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La Ilustración Liberal

Internacional

Gaza, cuarenta años después de la Guerra de los Seis Días

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Ayer: una guerra para lograr la paz

Cada nuevo aniversario de la Guerra de los Seis días escojo para releer alguno de los muchos libros de mi biblioteca que reseñan, cada cual desde un particular punto de vista, aquel dramático momento en la vida de Israel y el pueblo judío. El año pasado fue Warrior, el apasionante recorrido autobiográfico de Ariel Sharón (Simon & Schuster, 1989); el anterior, las Memoirs (1979) de Itzak Rabín, publicadas en inglés por la librería israelí Steimaitzky. Este año, justo cuatro décadas después de aquel suceso que, como bien tituló Michael Oren[1], cambió para siempre el Medio Oriente, he elegido la versión española de Mi vida, de Moshé Dayán, publicada por Grijalbo en 1978 en su colección Biografías Gandesa.

Cualquiera de los libros mencionados es imprescindible para realmente enterarse de lo ocurrido entre el 4 y el 10 de junio de 1967, y lo fructífero de no perderse ni uno de ellos es que cada volumen aporta un punto de vista distinto: Sharón, como militar al mando de un pelotón; Rabín como jefe del Estado Mayor; Moshé Dayan, como ministro de Defensa, elegido apenas unos días antes del estallido de la guerra. Leerlos es, también, leer la cronología completa de la historia de Israel desde su creación hasta el punto final de cada uno de los libros, entre fines de los 70 y mediados de los 80.

Dayán no quería tomar Gaza. A partir de la quinta parte de su imperdible autobiografía, Dayán nos recuerda, no menos de media docena de veces, que se oponía a la conquista de la Franja: ese territorio superpoblado resultaría más una carga que un activo estratégico. Asimismo, se preocupaba por la suerte de los civiles palestinos.

Pero, del mismo modo que resultó desde muy joven uno de los genios militares del Ejército israelí, Dayán mantuvo durante toda su vida pública un temperamento veleidoso respecto de las decisiones políticas. Como ministro de Defensa, no nos aclara por qué la Franja fue de todos modos conquistada: apenas se limita a reseñar, en la página 387: "Habíamos atacado la Franja de Gaza el primer día de la guerra... a pesar de que me opuse a que se llevara a cabo tal acción en la fase inicial, ya que, a mi juicio, la Franja quedaría aislada y se rendiría sin presentar batalla en cuanto Rafah y El Arish cayeran en nuestro poder. Pero al cañonear unidades enemigas las colonias fronterizas israelíes, el general jefe de la Comandancia Sur y el jefe de Estado Mayor instaron a las tropas a que capturasen la franja inmediatamente. Tomarla llevó más de dos días de lucha. La batalla por la conquista de Gaza bien podía haberse evitado". En las páginas anteriores argumenta que ni siquiera debían plantearse conquistarla, luego parece argumentar que podía conquistarse sin lucha, pero finalmente se resigna a aceptar las decisiones de sus subordinados.

Como fuese, la Franja fue tomada, y comenzó a ser, desde entonces, y por casi cuarenta años, administrada por el Ejército de Israel (hasta la retirada del mismo, en agosto del 2005, durante la primera magistratura de Ariel Sharón). El 67 no fue la primera vez que el Tzahal conquistó Gaza: ya lo había hecho en el 56, bajo la dirección de Moshé Dayán, precisamente, para impedir la continua infiltración de fedayines. En el 57 el Tzahal se retiró, por "primera vez", de Gaza, con la promesa de paz de la ONU. La misma ONU que abandonó a Israel a su suerte sólo diez años más tarde, cuando Naser le ordenó, sin más que unas palabras, que retirara sus fuerzas de paz.

Aunque en 1947 la ONU había decretado que Gaza pasara a formar parte del nuevo Estado palestino (que los palestinos y los árabes rechazaron unánimemente), la Franja fue finalmente ocupada por Egipto en el 48, luego del frustrado intento de destruir Israel. Paradójicamente, los ejércitos árabes no lograron destruir Israel, pero sí desintegraron el Estado palestino.

En rigor, apenas unas semanas después de la conquista de Gaza, el Gobierno de unidad nacional de Israel hizo llegar a Egipto y a Siria, a través de canales norteamericanos, la propuesta de reintegrar Gaza, el Sinaí y el Golán a cambio de la firma de la paz. Una vez más, los dirigentes árabes rechazaron el convite.

La situación de los palestinos de la Franja entre el 47 y el 67 era peor que la de los habitantes de las llamadas villas miseria argentinas. Carecían de los más mínimos servicios públicos, eran permanentemente reprimidos políticamente y tenían completamente vedado reclamar su identidad. La miseria y la desocupación eran la cotidianeidad para más del 50% de los palestinos de Gaza. La inequidad social era absoluta. La llegada del Ejército de Israel y las medidas políticas que implementó Moshé Dayán representaron una mejora objetiva ontológica en la calidad de vida de los palestinos de Gaza: se expandieron los servicios de agua potable, calefacción y electricidad, se les dio la posibilidad de adquirir electrodomésticos, se les procuró servicios de salud y educación –que atendían a la identidad árabe y palestina–, y alcanzaron cotas insospechadas de libertad de expresión. Por primera vez en su historia, los palestinos pudieron elegir democráticamente a sus alcaldes.

Ni el terrorismo salvaje contra la población judía ni la permanente actitud política contra la convivencia con los judíos de la mayoría de los líderes palestinos lograron que Dayán –ni la población israelí– arrumbara su sueño de compartir con los palestinos un Medio Oriente más justo para todos. Tuvo que llegar la insana ferocidad de Hamás para retrasar este sueño al punto de llevar la Franja al peor momento de toda su penosa e infértil historia.

Hoy: Hamás y el dilema de la "doble identidad"

Comparto el punto de vista de que el principal error de los partidarios de la democracia en el Medio Oriente fue permitir que Hamás se presentara a las elecciones. Fue un grave error cuya principal responsabilidad recae sobre aquella minoría de palestinos que, deseando la paz y conservando cierto grado de poder, lo permitieron. Pero también sobre Israel, los EEUU y Europa, que admitieron la posibilidad.

No es cierto que la democracia comience y termine con el voto de las mayorías y las minorías. En Israel, por ejemplo, nunca pudo haber ocurrido algo semejante, porque el propio sistema lo impide: el partido Kach, del asesinado rabino Kahane, fue ilegalizado por racista. Cualquier partido que propusiera la desaparición de uno de los Estados existentes del Medio Oriente con argumentos etnicistas se autoexcluiría, por ley, de la contienda electoral. De más está decir que cualquier propuesta semejante no concitaría en Israel sino el alocado interés de ínfimas e impotentes minorías. En la Autonomía Palestina, en cambio, han ganado las elecciones y el Parlamento, hace ya más de un año, el 26 de enero de 2006.

El hecho del triunfo en elecciones libres de un partido racista que propone la eliminación de Israel y del pueblo judío de la faz de la Tierra sumió en un curioso impasse tanto a Israel como a la Administración Bush. Por un momento parecieron olvidar que tanto Hitler como Mussolini fueron también elegidos en elecciones libres, lo cual no les supuso impedimento alguno cuando se lanzaron a la conquista del mundo. Sería gracioso, si no resultara terriblemente trágico, que un Gobierno cualquiera se permitiera eliminar a un país del mapa con el argumento de que ha sido elegido en unas elecciones libres.

Ya escucho las argumentaciones: pero entonces, ¿por qué admite la lucha de Churchill y Roosevelt contra Hitler y Mussolini basándose en que los dos primeros eran demócratas, elegidos precisamente por voluntad de las mayorías? Churchill y Roosevelt no sólo fueron elegidos por las mayorías: antes, durante y después de su acceso al poder respetaron leyes que los precedían, y que incluían el respeto por las garantías individuales de todos sus conciudadanos, el derecho a la libertad de expresión y la posibilidad de que fueran removidos incruentamente del cargo. En ambos casos, también, su entrada en acción fue evidentemente autodefensiva, y con el propósito principal de salvar la libertad en el mundo. Como consecuencia de su victoria contra los nazis, por ejemplo, Inglaterra perdió su vasto imperio. De haberse aliado con los nazis, y fue una firme opción antes del 39, tal vez lo hubiera conservado. De modo que no fue a la guerra para preservar sus intereses, sino, del modo siempre imperfecto que nos es dado a los humanos, para preservar la libertad.

Permítanme agregar que la presente guerra que libran los americanos, primero en Afganistán y ahora en Irak, no se debe, tampoco, a un afán colonialista, ni a la ambición alocada por el petróleo, sino, también, como entonces, a una lucha autodefensiva, esta vez contra el fundamentalismo islámico, y por la libertad. Estoy convencido de que, de haberse sumado Europa, Rusia, China y Latinoamérica a esta batalla, como ocurrió en distintos momentos de la Segunda Guerra (los rusos, cuando fueron invadidos por los alemanes; los chinos combatieron a los japoneses; Brasil se alió con EEUU), la lucha sería hoy mucho menos cruenta y los resultados mucho mejores para todos. Todos los mencionados, excepto China, han sido ya agredidos por el mismo enemigo (Latinoamérica dos veces, y las dos en Argentina)[2]. La diferencia con la Segunda Guerra es que aún no se han unido para defenderse en conjunto.

Pueden señalarse todos los errores señalables en la invasión norteamericana de Irak, pero quiero sostener que sigue resultando evidente que lo que se juega allí no es el bienestar exclusivo de los norteamericanos, sino la suerte de la libertad en el mundo. Lo mismo podemos aseverar, en sentido contrario, de los embates de Irán, Siria, Hamás, Hezbolá y Al Qaeda: van dirigidos contra los escasos espacios de libertad colectiva e individual que hemos logrado afirmar desde el fin de la Segunda Guerra.

Hamás es una organización totalitaria, racista y asesina desde antes de encumbrarse en el poder por el voto libre de su pueblo, y no ha abandonado su composición ideológica ni sus objetivos declarados desde que asumió las riendas de la inefable Autonomía Palestina. No guarda ninguna relación con las democracias que, contando entre sus características con el voto de la mayoría, en situaciones límite se han visto obligadas a ir a la guerra contra dictaduras (nunca contra otras democracias) en defensa de la libertad; no para suprimir etnias o países, sino, como la historia ha demostrado, para brindarles un presente y un futuro mejores.

El triunfo de Hamás en las elecciones de enero de 2006 puso negro sobre blanco una evidencia que no nos animábamos a considerar. Y fue en parte esta negativa a aceptar la amarga verdad lo que precipitó a Israel y a EEUU en el error de aceptar la participación de Hamás en los comicios. Esta evidencia nunca del todo explicitada es que la mayoría de los electores palestinos están en contra de la existencia de Israel y preferirían ver este país desaparecer violentamente antes que convivir como vecinos con los judíos.

Hasta entonces, los biempensantes nos habíamos escudado detrás de la fórmula: "Los pueblos quieren la paz. Son los dirigentes quienes conducen a la guerra". El triunfo popular y libre de Hamás nos muestra una realidad sin sofismas y mucho más preocupante: la mayoría de los electores palestinos no quieren convivir de igual a igual con los judíos. No los quieren como vecinos, y muchos de ellos están dispuestos a matar, y a morir, con tal de evitar ese destino. No quieren dos Estados para dos pueblos, como quieren la mayoría de los electores y dirigentes israelíes.

¿No queda otro camino, entonces, que una guerra sin cuartel? Para Hamás –electo por la mayoría de los electores palestinos–, Hezbolá, Al Qaeda, Siria e Irán, se trata, efectivamente, de una guerra sin cuartel. Su objetivo declarado es la eliminación de los judíos y la destrucción de las democracias. Pero eso no debe necesariamente indicar la simetría opuesta. El objetivo de las democracias no es, ni puede ser, la eliminación de ninguna etnia, ni el dominio sobre ningún país. El gran desafío para las democracias no es tanto el triunfo militar –imprescindible, claro– como el consenso, la posibilidad de instaurar la convivencia, la pluralidad y el respeto por cada individuo entre millones de seres humanos que han sido educados en el odio. Los Aliados lo lograron en la derrotada Alemania nazi. Nada implica que sea imposible, si vuelven a aliarse, en la deteriorada Autonomía Palestina, que parece haber perdido todas sus capacidades activas, exceptuando la de matarse entre facciones y atentar contra civiles judíos.

Permitir la participación de Hamás en las elecciones de la Autonomía Palestina fue una gigantesca digresión y distracción en el camino para alcanzar estos objetivos. Las organizaciones terroristas deben ser ilegalizadas, como lo son en todas las democracias del mundo. No se les permite participar en ningún tipo de elecciones. Deben ser perseguidas por sus respectivos Estados, bajo el imperio de las leyes nacionales, si los atentados que perpetran tienen lugar el interior de los mismos; y por las leyes internacionales, respetando siempre los derechos humanos, cuando sus actividades criminales trascienden las fronteras. En ningún caso se les ha de permitir la legalidad ni la libre expresión, y mucho menos la participación en elecciones. No hay ninguna contradicción ente permitir la libre expresión de todos aquellos ciudadanos que respetan la ley e impedírsela a aquellos que pretenden asesinar a todo un conjunto poblacional compuesto por inocentes.

Una vez cometido el error de permitir la participación de Hamás en las elecciones, frente al inusitado triunfo de la organización terrorista, Israel se vio enfrentado a una lucha desigual que aún persiste. Hamás, como cabeza de gobierno de la Autonomía Palestina, puede amenazar con asesinar al soldado israelí que secuestró en 2006 y aún mantiene como rehén. Israel, por el contrario, no puede amenazar con tocarle un pelo a preso palestino alguno. Hamás puede amenazar con eliminar masiva y arbitrariamente una cantidad antojadiza de civiles israelíes, todos y cada uno de los que puedan matar sus homicidas suicidas en busca de vírgenes celestiales. Israel no puede más que intentar capturar o matar, si no queda otra opción, a los organizadores y ejecutores de los ataques terroristas, procurando, en el camino, proteger a los civiles palestinos, que son puestos en la primera línea de fuego por los propios militantes palestinos. Y una más, que se ha puesto especialmente de relieve en estos días de fines de mayo de 2007: mientras que los miembros de Hamás envían a su jóvenes a explotarse en pizzerías o lanzan misiles contra civiles y luego niegan haber participado de semejantes atrocidades, en Israel todos y cada uno de los funcionarios, militares de rango y soldados rasos, explicitan sus funciones, declaran sus objetivos militares, asumen las responsabilidades de sus acciones y, como si esto fuera poco, son controlados por comisiones independientes. Todas estas desventajas, propias de cualquier democracia, cobran más envergadura cuando el enemigo cuenta con el consenso popular y la indiferencia aquiescente del resto del mundo.

En los últimos días de mayo de 2007 Israel capturó, respetando todas las normas del derecho nacional e internacional, a 33 terroristas de la organización terrorista (la repetición no es redundante, en este caso) Hamás y grupos asociados. Entre ellos se encontraban el ministro de Educación, Naser al Shaer, el ex ministro Abdel Rahmán Zeidán, los legisladores Hamed Bitawi y Daoud Abu Ser y los alcaldes de Nablus, Qalqilia y Beita, todos ellos con explícitos lazos con Hamás u otras organizaciones ligadas al terrorismo fundamentalista. Por los mismos días, el Ejército del Líbano eliminó, sin dar ninguna explicación, a más de 60 militantes de la organización terrorista Fatah al Islam, compuesta, según las autoridades libanesas, por islamistas saudíes, argelinos, tunecinos, sirios y libaneses, vinculada a la red terrorista Al Qaeda y posiblemente manipulada por Siria.

Mientras que la captura con vida de los 33 terroristas palestinos que ocupan cargos en la entidad terrorista Autonomía Palestina dirigida por Hamás mereció el repudio de la mayoría de los periódicos y de muchos dirigentes del mundo libre, la feroz cosecha en vidas del Ejército libanés mereció el completo apoyo de los mismos gobernantes y apenas líneas de recibo por parte de la prensa democrática.

Los terroristas de la Autonomía Palestina argumentaban su "doble identidad": no sólo quieren matar judíos, también son funcionarios públicos. Por lo que el argumento de quienes los contemplan es: "Si te han votado o te han nominado para un cargo en la Autonomía Palestina, entonces sí, puedes salir a matar judíos impunemente. Pero si quieres matar libaneses, entonces no nos importa tu cargo ni rango: el Ejército libanés sí te puede matar sin partes al respecto. (A no ser que trate de un extraviado libanés judío: entonces podríamos volver a pensarlo)".

Ayer, 27 de mayo, el presidente libanés, Émile Lahoud, advertía a la organización terrorista Fatah al Islam de que no utilizara como base el campo de refugiados palestinos Naher al Bared, así como recordaba a los propios líderes palestinos de Naher al Bared que la responsabilidad del campo recaía en sus manos. No dejó ninguna duda respecto al sentido de su advertencia: el riesgo de que los civiles palestinos corrieran el mismo sino de sus hermanos asesinados a mansalva por el Ejército libanés o las falanges libanesas en las décadas 70 y 80 del siglo pasado.

El Medio Oriente tiene la triste memoria de que, cuando los hermanos árabes deciden emprenderla contra los hermanos árabes, el saldo suele ser negro y sin diarios que lo condenen. Como mucho, saldrán los israelíes a protestar. Lamentablemente, para solucionar el sangriento entuerto con Fatah al Islam, las autoridades libanesas han permitido sumarse como negociador nada menos que a Hamás.

Cuarenta años después de la Guerra de los Seis Días, el Medio Oriente parece condenado a no enterarse nunca. Sin embargo, la receta para su integridad sigue asomando del parche de Moshé Dayán: democracia, prosperidad económica y colaboración entre los pueblos. El día que los palestinos, como dijo Golda Meir, amen más a sus hijos de lo que odian a los judíos, podrán comenzar a tratar de vivir en paz.

Post scriptum: Los recientes sucesos acaecidos en Gaza, esto es, los escarceos de guerra civil entre palestinos, la toma violenta y total del poder por parte de la banda islamista y terrorista Hamás en la Franja y la frágil inauguración de un Gobierno palestino aparentemente opuesto a Hamás en la Cisjordania, encabezado por la banda terrorista Al Fatah, con sus esbirros de los Mártires de Al Quds como ejército, no hacen sino confirmar el lamentable diagnóstico que ofrece este artículo: los Estados no se fundan gracias al terror, sino renunciando completamente a él. MB.



[1] Michael B. Oren, La Guerra de los Seis Días, Ariel, Barcelona, 2003.
[2] No olvidemos, por lo demás, que el enemigo tiene bases terroristas en la Triple Frontera.

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