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La Ilustración Liberal

Reseñas

Anatomía de un resentido

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La biografía de Manuel Azaña que José María Marco dio a la imprenta en 1998 y que, revisada y actualizada por el autor, publica ahora Libros Libres es sin duda un documento esencial para comprender a uno de los pocos políticos españoles que, al menos hasta hace unos años, concitaba el mismo grado de adhesión en todo el espectro político. Y ello a pesar de que también muy pocas figuras históricas acumulan tantos méritos para ser objeto, como mínimo, de un piadoso olvido. Su grave responsabilidad en la crisis nacional que desembocó en la Guerra Civil está fuera de cualquier duda, como han acreditado sobradamente los estudios historiográficos más recientes. Su visión política no sólo fue escasa, sino que, y esto es lo peor, estuvo lastrada por unos apriorismos inflexibles producto de su personalidad, torturada desde la infancia. Y es que Azaña, como escribe Marco, tenía "una conciencia de sí mismo macerada en una culpa inexpiable, de las que no admiten confesión ni alivio ni reconciliación" (pág. 33).

Los primeros signos de la extraña psicología del personaje se detectan en sus actitudes juveniles, pero es tal vez su novela El jardín de los frailes lo que da una medida cierta de la hondura de esa especie de herida emocional que informaría todos sus actos, hasta el final de su vida. En esa obra Azaña pinta un retrato atroz de la enseñanza religiosa, con unos personajes siniestros más preocupados de torturar a los escolares que caían en sus manos que de transmitir conocimientos y valores. Azaña, que estudió con los agustinos de El Escorial y no disimula el perfil autobiográfico del libro, olvida intencionadamente que entre quienes le educaron había, por ejemplo, penalistas de prestigio y autores de importantes estudios sobre Historia de la Literatura. En realidad, la impresión es que habría dado lo mismo que se hubiera educado en una institución laica de costumbres pedagógicas más avanzadas: su opinión sobre su infancia y todo lo que la rodeó hubiera sido seguramente idéntica.

La frivolidad intelectual es otra característica del personaje, de la que daría abundantes muestras a lo largo de su vida pública. Durante la grave crisis del 98 Azaña, que debido a su posición social se libró de ser enviado a la guerra, se mofa en sus escritos del compromiso patriótico de los españoles que entregaban su vida en Cuba y Filipinas. Según su correspondencia, esos meses los dedica principalmente a ir de putas (sic) y a los toros, aunque al final, como en tantas otras ocasiones, acabe completamente harto de una situación "en la que hay que divertirse por huevos". Mientras Azaña dedicaba sus esfuerzos y su intelecto a cuestiones tan prosaicas, España firmaba el Tratado de París, con el que se ponía punto final al Imperio. Años más tarde, en Italia nacería el fascismo y en Rusia se asentaría el régimen comunista, los dos movimientos políticos que provocarían el nacimiento de una nueva realidad europea tras la I Guerra Mundial. Don Manuel, a pesar de su prestigio como intelectual de la política, no dedicó una sola línea ni un somero análisis al estudio de estos fenómenos de masas, que tanta repercusión tendrían en la historia de la Humanidad. En aquellos años, mediados de la década de los 20, su única aportación al campo de la filosofía política se resume en su tesis de que "hay en esencia dos modos de gobernar a un pueblo: el absolutismo irresponsable, verdadero antiguo régimen, o sea, el que precedió en la Europa continental a la Revolución Francesa, y el liberalismo democrático". Sorprende que, a la vista de la realidad, cierta historiografía siga incensando la visión política del personaje.

Azaña no tuvo jamás un proyecto homologable con la tradición filosófica liberal. Su idea de la política no es la defensa de la libertad individual frente a la tiranía de las masas, sino la confianza en esas mismas masas... siempre que estén por él dirigidas. Y ello a pesar de que en sus textos abundan los gestos de desprecio hacia las multitudes, cosa nada rara, pues casi ningún aspecto de la realidad –o personaje contemporáneo– se libró de sus crueles sarcasmos.

Con el fin de la "Dictablanda", Azaña, que ya se movía en los círculos republicanos a través del grupo de Melquíades Álvarez (por cierto, meticulosamente asesinado por los socios políticos del alcalaíno siendo éste presidente), se incorpora –no sin cierto recelo– a la intentona republicana de la que formaba parte el pronunciamiento de los capitanes Galán y Fernández en Jaca. Su misión era esperar a que se produjera la prevista manifestación de las milicias en el centro de Madrid para encabezar un grupo y tomar el Ministerio de Gobernación. Afortunadamente para el alcalaíno, cuyo ardor guerrero era perfectamente descriptible, no tuvo ocasión de probar sobre el terreno sus dotes militares, pues el levantamiento, como es bien sabido, fue un completo fiasco que acabó con los instigadores de la conspiración en la cárcel o en el exilio. Todos menos Azaña, que se las apañó para ocultarse y seguir cobrando su sueldo mensual como funcionario del Estado.

Con la llegada de la II República aparece también el Azaña más sectario, capaz de sacrificar toda posibilidad de crear un modelo duradero de convivencia con tal de mantener el poder. Siendo ya presidente del Gobierno, en sus arengas a las masas apelaba continuamente a "la revolución que nosotros estamos en trance de realizar", a "la demolición de todas las partes viejas de la sociedad española" o a "la destrucción de todo lo podrido", dejando al criterio del oyente la identificación de aquello que debía ser eliminado. Tiempo tendría, años más tarde, de lamentarse; quizás sorprendido de que los líderes de la izquierda, sus socios en el poder, aplicaran ese programa hasta sus últimas consecuencias.

Durante la II República Azaña dio también abundantes muestras del carácter utilitario que para él tenía la democracia. La República sólo era buena si gobernaban los suyos, como la democracia actual sólo es aceptable si gobiernan los autodenominados progresistas; que en eso, como en tantas otras cosas, la izquierda no ha evolucionado. Fruto de esa íntima convicción y de su falta de escrúpulos son los intentos de golpe de estado en que interviene, de forma principalísima. El primero lo pone en marcha cuando las derechas ganan las elecciones de noviembre de 1933. En ese momento el alcalaíno presionará hasta límites indecorosos al presidente de la república para que no convoque las Cortes Generales y organice un nuevo proceso electoral. El segundo en importancia, de cuya existencia no queda duda gracias a los trabajos historiográficos de Pío Moa, ocurre en octubre del 34, cuando, en plena revolución golpista de la izquierda, Azaña permanece en Barcelona a la espera de que el levantamiento tenga éxito, dispuesto a encabezar la rebelión en el momento en que perciba garantías suficientes de que llegará a buen puerto. Por en medio de ambas hay numerosas intrigas partidistas, encaminadas a llevar al poder a quien las urnas se lo niegan, en las que Azaña tuvo también un papel destacado.

Tan sólo al final, cuando España se desangra en plena guerra civil, parece Manuel Azaña hacer gala de un decoro político que nunca antes había exhibido. Escandalizado sinceramente por los abusos de todo tipo protagonizados por sus correligionarios del Frente Popular, su relato de esta última etapa es demoledor. Es cierto que nunca llegó a hacer un profundo acto de contrición, ni reconoció en toda su extensión la responsabilidad que le cupo en la Guerra Civil; sin embargo, el sincero sufrimiento que le produjo la tragedia española le llevaría a la muerte en el exilio. Sirva este último drama personal como elemento redentor del personaje. Eso, y su magnífica prosa, que hace que su obra memorialística sea un hito literario aún no superado, medio siglo después. Quien quiera saber lo que ocurrió realmente en el frente progresista durante su etapa más negra tiene que leer a Manuel Azaña, pero antes tiene que hacer lo propio con este libro capital de José María Marco.

No es casualidad que la izquierda actual prefiera tener a D. Manuel secuestrado en un pedestal prefabricado, a salvo del escrutinio de los curiosos. Si leyeran lo que opinaba de los antepasados cuya herencia política con tanto orgullo reclaman, no tardarían ni un segundo en condenar su memoria al ostracismo. Por cierto: no sería la primera vez que lo hicieran.

José María Marco, Azaña, una biografía, Libros Libres, Madrid, 2007, 369
páginas.

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