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La Ilustración Liberal

Reseñas

Un regalo para católicos antiliberales

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El título escogido por Ciudadela para la versión en español de esta obra de Thomas Woods puede llamar a engaño, hacerla parecer destinada casi, casi a anarco-capitalistas deseosos de la desaparición del Estado. En realidad, está pensada para católicos antiliberales pero de derechas. Para un Juan Manuel de Prada, pongamos. Eso sí, presupone que el lector está honestamente interesado en conocer las razones que tienen los católicos liberales para sostener su postura, lo que seguramente elimine al servil preferido de José Carlos Rodríguez de la lista de posibles lectores de Por qué el Estado sí es el problema. En definitiva, como dice el profesor Juan Velarde en el prólogo, este ensayo está destinado a personas como el obispo con el que mantuvo la siguiente conversación:

– ¿Y cómo puede ser que las leyes económicas señalen que eso es lo que sucederá? Me parece que va siendo hora de que se cambien esas leyes económicas que tanto daño hacen a esta medida en pro del bienestar de los obreros.
– ¡Señor obispo! Creo que antes debe procurar cambiar otra ley que origina daños, a veces terribles, a los obreros. Piense en la cantidad de obreros fallecidos, inválidos, heridos, que origina de modo continuo cierta ley.
– ¿De qué ley habla usted?
– Pues de la ley de la gravedad, que por supuesto en la industria de la construcción, y en otras muchas, causa dolores terribles.
– Pero es que ésa es una ley diferente, de la física.
– No, es una ley implacable, pero no menos implacable que las que actúan en el ámbito económico.
– No me ha convencido.

Convencer a ese obispo y a otros muchos que creen que las leyes económicas pueden ser torcidas por meros actos de voluntad de los gobernantes es quizá el objetivo principal de Por qué el Estado sí es el problema. Para ello, Woods hace una buena labor de divulgación de las tesis de la Escuela Austriaca de Economía, que, como señala aquél, es quizá la que más se acerca al modo de ver el mundo de los católicos. Los austriacos ponen el hombre, su capacidad de actuar y su libre albedrío, en el centro de su análisis. No se dedican a hacer funciones matemáticas o agregados y sacar luego conclusiones, sino que, a la hora de hacer deducciones, parten del axioma de que el hombre actúa, de que tiene fines y de que se sirve de medios para alcanzarlos.

Woods considera fundamental establecer que existen las leyes económicas, y que el hecho de que no sean matemáticas ni cuantitativas, sino verbales y cualitativas, no las hace menos ciertas. Es decir, que aunque no podamos predecir que un aumento de 100 euros en el salario mínimo vaya a hacer subir el paro en una determinada cifra, sí podemos afirmar con seguridad que con dicha medida habrá menos personas trabajando que si no si hubiera introducido. Y que esas realidades son las que hay que tener en cuenta. Se puede apoyar tal o cual medida, pero sabiendo cuáles serán sus consecuencias reales y completas. Es decir, hay que evitar razonar como el obispo del que habla Velarde. Teniendo esto en cuenta, se puede seguir apoyando que el Estado actúe en determinados ámbitos, pero de una manera despierta y crítica.

En cualquier caso, la principal originalidad de este ensayo es el lugar desde donde se formulan las críticas. Es frecuente encontrar libros de divulgación críticos con Keynes y sus sucesores, y no digamos ya con Marx. Pero Woods se centra tanto en las encíclicas de la Doctrina Social de la Iglesia, que critica con suma delicadeza, como en aquellos autores y teorías que han tenido una especial importancia en su elaboración. Para él, someter a escrutinio las afirmaciones de ciertos papas en materia económica no supone censurarlos como cabezas de la Iglesia: "Por grandes que fueran, por el mero hecho de ocupar la silla de San Pedro no heredaron una perspectiva económica superior a la que pueda poseer cualquier persona inteligente".

Destaca por su extensión, pues le dedica un capítulo entero, la crítica que hace de la escuela distribucionista de Chesterton y Belloc, quienes, apoyando en parte la existencia del mercado, criticaban la concentración, las grandes cadenas de almacenes y las grandes empresas en general porque, decían, producen inseguridad e insatisfacción en los trabajadores. Así las cosas, abogaban por que las empresas fueran sometidas a impuestos cada vez más altos a medida que fueran creciendo, con lo cual pretendían favorecer a los pequeños negocios.

Para Belloc, habría que llegar al punto de que todo individuo pudiera ser autosuficiente viviendo en una pequeña propiedad con unas tierras que le procuraran el alimento necesario; una vez asegurado su sustento, podría incluso ejercer una actividad económica. La respuesta de Woods no puede ser más contundente: si las ventajas de tal situación fueran tan importantes, la gente viviría de esa manera... en un mercado libre, pues nada hay en éste que lo impida. Pero las ventajas de la división del trabajo y del conocimiento son tan altas que, aun teniendo en cuenta las posibles virtudes de la utopía distribucionista, compensan las hipotéticas pérdidas en términos de bienestar.

Aunque la de Belloc es la más radical dentro de su escuela, la crítica es igualmente aplicable a otras propuestas, porque en definitiva todas ellas atacan la base misma de nuestra prosperidad, que nos proporciona, entre otras cosas, mayores grados de seguridad frente a cualquier contingencia, además de numerosas satisfacciones.

Quizá las mejores partes del libro sean las que describen los problemas sociales y morales aparejados a diversas políticas estatalistas; en buena medida porque puede que sea la mejor manera de convencer a un lector católico de lo dañinas que son. Así, Woods explica que las ingentes cantidades de dinero dedicadas a la ayuda exterior han tenido como consecuencia una mayor politización de los países receptores, pues han hecho aún más suculento el control del poder en los mismos. El uso que los gobernantes han dado a las ayudas les ha servido para hacerse todavía más ricos y asegurarse el mando; las han repartido no entre los necesitados, sino entre sus seguidores. En muchos casos, la ayuda ha sido, más bien, una piedra enorme en el camino a la prosperidad de los países receptores.

Pero cuando más destaca esta crítica es cuando Woods aborda los efectos devastadores del Estado del Bienestar sobre las sociedades occidentales. El mejor resumen es la anécdota que recoge de Wilhelm Röpke:

Hace poco, una miembro de la Cámara de los Comunes describió conmovedoramente la difícil situación de su padre para demostrar lo insuficiente que es todavía el Estado de Bienestar. Pero eso no es prueba de la urgente necesidad de ayuda pública; es un alarmante indicio de la desaparición de sentimientos naturales en el Estado de Bienestar. De hecho, la dama en cuestión recibió la única respuesta adecuada cuando otro miembro del Parlamento le dijo que debería avergonzarle que su padre no estuviera bien atendido por su propia hija.

Es especialmente demoledor el relato que hace Woods de la caída de las tasas de fertilidad en Suecia según iban desapareciendo las ventajas económicas que obtenían los padres de tener hijos (especialmente, el soporte en la vejez), mientras los costes se mantenían. La solución socialdemócrata fue, naturalmente, que el Estado se hiciera cargo de los referidos costes. Pero, claro, la conclusión lógica de ello era: ¿para qué sirve entonces la familia, si el ámbito de protección de los menores es el Estado y no el creado por los padres? En 1990 más de la mitad de los nacimientos en Suecia tuvieron lugar fuera del matrimonio.

En estas páginas también se critica los programas que hay en Estados Unidos de ayuda al empleo o a las madres solteras. Los grandes programas educativos para desempleados han sido estrepitosos fracasos porque no han tenido en cuenta un factor: que, en muchos casos, son los propios parados los responsables de su situación, que las ayudas económicas –que en algunos estados superan el sueldo de empleos respetables– no hacían sino perpetuar. Así, Woods da cuenta de gente que ni siquiera terminaba cursos que costaban más que un semestre en Harvard. Por otra parte, las ayudas, tanto económicas como en forma de guarderías gratuitas, a las madres solteras han contribuido a que se vea el embarazo adolescente como algo normal; se ha eliminado el estigma que pesaba sobre él y se ha hecho que sea considerado una opción más, pese a las devastadoras consecuencias que suele tener para el niño que viene al mundo en esa situación, mucho más propenso a tener problemas psicológicos o de comportamiento, a rendir deficientemente en la escuela e incluso al suicidio. En EEUU, los nacimientos fuera del matrimonio han crecido del 5 al 28% en general y del 23 al 62,5% entre la población negra.

En definitiva, este libro es una excelente forma de iniciar a los católicos socialcristianos en la forma de ver las cosas que tenemos los liberales. Especialmente porque da por sentado que el lector tiene buenas intenciones y hace ver que el pensar de otra manera no significa que quien lo hace las tenga malas (las intenciones, se entiende). El tono mesurado y el respeto de Woods a las posiciones que critica hacen que sea un buen regalo para esos amigos cristianos con los que discutimos de estas cosas. Pero, claro, siempre y cuando tengan interés por saber más y la mente abierta.

Thomas E. Woods Jr., Por qué el Estado sí es el problema, Ciudadela Madrid, 2008, 368 páginas.
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