Los desea, pero "el pueblo" no tiene cauces de expresión en las sociedades totalitarias. En el modelo político cubano, calcado de la Unión Soviética, las instituciones son establos en los que se encierra a la sociedad para transmitirle los deseos e instrucciones de la clase dirigente. Ni el Parlamento, ni los sindicatos ni las organizaciones juveniles oficiales dan cabida a puntos de vista que no respondan a la línea oficial decidida por la cúpula.

Cuando alguien protesta dentro de las instituciones, lo amonestan, lo separan del cargo o lo marginan totalmente. Si lleva la protesta a las calles, le lanzan las turbas mediante pogromos o "actos de repudio", o, simplemente, lo encarcelan. El cacareado centralismo democrático que se practica en el Partido Comunista, pese a la retórica de la participación de las masas en el proceso de toma de decisiones, no es otra cosa que un ritual vacío para imponer la voluntad de la jerarquía instalada en los órganos superiores de gobierno y, en última instancia, de quien esté a la cabeza.

Si el pueblo tiene poca capacidad para demandar cambios, y si Estados Unidos, la Unión Europea y los demócratas de la oposición interna y externa tienen una limitada capacidad para demandar cambios, ¿cómo y por qué van a llegar esos cambios?

Van a llegar por varias razones, que podemos deducir de la experiencia:

  • Porque la sociedad cubana posee una centenaria tradición de modernidad, y eso no se ha evaporado con el comunismo. Carece de sentido suponer que los cubanos van a estar permanentemente sujetos a un arcaico sistema de gobierno que ha desaparecido en todas partes del mundo como consecuencia de su ineficiencia. Hoy parece difícil que en Cuba se produzcan cambios, pero más extraño sería que no se produjeran. No puede olvidarse que las naciones evolucionan en grupo siguiendo corrientes históricas: estamos en una era en la que la democracia y las libertades económicas se imponen en todas partes. Cuba no puede ser la excepción a esta tendencia de forma permanente.
  • Porque hay dos factores psicológicos que están presentes en todos los procesos de cambio, y en Cuba son fácilmente observables: de una parte, es obvio que existe un profundo desencanto e indiferencia con la revolución en el seno de la sociedad cubana. Por la otra, los dirigentes ya no se perciben como los protagonistas de una hazaña histórica positiva, sino como los agentes de un sistema torpe y cruel que ha demostrado una total incapacidad para mejorar las condiciones de vida del pueblo. A ninguna persona mentalmente sana le resulta gratificante formar parte de un grupo repudiado por la sociedad y criticado en el seno de la familia.
  • Porque entre esos cubanos de la clase dirigente tiene que haber un notable porcentaje que desea que mejoren los estándares de vida de la sociedad, que está cansado de fingir devociones que no siente y de defender posiciones que le parecen equivocadas. Si en la nomenclatura de todos los países comunistas de Europa Central existían estos reformistas dispuestos a impulsar los cambios y a abandonar los errores, ¿por qué en Cuba va a suceder de otro modo? El argumento de que en Cuba persiste el comunismo por la supuesta amenaza norteamericana no es más que un pretexto sin fundamentos.
  • Porque en los últimos cuarenta años, desde el posfranquismo español, comenzado a fines de 1975, hasta el desmantelamiento de las dictaduras comunistas de Europa Central, los cubanos del poder y de la oposición han podido comprobar en veinte países que es posible una evolución política pacífica, sin revanchas ni atropellos, que ponga fin a un sistema agotado y dé paso a una nueva etapa, en la que casi todos salen ganando. Para cambiar el signo político del país no es necesaria una revolución violenta, ni la humillación de quienes salgan derrotados en la confrontación, sino una transición pactada hacia el multipartidismo y la libertad, en la que todos o casi todos salgan ganando, como ha sucedido en el resto del mundo. La teoría de juegos lo confirma: las decisiones se inclinan, racionalmente, hacia el escenario que resulta más conveniente para la mayoría de acuerdo con los incentivos que estén presentes.

La alternativa bolivariana

Sin embargo, el Gobierno cubano -o al menos una parte- no parece creer que sea inevitable la transición hacia la democracia y la economía de mercado. Fidel Castro deja como herencia la tarea de continuar la revolución de la mano de Hugo Chávez, para construir lo que el venezolano llama "la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI".

Es cierto. La alternativa al cambio que Fidel Castro propone al final de su vida es continuar con "la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI". ¿En qué consiste esa propuesta? En conquistar políticamente a los países de América Latina para enfrentarlos a Estados Unidos y al Primer Mundo, mientras se desarrolla alguna variante del colectivismo en las sociedades que consigan reclutar para esta peligrosa aventura. Felipe Pérez Roque lo explicó en un discurso pronunciado en Caracas en diciembre de 2005. Vino a decir que La Habana y Caracas habían asumido la responsabilidad de dirigir la revolución en el mundo, sustituyendo en esa tarea a la desaparecida URSS y a la fatigada Europa, ya corrompida por el capitalismo. Poco antes, Carlos Lage afirmó que Cuba tenía dos presidentes: Fidel Castro y Hugo Chávez. Sin embargo, no parece probable que Raúl Castro se empeñe seriamente en esa tarea.

¿Por qué Raúl rechazaría esta tarea, legada por su hermano y mentor?

Porque el pueblo cubano, y muy especialmente la clase dirigente, saben que el país ya perdió cuarenta años inútilmente "haciendo la revolución" y persiguiendo utopías inalcanzables. La búsqueda del hombre nuevo condujo a sembrar la sociedad de ciudadanos hipócritas escondidos tras una doble moral. Los cementerios cubanos en África no sirvieron para nada. Las guerrillas en Sudamérica y todos los esfuerzos subversivos sólo contribuyeron a empobrecer a los cubanos. Se tergiversa la historia de la guerra en Angola o de la independencia de Namibia (y se silencia la aventura en Somalia) para justificar los absurdos sacrificios impuestos al pueblo cubano, pero nadie ignora que esos son los pretextos de Castro para ocultar su napoleonismo caribeño y su voluntad de clavarse en la historia a cualquier precio. Los experimentos económicos destruyeron los fundamentos de la producción nacional, incluida la centenaria industria azucarera.

¿Quién en sus cabales puede reeditar esas pesadillas de la mano nada menos que de Hugo Chávez, medio siglo más tarde? Raúl, que ya pasó la rubéola ideológica, aunque no tiene el menor instinto democrático, está más cerca de la cínica madurez de los chinos y los vietnamitas, decididos a globalizarse, a privatizar (dentro de ciertos límites) y a hacer buenos negocios con Estados Unidos y el Primer Mundo, que del infantilismo pendenciero del chavismo. Ya Cuba y ellos mismos -exceptuado Fidel- superaron la fase del "internacionalismo revolucionario".

¿En qué se parecen o se diferencian el socialismo de los soviéticos y el castro-chavismo bolivariano?

En primer lugar, en el método para llegar al poder. Los "bolivarianos" abandonan la lucha de clases, las protestas obreras y la convocatoria a la huelga general definitiva con que soñaban los marxistas-leninistas (que no sucedió en ninguna parte, por cierto). También renuncian a las guerrillas campesinas a lo Mao o, en alguna medida, a lo Castro. El método chavista, deducido de la experiencia venezolana y hoy elevado a estrategia universal, es recurrir a las elecciones, plantear una Constituyente que concentre el poder en las manos del Ejecutivo, fomentar el clientelismo de los más pobres mediante medidas populistas efectivas pero de alcance real limitado y, luego, comenzar a desmantelar el Estado de Derecho y la economía de mercado, imponiendo, finalmente, una suerte de dictadura dirigista.

¿Y qué ocurre en el plano internacional?

Como especulaba Lenin en el 17 (tras el análisis de Trotski), o Castro desde el 59 hasta nuestros días, Chávez está convencido de que el "socialismo del siglo XXI" que se propone implantar en Venezuela sólo puede sobrevivir si crea una vasta red de complicidad internacional para enfrentarla a lo que llama "el imperialismo", y muy especialmente a Estados Unidos. No cree posible que su socialismo del siglo XXI pueda sobrevivir en un solo país. Aunque los métodos para tomar el poder son diferentes a los empleados por los soviéticos, los objetivos son los mismos: destruir al Primer Mundo capitalista y reemplazarlo por una sociedad igualitaria y solidaria en la que ni siquiera sea necesario el uso del dinero, porque los trueques y los impulsos filantrópicos reemplazarían al dinero y al individualismo egoísta. Chávez y Castro son dos utópicos armados con pistola.

Pero podría suceder que el castro-chavismo tuviera éxito y, finalmente, se consolidara un eje bolivariano en América Latina que sirviera de sostén a una Cuba empeñada en el colectivismo.

Eso es muy improbable. Hasta ahora hay unos cuantos países muy pobres que van camino de convertirse en protectorados de Venezuela. Es el caso de Bolivia, y tal vez Nicaragua marche por la misma senda, de la mano de Daniel Ortega. Está por verse lo que hará el señor Correa en Ecuador. Pero si la URSS, que era el mayor y potencialmente más rico país del planeta, así como naciones viejas y sabias como Alemania del Este, Checoslovaquia, Hungría y Polonia, se hundieron en la ineficiencia y la mediocridad, ¿qué puede esperarse de un frente revolucionario integrado por Venezuela, Bolivia, Cuba, Nicaragua y, llegado el caso, Ecuador? Las probabilidades de que ese experimento fracase son casi todas.

Pero Venezuela es muy importante como fuente de subsidios petroleros y financieros.

Así es. Los 108.000 barriles diarios de petróleo que Caracas dona a La Habana (aunque disfrace esas transacciones de intercambios), más el generoso financiamiento de numerosas compras, son una ayuda importante para el Gobierno cubano, pero la cúpula dirigente sabe que el precio de acompañar a Chávez en sus delirios de conquista planetaria es demasiado oneroso y comprometedor. Nadie en los círculos de poder respeta realmente a Chávez (en privado le llaman el Loco, y se ríen de él), y muy poca gente cree que ese país desorganizado, controlado por un Gobierno profundamente corrompido, claramente rechazado por la mitad de la sociedad, pueda convertirse en la estable metrópolis revolucionaria del mundo. Lo probable, pues, es que ese fallido experimento venezolano en algún momento termine mal y abruptamente, lo que significaría un golpe mortal para el Gobierno cubano, en la medida en que dependa de Caracas.

Si algo aprendieron los dirigentes cubanos tras la debacle de la URSS y sus satélites es que una sociedad no puede confiar su destino a factores ajenos, alejados a su control. El fin del chavismo -que llegará en algún momento, como consecuencia de la propia naturaleza caótica del Gobierno y de su líder- significaría la muerte súbita de la revolución o el inicio de otro agónico periodo especial. Sólo alguien muy irresponsable podría jugarse el futuro de Cuba a esa carta de dudoso destino.

El modelo chino

Queda, sin embargo, la opción del modelo chino, que parece gustarle a Raúl Castro.

Sí, pero primero hay que entender que no existe ese supuesto modelo chino. Tras la muerte de Mao, que era, como Fidel, un visionario terco totalmente indiferente a la realidad, los reformistas chinos, que conocían los "milagros" económicos de Taiwán, Hong Kong y Singapur, protagonizados por chinos como ellos, entendieron que debían poner fin a la locura colectivista, permitir y estimular la empresa privada, sacar paulatinamente al Estado de las actividades económicas y vincularse intensamente al mundo desarrollado. En último análisis, eso era lo que habían hecho los tigres asiáticos. Ellos -la China continental- podían convertirse en el mayor tigre asiático, pero tenían que abandonar las supersticiones del marxismo.

Pero esas reformas partieron de un modelo.

No, partieron de una convicción melancólica que se resume en una frase escueta: "El colectivismo marxista no funciona". A partir de ese punto, comenzó un proceso de reformas improvisadas que no fijaba límites ni calendarios en el terreno económico y que se iba acelerando en la medida en que se hacían evidentes los logros obtenidos. El país crecía en torno al 10% anual como conjunto, pero había zonas que crecían al ritmo del 20 y el 25, mientras se ampliaba el círculo de las actividades privadas. Tan importante como el hecho de que existan numerosas empresas capitalistas era el florecimiento de decenas de miles de escuelas privadas y el abandono de las comunas campesinas en beneficio de las explotaciones agrícolas privadas. Sólo hay una zona en la que (por ahora) está prohibida la actividad de los individuos: la lucha política.

Sin embargo, se seguía venerando la figura de Mao.

Pero como un ejercicio retórico sin ningún contenido real. Si se renunciaba a las comunas campesinas y a la penetración política en el Tercer Mundo; si se entronizaba la propiedad privada, se limitaba drásticamente el peso del Partido Comunista en la dirección de la economía y se cooperaba con las naciones de Occidente en todos los terrenos, ¿qué quedaba del maoísmo? Lo único que falta es denunciar públicamente a Mao como el terrible déspota y genocida que fue, pero eso aún tomará cierto tiempo.

¿Hasta dónde llegaría Raúl Castro si tomara el camino chino?

Insisto: el camino chino no tiene fin. Es un camino, no una meta. Una vez que se entra en un proceso de reformas como el emprendido por los chinos, los resultados y las coyunturas van ampliando los horizontes, lo que, a su vez, precipita a los dirigentes a improvisar sobre la marcha. Son procesos abiertos. En todo caso, la distancia cultural, demográfica, geográfica e histórica entre China y Cuba es abismal. Raúl puede tomar la decisión de abrir sustancialmente la economía cubana, y todos lo aplaudirían, pero los resultados, aunque alivien la miserable forma de vida de los cubanos, no serían semejantes a los de China.

Pero las reformas que Fidel Castro autorizó en los 90 (y luego revocó, comenzado el nuevo siglo), ¿no forman parte de una visión china? Raúl puede retomar ese camino.

Fracasaría. En los 90 Fidel Castro se limitó a hacer unas reformas menores con el objeto de capear el temporal, no de cambiar el sistema. Lo que logró con esos mínimos cambios fue lo peor de ambos mundos: desigualdad sin desarrollo. Los chinos permiten la desigualdad como parte del costo del desarrollo, pero en el colectivismo híbrido diseñado por Castro sólo se enriquecen unos pocos, mientras se practica el más repugnante apartheid contra los cubanos. Por otra parte, los inversionistas serios que se acercaron a Cuba en la década de los 90 comprobaron los riesgos de invertir en un país en el que la ley no significa nada. Ese sistema de inversiones conjuntas entre el Estado y los capitalistas extranjeros para la común explotación de los trabajadores cubanos no puede reeditarse como fórmula para lograr salir de la miseria ni para ilusionar a una sociedad que ya comprobó sus pésimos resultados.

¿Y no estarían los chinos interesados en invertir en Cuba y captarla para su bando?

No tendría sentido. Los gobernantes chinos del siglo XXI no ven el mundo como un campo de batalla entre Oriente y Occidente. Estados Unidos es el mayor socio comercial de China. China posee 900.000 millones de dólares en reserva. Pekín entiende que lo que le conviene es que Estados Unidos tenga una economía saludable, para que siga consumiendo productos manufacturados en China. Hace cierto tiempo, cuando el presidente brasilero Lula da Silva trató de reclutar al primer ministro chino para incorporar ese país, junto a la India y Sudáfrica, a un eje más o menos antioccidental, se encontró con una cortés negativa.

China no está interesada en pugnar con Estados Unidos, Japón o Europa. Lo que quiere es formar parte del Primer Mundo, no destruirlo. Hace diez años la economía de China era del tamaño de la brasilera. Hoy es tres veces mayor. Y esa exitosa estrategia no la va a comprometer respaldando a un Gobierno militante e infantilmente dedicado al antiyanquismo, o a construir utopías ridículas. Si Raúl Castro quiere seguir comprándole ollas arroceras o vendiéndole níquel a Pekín, nadie se lo impedirá, pero los chinos no convertirán esas exiguas relaciones comerciales en un elemento de fricción con el Primer Mundo, y mucho menos con Estados Unidos.

La apertura

Si la vía bolivariana conduce al fracaso, la china es un espejismo y el modelo cubano de joint ventures demostró sus limitaciones y se agotó, ¿qué opciones reales le quedan a la Cuba que hereda, a los 75 años, Raúl Castro?

Una opción, por supuesto, es no hacer nada. Poner más policías en las calles, intimidar con mayor saña a la población, contemplar cómo la base material y moral del país se degrada progresivamente, mientras los cubanos se vuelven más desilusionados y cínicos, sin otra esperanza que "sacarse el bombo", construir una balsa o seducir a un/una turista para escapar de Cuba, como han hecho los hijos y familiares de tantos dirigentes, hasta que algún día estalle una ola de violencia como consecuencia de las penurias y la insatisfacción general. Otra opción, la más madura, sería abrir los cauces de participación de la sociedad para, entre todos, buscar una salida consensuada a la situación en que se encuentra el país. Ni siquiera hay que elegir expresamente el camino del cambio: por donde hay que empezar es por reconocer que existen otras voces diferentes a la del Partido Comunista (que en medio siglo no ha conseguido solucionar los problemas más elementales de la población), y disponerse a escucharlas.

¿Se refiere usted al diálogo entre el Gobierno y la oposición?

Sí, pero no sólo a eso. Desde 1989, una persona tan respetable como el desaparecido Gustavo Arcos, entonces al frente del Comité Cubano de Derechos Humanos, propuso crear una mesa abierta de discusión entre el Gobierno y la oposición, y la respuesta fue el acoso político y el encarcelamiento de miembros de su grupo y de su familia. Una verdadera apertura comienza por admitir que los cubanos creen legalmente asociaciones políticas o de cualquier tipo y puedan reunirse entre ellos para discutir en total libertad.

En España, antes de la muerte de Franco, cuando las autoridades comprendieron que era imposible seguir sosteniendo la ficción de que "el Movimiento" -el partido único del franquismo- representaba a la totalidad de la sociedad, se aprobó una ley de asociaciones, y las agrupaciones políticas comenzaron a surgir, dando sentido y forma a diferentes corrientes de opinión. Las Damas de Blanco, gente como Oswaldo Payá, Vladimiro Roca, Héctor Palacios, Elizardo Sánchez, Martha Beatriz Roque, Laura Pollán, Óscar Espinosa, Gisela Delgado, Dagoberto Valdés, Juan Carlos Gnzález Leiva, Julia Cecilia Delgado, León Padrón, Miriam Leiva, Luis Cino, y tantos otros, son cubanos inteligentes e instruidos que dirigen grupos que tienen mucho que aportar para solucionar los graves problemas que afectan al país.

Pero el Gobierno cubano alega que los disidentes son instrumentos de la embajada norteamericana y, por lo tanto, se niega a hablar con ellos o a considerarlos una oposición respetable.

Sí, pero ésa es una falacia para no tener que admitir que la sociedad cubana, como todas, está compuesta por millones de personas que albergan diferentes puntos de vista y pueden y deben agruparse en distintas tendencias. Si hay algo realmente contranatura es la uniformidad impuesta por los Gobiernos totalitarios. Es verdad que varias naciones occidentales prestan algún tipo de ayuda a los cubanos demócratas -ese mismo fenómeno, por cierto, se observó en Europa Central durante la época de la Guerra Fría-, y más que ninguna Estados Unidos, pero ese tipo de solidaridad forma parte de la lógica del Estado cubano. ¿No reclama el Gobierno de La Habana su derecho a ejercer el "internacionalismo revolucionario"? En ese caso, la coherencia lógica debe llevarlo a admitir el derecho al "internacionalismo democrático" que tienen sus adversarios. Si la dictadura, durante décadas, ha brindado todo tipo de ayuda a los grupos afines al comunismo, ¿cómo es posible que niegue a las democracias el derecho a hacer lo mismo con los disidentes cubanos que intentan agruparse en asociaciones pacíficas para solicitar pluralismo y democracia?

¿Qué harían esas asociaciones?

Las asociaciones hablan, publican papeles, comunican ideas, captan miembros. Es vital que todos los cubanos puedan expresarse sin miedo a ser agredidos por las turbas o a ser encarcelados. Pero no sólo se trata de los demócratas de la oposición. Dentro de las filas del Gobierno hay personas disconformes con la línea oficial, que también deben tener acceso sin miedo a las tribunas. Las hay en las universidades, en los claustros de profesores y en el estudiantado. Las hay en los sindicatos. Sabemos que hay dirigentes sindicales medios en Cuba que están dispuestos a defender públicamente que los trabajadores cubanos puedan utilizar la moneda nacional al cambio oficial en todos los establecimientos. Quieren acabar con el apartheid monetario porque les indigna que el Gobierno pague a los trabajadores en una moneda inservible y, además, les haga trampas con un sistema cambiario que es una verdadera estafa.

Nada extraordinario va a suceder por que unas personas opinen de manera diferente al Gobierno. Hoy, por ejemplo, bajo la dirección del ingeniero Dagoberto Valdés, un grupo católico de Pinar del Río publica la excelente revista Vitral -una excepción que confirma la regla de la censura general-, y el régimen no ha colapsado: son sólo opiniones distintas, muy sensatamente defendidas, que contribuyen a la comprensión general de los asuntos comunes y a la solución de los conflictos. Ninguna sociedad puede progresar si se impide el libre examen de los problemas generales.

¿Y los presos políticos?

En todos los países que han intentado una apertura se ha puesto en libertad a los presos políticos de forma inmediata. En las cárceles cubanas hay gente valiosísima, como el Dr. Óscar Elías Biscet, Héctor Maseda, Regis Iglesias, Jorge Luis García (Antúnez), y tantos y tantos imposibles de mencionar. Son personas que pueden y deben contribuir enormemente a la pacífica transformación del país. Tienen ideas y buena voluntad. Es una vergüenza que Cuba sea el único país de América Latina en que existen presos políticos: más de trescientos, según las denuncias de Amnistía Internacional. Y es criminal la forma cruel en que son maltratados, tanto ellos como sus familiares.

¿Adónde conduciría esa apertura?

La apertura no necesariamente significa transición, pero es un requisito previo. La apertura es sólo el derecho a ejercer la libertad de asociación y de prensa, el fin del acoso policial y de las turbas parapoliciales que realizan actos de repudio, más la excarcelación de los presos políticos. Pero hasta ese punto todavía no se puede hablar de cambios ni de transición. La apertura puede hacerse sin siquiera modificar la legislación de la dictadura. Teóricamente, la vigente Constitución del país garantiza estos derechos, aunque luego, en la práctica, se conculquen ilegalmente.

Cambiar, ¿en qué dirección?

¿Cómo se pasa de la apertura al cambio?

La experiencia muestra que hay varias formas de pasar de la apertura al cambio. Una forma sencilla es preguntar al pueblo si desea cambios. De alguna manera, es lo que sucedió en Chile con el referéndum que abrió el camino a las elecciones generales, y lo que ha propuesto el ingeniero Oswaldo Payá en el Proyecto Varela, con el respaldo de miles de firmas. En España las cosas sucedieron de otro modo: el Gobierno llevó a cabo una suerte de discreto diálogo con la oposición y luego el Parlamento modificó las leyes y dio paso al multipartidismo. En Polonia, en cambio, el Gobierno convocó a unas elecciones parlamentarias en las que la oposición podía optar por un número limitado de diputados, pero el respaldo a los demócratas fue de tal naturaleza que el régimen comunista se desplomó.

¿Hay algún elemento común a todas las transiciones?

En general, todas las transiciones son diferentes, y en todas se observa una clara e inevitable tendencia a la improvisación, pero hay dos rasgos comunes que las vinculan: primero, el reconocimiento de que existe una oposición o, simplemente, otras voces que tienen el derecho a existir; y, segundo, la admisión de que estas personas pueden y deben participar en la vida pública del país. A partir de la aceptación de estos dos elementos se abre un sinfín de posibilidades, pero todas necesitan en algún momento legitimarse en las urnas.

En definitiva, sólo hay dos formas de organizar la convivencia: mediante la fuerza (que es lo que se ha hecho en Cuba durante casi medio siglo, con los nefastos resultados que todos conocemos) o mediante mecanismos democráticos de consulta. La democracia es el método ideal para propiciar los cambios pacíficos. No suele ser un método rápido ni es totalmente eficiente, pero es el mejor que se conoce.

¿Por qué tolerarían los comunistas cubanos un cambio de esa naturaleza?

Porque no son muy diferentes de los checos, los polacos o los alemanes. Ellos comprenden que también saldrán ganando, en la medida en que cambien una manera de actuar que ha resultado contraproducente. Los comunistas cubanos saben que en el país hay una profunda inconformidad con el sistema. Una parte sustancial de los ex comunistas polacos, rusos, rumanos y eslovenos se transformaron en socialdemócratas o se integraron en otras corrientes ideológicas, y eventualmente lograron volver el poder. Los sandinistas consiguieron ganar las elecciones y regresar al Gobierno dentro de las reglas del juego democrático. La verdadera democracia no cierra la puerta a nadie. Los comunistas cubanos saben que hay vida más allá de la derrota política.

¿Y si el pueblo cubano deseara continuar con un sistema colectivista de partido único?

En realidad, son muy pocas las sociedades comunistas que han insistido en el viejo sistema si se ha dado a la gente la oportunidad de elegir el pluralismo político y las libertades económicas. Aparentemente, esto sólo ha sucedido en Moldavia, que es una excepción muy particular, y en algún otro territorio ex soviético del Asia central. En todo caso, el principio rector de la democracia es el acatamiento a la voluntad de la mayoría, siempre que se ajuste a la ley y se respeten los derechos de las minorías. Lo importante es que la totalidad de la sociedad cubana asuma el control de su destino.

Imagínese un escenario en el que comienzan los cambios.

Con los presos políticos liberados y las asociaciones políticas legitimadas, la oposición se presenta a las elecciones con candidatos propios y un número sustancial de demócratas hace campaña y llega a la Asamblea Nacional del Poder Popular, así como a otros órganos legislativos, para luchar por el sistema político en el que creen. Esa es una variante del modelo polaco.

Imagínese otro.

La ANPP convoca un referéndum para decidir si se admite un cambio de sistema, pero, naturalmente, permite que la oposición acceda a los medios de comunicación y haga una vigorosa campaña en defensa del cambio. Algo parecido ocurrió en Chile.

Piense en una tercera opción.

La española: el propio Parlamento hace los cambios necesarios y luego llama a elecciones generales, y toda la variedad política del país queda reflejada en el Parlamento.

¿Cuál es el mejor?

Nadie lo sabe. Todas estas opciones son imperfectas y están llenas de incertidumbre. Lo importante es que los agentes de cambio no minen inútilmente el campo político. Lo fundamental es recurrir a las soluciones racionales.

¿Bajo qué leyes se hace esto?

Bajo las que existen. Todas las transiciones acaecidas en el este de Europa se hicieron enmendando constituciones muy parecidas a la cubana actual, dado que todas se fundamentaban en el texto constitucional soviético de 1936. Una vez iniciado el proceso de cambio, y ya dotados de un Parlamento plural, se puede pensar en una nueva Constitución, como sucedió en España en 1978.

¿Y qué ocurriría con los ajustes de cuentas o las responsabilidades penales por los atropellos cometidos durante la dictadura?

La experiencia en Europa, incluso en América Latina, indica que las sociedades posdictatoriales están más interesadas en salvar el futuro que en revisar el pasado. En España, además de decretar una amnistía para los presos políticos, se practicó una especie de amnesia voluntaria. También es posible, y quizás sea conveniente, convocar un referéndum para que la sociedad decida si quiere perdonar todas las violaciones de la ley y los atropellos contra los Derechos Humanos desde 1952, cuando Batista dio su ilegal golpe militar, hasta el momento en que se consulta a los cubanos. Lo probable es que la inmensa mayoría opte por el borrón y cuenta nueva, aunque siempre quedará abierta la puerta para juzgar crímenes incalificables de lesa humanidad, como el deliberado hundimiento del remolcador 13 de Marzo, en el que murieron decenas de personas, entre ellas once niños, o el derribo criminal de las avionetas de Hermanos al Rescate, cuando se vulneraron todos los acuerdos internacionales en materia de defensa aérea y se asesinó sin piedad a cuatro personas indefensas.

¿No es ésa una forma de estimular la impunidad?

No: es una forma de reconocer que la culpabilidad en los Estados totalitarios recae sobre tantas personas que hace imposible recurrir a los castigos. La línea entre verdugos y víctimas es muy confusa. La víctima de hoy tal vez fue verdugo en el pasado. El verdugo de hoy acaso era una persona movilizada por el miedo que anteriormente había formado parte del grupo de las víctimas. Hay que empezar con rapidez la reconstrucción del país, sin empantanarse en una peligrosa batalla que pudiera descarrilar la transformación que se necesita.

También se puede crear una Comisión de la Verdad...

Se hizo en Sudáfrica con éxito, pero en Cuba acaso sea más difícil. En estos procesos hay varias verdades conflictivas y contradictorias que se entrelazan y confunden. Quien para algunos es, por ejemplo, un héroe internacionalista, para otros puede resultar un terrorista que intervino injustificadamente en los asuntos ajenos y asesinó a soldados o policías inocentes. Quien para la oposición es un combatiente heroico, para el Gobierno, en cambio, es un mercenario. Esas interpretaciones subjetivas son irreconciliables, así que lo más sensato es dejar que convivan paralelamente las dos historias, sin tratar de imponer una lectura única de unos hechos inmensamente complicados. Más que la creación de una discutible "comisión de la verdad", es mejor estimular una absoluta libertad de prensa y pensamiento, para que cada cual cuente la historia desde su perspectiva particular, y ya se encargará la posteridad de sacar sus propias conclusiones.

El destino de las instituciones y de los logros

¿Qué pasaría, por ejemplo, con las Fuerzas Armadas y los cuerpos policiales?

De acuerdo con la experiencia de Europa del Este, España, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay o Nicaragua -lo que da la medida de la amplitud del ejemplo-, las instituciones militares pueden continuar sirviendo a una sociedad que se ha acogido a la democracia. En algunos países centroamericanos, para viabilizar los procesos de paz, se facilitó el pase a retiro de los oficiales que así lo solicitaron, y hasta se les garantizó el pago de sus jubilaciones en divisas cuando manifestaron su deseo de residir en el extranjero. Cuba, obviamente, seguirá necesitando cuerpos militares que garanticen el orden, eviten la creación de mafias, combatan el narcotráfico y otras formas de delincuencia y protejan la soberanía nacional.

¿Y el sistema judicial?

Tendría que adaptarse al concepto democrático de Estado de Derecho, si es eso lo que decide la ciudadanía. Eso quiere decir que los jueces antiguos y nuevos deberán entender que las personas tienen derechos naturales, y que las leyes deben aplicarse sin tener en cuenta ideologías o partidos, porque todas las personas deben ser iguales ante la ley. En algunos países del Bloque del Este, y en España y Portugal, se demostró que el Poder Judicial puede transformarse radicalmente, entre otras razones porque muchos de los abogados que servían al antiguo régimen totalitario no estaban de acuerdo con la naturaleza de su trabajo y abrazaron con entusiasmo la llegada de la democracia.

¿Qué sucedería con el sector educativo?

Lo mismo. Los profesores y maestros dejarían de servir a una ideología y continuarían sus carreras docentes, más dedicados a la enseñanza que a la propaganda, mientras se abandonaría esa obscena consigna de que "la universidad es para los revolucionarios" y se abriría la educación a la totalidad de la sociedad. Sería conveniente, por supuesto, que la educación, una vez descentralizada, continuara siendo costeada por medio de la recaudación del Estado -es decir, pagada por todos, porque se trata de una inversión en el fomento del capital social-, pero se enriquecería con la existencia paralela de una enseñanza privada que agregue un elemento de competencia y variedad.

En el terreno de la salud...

El extendido sistema cubano de salubridad debe continuar y mejorarse, dado que hoy se encuentra en un terrible estado de penuria. Todos los análisis de las percepciones de los cubanos así lo indican. Es bueno recordar que ninguno de los países ex comunistas ha desmantelado el sistema de salud creado durante el periodo socialista. Lo han mejorado con la democracia y la libertad económica, porque las naciones cuentan con más recursos para sostenerlo. Uno de los mejores incentivos para propiciar los cambios es, precisamente, poder sostener los "logros" de la revolución. El colectivismo y el totalitarismo no generan suficiente riqueza para mantener buenos sistemas de educación y salud. Es muy significativo que Fidel Castro deba recurrir a la sanidad pública española para aliviarse sus dolencias, o que Alicia Alonso acuda al extranjero a operarse los ojos.

La cultura

Naturalmente, el Estado dejaría de tener favoritos culturales escogidos por las afinidades ideológicas. Sería la sociedad, libremente, la que escogería qué libros desea leer o qué espectáculos u obras de arte le resultan interesantes. En otras palabras, en una Cuba verdaderamente libre desaparecerían los comisarios que tanto daño han hecho a la cultura cubana, con su pernicioso fanatismo y la odiosa censura.

Pero ¿no hay un peligro de involución en el campo de la igualdad racial?

Por supuesto que no. El mundo, y no sólo Cuba, ha cambiado mucho en materia de integración racial desde hace medio siglo. Cuando comenzó la revolución, todavía en Estados Unidos blancos y negros vivían en mundos apartes. Hoy, Condoleezza Rice es la secretaria de Estado del país, y antes de ella ese cargo lo había ocupado el general Colin Powell. Hoy, un senador mestizo tiene una buena posibilidad de convertirse en el próximo presidente de Estados Unidos.

Ha sido muy conveniente que se acelerara el proceso de integración racial en Cuba, pero un cambio hacia la democracia y la libertad, sin duda, puede perfeccionarlo. La población negra y mestiza cubana es más pobre que la blanca, pero el Gobierno no permite que se hable de ello, con lo cual tiende a esconder y perpetuar el problema. Lo mismo sucede con los presos comunes: la inmensa mayoría son negros y mulatos, pero el Gobierno prefiere ignorar este incómodo dato. Un Gobierno democrático y libre, más preocupado por la sustancia y menos por la imagen, afrontaría estas diferencias sin temores, y sin exigir a negros y mestizos una determinada militancia en nombre de la gratitud que supuestamente deben a la dictadura por haberles otorgado lo que les pertenece por derecho propio.

La transformación económica

Un cambio de sistema económico significaría una pérdida de poder adquisitivo para los cubanos.

Esa es una falsa premisa. En una transición a la democracia y a la economía de mercado, lo que no va a faltar en Cuba es una impresionante fuente de capitales y ayudas. Estados Unidos como Gobierno y, en general, el mundo empresarial privado de todas partes -principalmente de España- se volcarán sobre la Isla para contribuir de manera enérgica a su desarrollo. El problema más peliagudo que confrontarán los cubanos no es económico, sino político. Hay que crear las instituciones adecuadas y fomentar un clima social, de paz, tranquilidad y seguridad jurídica, en el que sea sensato invertir. Hay que normalizar el país rápidamente.

Pero Estados Unidos está atado por la Ley Helms-Burton, y no podrá ayudar masivamente a Cuba hasta después de efectuados los cambios.

Esa es una equivocada lectura de la ley. La ley es muy flexible, y el presidente tiene la capacidad de resaltar -o dejar sin efecto- aquellas partes de la legislación que estime convenientes para estimular los cambios. Para esos fines, seguramente contará con un fuerte apoyo bipartidista. Los dos senadores y cuatro congresistas federales cubanoamericanos -elementos que la Casa Blanca (quienquiera que la ocupe) tomará siempre en cuenta en sus decisiones- son políticos flexibles y hábiles, acostumbrados a las negociaciones entre adversarios, y jamás se convertirán en un obstáculo para la transición en la Isla, si eso es lo que manifiestamente desean los cubanos. Por el contrario: desde los planes de ayuda a la democracia en Cuba proclamados por el presidente Clinton hasta la más detallada "hoja de ruta" formulada durante la Administración de George W. Bush, nunca un problema de la política exterior de Estados Unidos ha contado con tanta cuidadosa previsión y sentido de la responsabilidad como sucede con el caso cubano.

¿Qué derecho tiene Wahington a intervenir en los asuntos cubanos?

Cuba, el país que paladinamente ha proclamado su derecho a ejercer el "internacionalismo revolucionario", no puede negar a las demás naciones el que tienen a practicar el "internacionalismo democrático", especialmente porque en este caso no se trata de intervenir militarmente, ni de medidas agresivas contrarias al Derecho Internacional, sino de ayudar a los demócratas de la oposición con apoyos tan modestos como darles material de lectura o acceso a internet, gestos de solidaridad, por cierto, que también muestran otros responsables países de la Unión Europea.

Pero hay algo aún más importante: el Gobierno cubano ha sido el principal causante de este intervencionismo norteamericano, al generar las condiciones para que un 20% de la sociedad cubana viva hoy en Estados Unidos. Tras provocar episodios como los de Camarioca (1965) y Mariel (1980), o el balserazo de 1994, y tras dedicar grandes esfuerzos subversivos a afectar los intereses y la vida norteamericanos en todo el planeta -sin olvidar las confiscaciones de los años 60, las mayores que ha sufrido la sociedad norteamericana en toda su historia-, el Gobierno cubano ha estado retando a Washington y convocándolo a un inevitable e irresponsable enfrentamiento. ¿Cómo puede nadie extrañarse de que Estados Unidos responda a esas muestras de hostilidad? La posición de víctima que asume el Gobierno cubano tal vez sirva como un ejercicio demagógico para la galería, pero no resiste el más mínimo análisis.

Hay quienes opinan que el país también vive una aguda crisis moral de muy difícil solución, aun cuando se cuente con la ayuda masiva de Estados Unidos.

No lo creo. La conducta (una de las pocas cosas en que Marx acertó) es un modo racional de adaptación a la situación en que se vive. Los cubanos mienten porque decir la verdad conduce a la cárcel. Los cubanos fingen porque la franqueza es el comienzo de un calvario en una sociedad totalitaria que ha construido un discurso único, dogmático e inflexible. Las cubanas se prostituyen porque el sistema les niega otras posibilidades mejores de superación. Los cubanos roban porque no pueden ganarse la vida decentemente con su trabajo.

A ninguna persona normal -exceptuados los psicópatas- le gusta mentir, fingir, prostituirse o robar. En Cuba no han desparecido las normas morales: lo que ha sucedido es que las han hecho casi imposibles de cumplir. Tan pronto comience a cambiar el clima social y económico del país, la sociedad modificará su conducta paulatinamente. Este fenómeno de readaptación voluntaria a las reglas éticas convencionales está ocurriendo en los países que abandonaron el comunismo en Europa, algo parecido a lo ocurrido cuando cicatrizaron las heridas de la Segunda Guerra Mundial.

Pero, si cambia el sistema económico, los cubanos de la Isla estarían en desventaja, al no tener capital ni experiencia...

En desventaja están hoy, que ni siquiera tienen esperanzas de mejorar sus condiciones de vida, mientras sufren la comprobada incompetencia de semejante sistema. Además, cualquier Gobierno sensato que emerja de la transformación del país sin duda entregaría la propiedad real de las viviendas a las familias que las habitan. Es falso que las familias sean hoy dueñas de las viviendas: no las pueden transmitir libremente, no las pueden vender ni hipotecar, ¡ni siquiera las pueden arreglar! La mera propiedad real de las viviendas convertiría a todas las familias cubanas en poseedoras de un capital de 40.000 dólares, si tomamos como cálculo el precio de la vivienda promedio en América Latina.

Eso, en cuanto a las viviendas. Pero ¿qué sucederá con las empresas y los medios de producción?

Cualquier persona bien informada sabe que la transformación de una anquilosada sociedad comunista en una moderna sociedad de mercado pasa por el traspaso de los activos en manos del Estado a los individuos. En el Este de Europa se ha acumulado una valiosa experiencia sobre cómo privatizar numerosas empresas con los propios trabajadores. Unas se han convertido en compañías privadas en las que los trabajadores son accionistas parciales o totales; otras, en verdaderas cooperativas voluntarias y libres, preparadas para competir en el mercado. Por cierto, una de las empresas más exitosas de España es el conglomerado de cooperativas Mondragón, que es además uno de los mayores empleadores de la nación.

¿Y los inversionistas extranjeros?

Hay que darles la bienvenida. Sería estúpido rechazar el capital extranjero porque "juega con ventaja". Esos son absurdos rencores sembrados por el igualitarismo comunista. El capitalismo es un sistema abierto de tanteo y error, que se expande en la medida en que las personas van descubriendo oportunidades nuevas y aprendiendo de la experiencia. Sin ser muy consciente de ello, esto es lo que ocurría en la Cuba de los años 40 y 50, cuando la economía crecía a un ritmo de tigre asiático (en torno al 10-12% anual), duplicando el PIB cada seis años, lo que no quita para que existieran problemas.

La pobreza de la economía centralizada y planificada deriva, entre otras causas, de que esteriliza la imaginación y el impulso creativo de los individuos. Los colectivistas dan por sentado que conocen toda la realidad económica y pueden planear el desarrollo. Quienes creemos en el mercado sabemos que no hay sustituto para la creatividad individual, porque cada persona tiene una particular información, una idea y una intuición, lo que le permite ver oportunidades y crear riquezas insospechadas.

Pero eso crea desigualdades.

Así es. El mercado crea desigualdades porque las personas son desiguales. Unas son más inteligentes, laboriosas y tenaces que otras. Pero esas desigualdades no se alivian prohibiendo las actividades privadas para evitar que algunos descuellen, sino propiciando la educación y la productividad, con el objeto de construir clases medias dotadas de buena calidad de vida.

El Índice Gini, que mide los niveles de desigualdad, ha precisado que los países capitalistas más desarrollados, donde predomina la empresa privada, son los menos desiguales: Suiza, Suecia, Dinamarca, Canadá, Estados Unidos. Mientras tanto, los países intervencionistas y populistas (Argentina, Uruguay, Brasil, por ejemplo), pese al discurso populista, muestran peores desniveles entre las personas que tienen y las que no tienen. Hace años, un reformista chino lo expresó en una frase melancólica: "Para evitar que un chino anduviera en Rolls Royce, condenamos a cientos de millones a desplazarse en bicicleta".

El Gobierno dice que si el capitalismo se introduce en Cuba, a los cubanos les espera un destino haitiano.

En realidad, es con el colectivismo autoritario con lo que Cuba se desliza hacia un destino haitiano. Tras Honduras y Nicaragua, ya es el tercer país más pobre de Hispanoamérica. Antes de la revolución era el tercer país más rico, tras Argentina y Uruguay. Una Cuba libre en el terreno político y económico daría muy rápidamente un salto tremendo hacia la modernidad y el progreso.

Cuba tiene un capital humano extraordinario -cientos de miles de graduados universitarios-, y lo que necesita es inversiones y libertad para producir. Todos los países que han realizado el "milagro" del desarrollo sostenido lo han hecho en el curso de una generación: España, Corea del Sur, Irlanda, Chile. En Cuba debe suceder lo mismo.

¿No se convertirían los ancianos y jubilados en personas excluidas de los beneficios del cambio?

Por el contrario, la Tercera Edad (y especialmente las mujeres mayores) es la que más sufre la incompetencia del socialismo. Cualquier Gobierno que emprenda con seriedad la transformación económica del país tiene que crear un fondo especial de solidaridad para hacer frente a la quiebra actual del sistema de pensiones y proporcionar a los ancianos la ayuda necesaria para cubrir sus necesidades básicas. Tampoco faltarán recursos para esos fines. Al margen de las consideraciones humanitarias, nadie ignora que del bienestar de los jubilados depende en gran medida la estabilidad social del país.

¿Cuáles son las posibilidades de desarrollo con que cuenta Cuba?

Paradójicamente, en principio, las que identificó el Gobierno cubano cuando comenzó el llamado "periodo especial": turismo masivo, inversiones extranjeras, biotecnología, azúcar y etanol, servicios médicos, cibernética, transporte marítimo y aéreo, y otra docena de campos de acción. Pero para que estas actividades dieran resultados no podían llevarse a cabo en el ámbito oficial, y con el criterio paranoico y sectario con que se desarrollaron. Tenían que emprenderse en el campo privado, con los cubanos como empresarios junto a los inversionistas extranjeros.

No hay que olvidar que la clave del desarrollo en las sociedades prósperas está en que los Estados edificados por ellas se limitan a crear reglas abstractas, que permiten todo lo que no está expresamente prohibido. La miseria del socialismo dictatorial proviene de que reglamenta todas las actividades y prohíbe y persigue todo lo que no está reglamentado.

¿Cuándo pueden comenzar a ocurrir los cambios?

No lo sabemos, pero cuanto más rápido se inicien, menos va a sufrir la sociedad cubana. Para Cuba, "ya es hora".

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comentarios
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Pequeña LLamada de Atencion
Javier Maria Puerta

En su maravilloso articulo sobre el pos-castrismo en cuba afirma: " Por cierto, una de las empresas más exitosas de España es el conglomerado de cooperativas Mondragón, que es además uno de los mayores empleadores de la nación"

Si bien esto pueda ser cierto, es un elogio complicado, ya que el grupo mondragon es uno de los mayores apoyos de la izquierda radical abertzale en Euzkadi.

No faltan los que opinan, como yo, que gran parte de su exito proviene de esta relacion con las proximidades de ETA y de haberse beneficiado del nacionalismo, entre otras cosas para obtener contratos y ayudas que los lanzaron hacia el grupo que ahora representan

Un saludo?