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La Ilustración Liberal

Guevara o el extravío de un fanático

A menudo suelen preguntarme si el Che Guevara era de verdad un asesino, o si es cierto que nunca llegó a terminar la carrera de medicina, o si como ministro fue tan desastroso como dicen muchos cubanos, o, directamente y sin rodeos, si fue Fidel Castro el responsable de su muerte en Bolivia.

Lo cierto es que, efectivamente, Ernesto Guevara de la Serna, que es como se llamaba el Che, fue un asesino. Un asesino político para más señas, modalidad ésta que en España nos conocemos al dedillo. Como tantos otros en el siglo XX, mató con sus propias manos u ordenó a un pelotón de fusilamiento hacerlo porque creía firmemente que era su deber de revolucionario. El comunismo, como error intelectual y enfermedad moral de primer orden, tiene estas aberraciones y opera estos cambios en la conducta de individuos aparentemente pacíficos y resueltamente heroicos, al menos en la peculiar concepción de heroísmo que guardan para sí los que pretenden cambiar el mundo a punta de pistola.

También es cierto el persistente rumor que deja sin título de médico al galeno más celebrado de la izquierda latinoamericana, quizá de la mundial. Lo más probable es que nunca terminase la carrera, y no porque le hubiese dejado de gustar la medicina, sino porque en aquellos años juveniles tenía otras prioridades más urgentes que atender. Prioridades como, por ejemplo, embarcarse a lomos de una motocicleta en una aventurilla con un amigo que le llevó por buena parte de Sudamérica en un viaje fascinante.

Hacer esto, obviamente, no es ni mejor ni peor que estudiar una carrera. Una carrera inconclusa que, dicho sea de paso, nunca le daría de comer pero que le permitió enrolarse como teniente médico en la expedición del Granma, la misma que trasladó de México a Cuba a Fidel Castro y a sus guerrilleros en noviembre de 1956. Si lo primero, lo de no estudiar, no era ni mejor ni peor; lo segundo, lo de hacerse pasar por médico, fue bastante peor que mejor. Al final no ejerció de médico en Cuba. Quizá porque carecía de los conocimientos suficientes o quizá porque apretaba mejor y con más soltura el gatillo de un revólver que el émbolo de una jeringuilla.

Como ministro fue un desastre sin paliativos, un desastre superlativo y total, una calamidad que dejó la industria cubana hecha unos zorros. Guevara fue casi con toda seguridad el peor ministro de la historia de Cuba, o incluso, yendo aun más lejos, el peor ministro que han padecido todas las naciones hispanohablantes del planeta, que no se han caracterizado precisamente por tener ministros de altura.

Antes de que le cayese en suerte el ministerio había sido gobernador del Banco de Cuba, a pesar de que no tenía ni idea de banca, ni de bancos, ni de divisas, ni de nada que remotamente tuviese que ver con las finanzas. Un antiguo subdirector del Banco de Cuba, que tuvo la mala pata de trabajar junto al Che, me confesó hace unos años que el revolucionario de la boina era muy aguerrido y muy echado para delante pero que confundía el Fondo Monetario Internacional con el Banco Mundial. Con eso creo que está dicho todo. Con eso y con los billetes de peso cubano que, con garbo y desenfado, dio en firmar directamente con el mote, es decir, que puso "Che" y se quedó tan ancho.

En el Ministerio de Industria se ejercitó del mismo modo pero con más poder y con más presupuesto, empezando por el propio ministerio, que fue inventado ad hoc para el Che Guevara. Dilapidó a placer durante años en estúpidas quimeras como hacer de Cuba una potencia siderúrgica que dejaría pequeños los altos hornos de la cuenca del Ruhr. Entretanto, la producción agraria se hundió, y eso que puso a trabajar a todo quisqui en domingos de trabajo presuntamente voluntario, en los que hasta los contables eran obligados a recoger azúcar. Y nadie podía librarse, porque bajo su mandato el derecho de huelga quedó derogado definitivamente. Tanto desbarajuste condujo a lo inevitable: a las cartillas de racionamiento, privilegio revolucionario que sigue vigente en la Isla cuarenta años después.

Hasta en Cuba, que es por méritos propios el país del despropósito, se dieron cuenta de los estropicios de su ministro y fue cesado después de cuatro años de desvarío. Fue entonces cuando comenzó una huida hacia delante que finalizaría dramáticamente en el pueblo boliviano de La Higuera.

No sabremos nunca si Fidel Castro le envió a Bolivia o fue una peregrina idea suya, como la del Congo, que terminó como el rosario de la aurora, ante la indiferencia de sus padrinos cubanos. Lo que sí sabemos es que para entonces el Che era ya un tipo bastante incómodo que no hacía más que incordiar, poniendo de uñas a los soviéticos con sus enredos y su pose de iluminado.

Lo suyo terminó como tenía que terminar lo que había empezado mal. Un aventurero reconvertido en fanático cuyo único objetivo era hacer del mundo un lugar a la medida de sus prejuicios. Quiso crear un hombre nuevo imponiendo su parecer por la fuerza y no lo consiguió. Quiso cambiar el mundo con un fusil tratando de persuadir a los campesinos de que él sabía mejor que ellos lo que les convenía y murió en el intento. Su enemigo no fue el imperialismo, ni la injusticia, ni siquiera Fidel Castro. Su enemigo fue el sentido común, que, por la naturaleza misma del ser humano, siempre e inevitablemente termina triunfando.

(Libertad Digital, 9-X-2007)