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La Ilustración Liberal

Reseñas

La China nueva

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Para escribir su Año del Gallo, Guy Sorman, el gran ensayista francés, se pasó un año en China. Llevaba un traductor conocido suyo porque no era cuestión de fiarse de los que proporciona el Gobierno de Pekín. Y, como había dicho que no era periodista, le dejaron más o menos en paz, con un estrecho seguimiento de sus andanzas y encuentros, ni que decir tiene. En un momento dado, las autoridades se pusieron al habla con él. Le dijeron que ni deseaban ni podían impedir que dijera lo que quisiera de su estancia en el país, pero que intentara, dijera lo que dijera, no dejar mal a China, a la nación y a su cultura. Sorman aceptó el consejo. De hecho, ya pensaba enfocar su trabajo así antes de que nadie se lo indicara.

Es una actitud sorprendente por parte de unos apparatchki que no han dudado en destrozar meticulosamente cualquier rastro de una cultura de la que, más que herederos, han querido ser liquidadores. En pocos países se habrá llevado a cabo una destrucción tan sistemática, tan exhaustiva, tan miserable, de cualquier rastro de tradición cultural. Aun así, las autoridades chinas tienen, por lo que se ve, cierto orgullo nacional. Rasgo que les dignifica, en particular en comparación con la frivolidad autodestructiva de las elites progresistas que gobiernan el antiguo solar hispano.

Sorman, con esa mezcla de exposición y reportaje periodístico que tan bien sabe cultivar, alude agudamente a la fascinación de los intelectuales chinos de principios del siglo XX por lo nuevo. Ese esnobismo les llevó a despreciar la oportunidad que ofreció el levantamiento de 1911 y la instauración de la república y les movió a adherirse con entusiasmo a la última novedad en el campo de las tendencias ideológicas: el marxismo. Este esnobismo es un rasgo que las elites chinas comparten con nuestros señoritos progresistas, los del 98, los de la generación del 14 y, luego, los hijos de los franquistas que nos siguen gobernando, con el mismo odio a la libertad que sus colegas y coetáneos chinos. Este paralelismo es una de las grandes sorpresas de El año del Gallo, que encierra muchas otras.

Por ejemplo, el odio a la religión que profesan estas elites, una de las claves para integrarse en ellas. Algo muy parecido ha pasado en España. Cuando Sorman habla de la furia antirreligiosa desencadenada por la dirigencia china y la destrucción de casi todos –se dice pronto– los templos y prácticas religiosos, recuerda la barbarie antirreligiosa de los revolucionarios franceses de 1793 y de los comunistas. Igual podría haber recordado, y quizá con más razones todavía, el genocidio contra los religiosos perpetrado por los llamados "defensores de la legalidad republicana" entre 1936 y 1939, consecuencia de un resentimiento hacia la religión muy parecido a la que aquí describe.

Otra sorpresa es la insistencia de Sorman en la cuestión religiosa. Y es que Sorman comparte en grado sumo ese prejuicio francés que impone una distancia un poco irónica hacia el hecho religioso. Por eso su testimonio es aún más fiable. Una de las imágenes características de China en la mentalidad europea es la de una sociedad sin religión y en buena medida, por eso mismo, sin valores morales. Sorman ni siquiera discute este prejuicio. Hace algo aún más valioso: cuenta lo que ha conocido de los núcleos religiosos que están rebrotando en China (cristianos, budistas, el movimiento Falungong), aclara la raíz de la desconfianza de las autoridades hacia el hecho religioso, que reprime bestialmente, y da alguna pincelada sobre la importancia de los cultos taoístas en la China tradicional, sobre los que se sustenta en buena medida el éxito de la China moderna en Taiwán y en las comunidades residentes en otros países. Sorman subraya, por cierto, algo sabido pero muchas veces olvidado: la profunda relación de las creencias taoístas con la iniciativa empresarial, la semilla de libertad e iniciativa sembrada en los maestros del Tao. Véase a este respeto la alusión, demasiado breve, que David Boaz hace al asunto en su Liberalismo (Gota a Gota).

La insistencia de Sorman en la cuestión religiosa lleva a otra, la de la democratización del País del Centro. En este punto, el autor es inequívoco. En pocos países como en China se ha llevado a cabo un arrasamiento tan sistemático de los valores tradicionales que habrían podido constituir el fundamento de una China libre y democrática. La evolución del régimen hacia la democracia resulta así altamente improbable. Pero, siendo eso cierto, aún queda el rastro de algunos antiguos valores; y, sobre todo, después de un año de viajes y conversaciones, Sorman está convencido que no hay nada que haga a los chinos distintos de cualquier otro ser humano: aspiran, como es natural, a la libertad.

El realismo occidental lleva a aceptar en China atrocidades que no se admitirían en ningún otro país: tráfico de órganos, abortos masivos y obligatorios, infecciones casi planificadas, aislamientos de pueblos y comarcas enteros, emigraciones masivas y obligatorias, discriminación en función del lugar de nacimiento, corrupción sistemática impuesta por los comunistas, entre 3.500 y 15.000 ejecuciones anuales. Sorman, por cierto, recuerda el ritual escándalo que provocan en la "intelligentsia" –por llamarla de alguna manera– francesa las cincuenta ejecuciones capitales que suelen darse al año en Estados Unidos, y el silencio con que esa misma "intelligentsia" acoge las matanzas en China.

La pintura de la especial pobreza en los pueblos chinos, de los que se ha arrasado cualquier rastro de urdimbre social tradicional, resulta sobrecogedora. También viene muy bien, por cierto, el recuerdo que Sorman dedica a las sandeces publicadas por intelectuales europeos como Maria-Antonieta Macciochi y Julia Kristeva: en este punto, no ha querido hacer sangre, y se nota.

No hay por qué aceptar que toda esta brutalidad sea el precio necesario para una presunta transición de China a la democracia, insiste Sorman. China no es ninguna excepción, frente a lo que pretenden hacernos creer los comunistas y se han creído, con más o menos complacencia, los dirigentes y los empresarios occidentales. El país está tan preparado para la democracia como cualquier otro. También en esto, con otra dimensión, hay algún parecido con España. Fuimos excepcionales hasta que quisimos dejar de serlo, y lo estamos volviendo a ser, ahora que una parte del país se ha empeñado en destruir la normalidad constitucional y parlamentaria.

Sorman entiende que no hay por qué interrumpir los intercambios comerciales, ni las inversiones, ni las relaciones con China. Pero es nuestra obligación, la de todos los que aspiran a la libertad, exigir que se empiecen a respetar los derechos humanos. No hay ninguna razón para aceptar en China lo que no se aceptó en su tiempo en la Unión Soviética. Además, los chinos no responden a los aburridos arquetipos que la imaginación europea, sumamente reiterativa en esto, ha venido rumiando desde por lo menos los tiempos de los primeros misioneros jesuitas.

Los libros de Sorman suelen ser, además de instructivos, sumamente entretenidos. Incluyen reflexiones, entrevistas, retratos y apuntes de evocaciones. Los hay para todos los gustos, algunos de ellos memorables, como la escena de la parodia de democracia impuesta por el PC chino en un pueblo del Tibet. Otros son dramáticos, como la conversación con Ding Ziling, la madre de un estudiante asesinado en la Plaza de Tiananmen, que no ha aceptado el silencio impuesto sobre aquel crimen. Falta, aun así, la presencia de los nuevos chinos, que han podido o sabido aprovechar la apertura económica dictada por las autoridades.

Todo lo que dice Sorman acerca del sufrimiento al que está sometida la mayoría de la población china está bien documentado, y en buena parte es nuevo. Queda una gigantesca clase media, de entre 300 y 400 millones de personas, que en este libro permanece en la penumbra. Los activistas, los intelectuales, los políticos son importantes. No lo son menos todas estas personas, empresarios grandes y pequeños, asalariados, propietarios, profesores, que sin duda forman parte de los cuatro millones que votaron, en un ejercicio de auténtica democracia, a Li Yuchun, la triunfadora de la Operación Triunfo china. Li Yuchun, que canta en inglés y en español, no responde a los cánones estéticos y de comportamiento que quiere seguir manteniendo el partido comunista. Sorman concede la importancia que se merece a este acontecimiento.

Valdría la pena haber traído a primer plano a algunos de sus protagonistas y preguntarles a ellos, que son los mejor situados para responder, acerca de la realidad de los miedos occidentales: ante el nacionalismo chino, ante los gastos militares chinos, ante la competencia económica china. En cualquier caso, Sorman no rehuye estas cuestiones y proporciona una opinión moderadamente confiada en China, bien argumentada.

Por último, un consejo: si quieren conocer de verdad China, sigan la recomendación de Sorman. Visiten Pekín y Shanghai, pero no dejen de ir allí donde se ha conservado el pasado y donde se encuentra el futuro del país. Estoy hablando de Taiwán.

Guy Sorman, El año del Gallo. Chinos y rebeldes, Gota a Gota, Madrid, 2007, 350 páginas.

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