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La Ilustración Liberal

América

Con Borges en el país de Macri y Fernández

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Este breve artículo responde a un amigo español, liberal, quien, al conocer el resultado de las elecciones del 11 de agosto en la Argentina, me deja un mensaje de voz en el móvil en el que me interpela:

Decidme: ¿qué habéis votado? ¡Pero qué habéis votado! Que no salgo de mi desolada sorpresa.

Está escrito desde el llano, por alguien que anda entre gente distinta y variada. Gira en torno a la situación política y económica, desde la perspectiva de un análisis cultural, tratando de dar cuenta al público extranjero de lo que sucede en la Argentina; un país muy interesante para el análisis político, económico y cultural, pero poco recomendable para vivir en él.

¿Qué pasó en las PASO?

Las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO)eron creadas en 2009 con dos objetivos básicos. El primero, definir qué partidos están habilitados para presentarse a las elecciones nacionales –según la ley, aquellos que obtengan al menos el 1,5% de los votos válidamente emitidos en el distrito correspondiente–. Pero tienen principalmente el carácter de una interna abierta, que define la lista que representará a cada partido político en cada lugar, permitiendo a cualquier ciudadano participar en la interna de cualquiera de ellos.

El asunto con las PASO del pasado 11 de agosto es que, mayormente, no presentaron distintas corrientes internas de cada partido, sino una boleta única (salvo, en algunos casos, para cargos menores o locales. Por ejemplo, en el partido de Lanús, provincia de Buenos Aires, se presentaron cinco sub-lemas peronistas). Lo que convirtió una elección interna, previa, de candidatos internos que competirían por los distintos partidos en una competición abierta, directa, entre los candidatos de distintos partidos.

Para agravar las cosas, el triunfo del peronismo, reunificado bajo el lema Frente por Todos, sobre el PRO, por nada menos que quince puntos (47% contra 32%), dejándole muy cerca de la cifra necesaria para acceder a la Presidencia de la Nación en una primera y definitiva elección general, sin necesidad de una segunda vuelta, terminó de transformar una elección meramente previa en una prácticamente definitiva.

“Muchacho, que por que la suerte quiso…”

El macrismo, representado en el partido Propuesta Republicana (PRO), fue la única alternativa viable que tuvo el votante opositor al kirchnerismo en las elecciones presidenciales de 2015. No hubo otra que pudiera oponérsele realmente. Y, de hecho, el triunfo del PRO fue muy ajustado.

Esa fue la suerte que tuvo el rejunte de opositores en la alianza Cambiemos. Llegaron a la Presidencia de la Nación y al Gobierno de tres provincias –Buenos Aires, Jujuy y Mendoza– por el desgaste, el cansancio y, más que nada, el hartazgo y el miedo a lo que podría ocurrir por culpa del autoritarismo del Gobierno precedente. Así como por un estancamiento en el plano económico.

No arribaron al Gobierno de la Nación tanto por mérito propio como por demérito kirchnerista.

Es lógico que, visto desde afuera, desde España, frente a Cristina Fernández, Mauricio Macri aparezca como, visto desde afuera, desde Argentina, aparecía Mariano Rajoy frente a José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, como una salvación frente a un gobernante que llevaba el país al desastre. Visto desde adentro, Mauricio Macri aparece como Mariano Rajoy visto desde adentro: como alguien que no hizo las cosas que las circunstancias requerían.

Macri fue una decepción para gran parte del electorado argentino. No sólo en lo político sino, sobre todo, en lo económico. Basta consultar el gráfico de la evolución del dólar contra el peso en los últimos veinte años para comprobar la acelerada devaluación de la moneda nacional que se ha producido durante su presidencia. A lo que se pueden sumar otras variables.

Tan atento a eso que comúnmente se llama “los mercados”, a relacionarse con ellos y esperar sus favores, el candidato del PRO olvidó que quien decide en una elección a presidente es el mercado electoral, en el cual se tiene que competir –como en cualquier mercado– con otros productos ofrecidos al consumidor, y es éste el que finalmente elige. Pendiente de los mercados externos, no atendió a los efectos que estaba produciendo en el interno. Y éste reaccionó como suele hacer en tales circunstancias: emitiendo un voto de rechazo.

En efecto, el hundimiento que su política económica produjo en el mercado interno, ese que los miembros del PRO soslayaron despectivamente, le pasó factura en las PASO.

Buena parte del 40% del electorado que define el resultado de una elección presidencial en Argentina (ocupando tradicionalmente posiciones variadas, de centro, moderadas; el otro 60% vota al peronismo o a su alternativa a partes iguales y de manera prácticamente automática), lejos del espinoziano nec spe, nec metu, votó con mucho miedo a lo que la continuidad del actual Gobierno puede depararle en el plano económico, y con una pequeña esperanza de que el peronismo le dé un alivio. Más que votar a Fernández, botó a Macri.

“… y no sabes lo que es secarse en una timba y armarse, para volverse a meter”

Para el común de la gente, para la mayoría de los argentinos –con independencia de lo que votara–, lo peor no fue el resultado de esta primera instancia de las elecciones, sino los tres días de incertidumbre que le siguieron. Hasta que, tal vez por la intervención del candidato opositor, provisorio triunfador mayoritario, las cosas se tranquilizaron un poco.

El problema fueron los dos discursos que Macri, como presidente candidato a presidente perdidoso, pronunció. En el primero culpabilizó, apenas veladamente, a la población por la subida del dólar –que devaluó el peso en un 30% en un solo día–; por no haberle hecho vencedor de las PASO. Cuando probablemente se debiera a la inoperancia del Gobierno, que no aplicó las acciones correspondientes que estaban a su alcance. En el segundo pidió un entrenado perdón (como dijo un analista en comunicación: “No se pide perdón leyéndolo del teleprompter”), hizo un giro discursivo superficialmente conciliador y continuó insistiendo en trabajar para el triunfo en las generales, aunque los números desde luego no le eran favorables.

Ambos lo convirtieron, salvo para los oídos de necesitados creyentes y receptores muy ingenuos, en un presidente literalmente increíble. Y lo mismo vale para el resto de los integrantes de su coalición en cualquier instancia de gobierno, que enseguida pronunciaron discursos en los aparecían dispuestos a atender la demanda de los votantes.

¿Sólo el peronismo puede gobernar la Argentina?

Quisiera, por anteúltimo, hacer una reflexión de fondo, para situar en un cuadro retrospectivo la situación actual.

Se dice habitual, resignada y –a mi gusto– muy livianamente que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina. Este dicho es cuestionado por su negación esperanzada, también muy liviana y no demostrada.

Lo cierto es que, desde la reinstauración de la continuidad democrática en el país, en diciembre de 1983, las tres alternativas al peronismo que han gobernado fracasaron, y lo hicieron sobre todo y groseramente en lo económico.

En los años 80, el Gobierno del radical Raúl Alfonsín, votado contra el peronismo –que seguía sin renovarse y aparecía como capaz de repetir el desastre político y económico que llevó a la saliente dictadura militar–, tuvo que entregar seis meses antes la Presidencia en medio de una crisis hiperinflacionaria y de gobernabilidad. En la década de los 90, el también radical Fernando de la Rúa, votado contra el peronismo menemista –el cual, sin tener mayores problemas en lo político, insistía en un política económica estancadora–, tuvo que abandonar el Poder Ejecutivo de la Nación dos años antes de terminar su mandato constitucional en medio de una crisis de gobernabilidad y un estancamiento económico insoportable. La foto de su salida en helicóptero de la Casa Rosada se transformó, de ahí en más, en la escena temida por los todos presidentes electos.

Ya en la segunda década del s. XXI, el Gobierno de Mauricio Macri, votado contra el kirchnerismo, operó ineficazmente sobre la economía. Al punto tal que gente que no tiene simpatías por el peronismo y que le hubiera dado su voto se lo negó. Está más que claro que, si alguna alternativa al peronismo quiere resultar exitosa en un futuro, debe poder lidiar exitosamente con la política económica; de lo contrario está condenada, irremediablemente, al fracaso.

El Borges oral de los taxistas y la recurrente crisis política y económica

Hay un Borges oral, el de las declaraciones periodísticas, que conoce el común de la gente que no lo leyó; el de los taxistas que lo transportaban por la ciudad de Buenos Aires y se negaban, casi sistemáticamente, a cobrarle el viaje. Uno humorístico, risueño, cotidiano, juguetón, aparentemente vano. De frases notables que no son tomadas en serio... aunque se debería.

Hay que ver hasta qué medida esas frases, dichas al pasar, en tono de broma, hechas leves por el propio Borges, remiten a una profunda interpretación del mundo fuera de su mundo, que poco le interesaba y al que el escritor soslayaba en vida. Y sobre todo las que se refieren al campo político, tema que por su desagrado el escritor descartaba de su vida, si bien no podía dejar de sufrirlo.

Relacionadas con la situación actual, ante su apremio, para socorro y consuelo, han acudido en los últimos tiempos, espontáneamente, muchas a mi memoria.

Hay una, poco y nada conocida, de la cual me he enterado hace poco, que me parece reveladora de la última componenda electoral del peronismo: “Los peronistas no existen, son gente que se hace pasar por peronista porque le conviene”. ¿De qué modo más conveniente se puede dar mejor cuenta de la variedad de personas y tendencias que se ha unido en torno a la dupla presidencial, empezando por ella misma? Podemos decir, de paso, que el juego de la polarización, al que, para mantener su supremacía entre el electorado no peronista, jugó Mauricio Macri, hizo posible la actual unión del peronismo, que, para mantener su supremacía entre el electorado peronista, había desunido Cristina Fernández.

Con respecto a su anarquismo, Borges manifestó que era posible una sociedad así dentro de doscientos años. Los periodistas que lo entrevistaban para una revista de actualidad a principios de la década del setenta, apostando a la entonces muy de moda solución socialista, impacientados pretendieron azuzarlo: “Pero… ¿y mientras tanto?”. La respuesta, parsimoniosa, impasible, no se hizo esperar: “Mientras tanto: ¡jodernos!”.  Mucho más profunda fue la declaración expresada en otra ocasión sobre el mismo tema: “Alguna vez mereceremos no ser gobernados”. Lo que remite al carácter de los sujetos históricos el mérito de determinada situación, más que a su circunstancia fáctica.

Aquí en la Argentina es tradicional la reunión para almorzar, merendar o cenar con la familia o con amigos luego de haber emitido el sufragio, mientras se esperan los resultados de la elección; se trata, pues, de ocasiones de un carácter festivo que no suelen tener las fechas patrias y sólo tienen también los partidos de la selección nacional de fútbol.

Mientras cenábamos y mirábamos la televisión en una reunión familiar típica postvotación, enterándome del resultado del resultado de las PASO, me surgió una frase automática de los labios: “Alguna vez mereceremos no ser gobernados por peronistas”.

¿Y mientras tanto? Mientras tanto: Macri y Fernández. O, para ser históricamente justos, desde la instauración de la continuidad democrática: Alfonsín, Menem, Menem, De La Rúa, los cinco presidentes en dos días, Duhalde, Kirchner, Kirchner, Kirchner, Macri, Fernández.

Pero hay una frase fatal que acude a mi memoria particular e insistentemente en estos tiempos. En un reportaje de mediados de los años ochenta, consultado sobre la situación económica imperante –la cual, como es habitual, no era buena–, y con respecto a la última tiranía militar, el periodista interpeló incrédulo a Borges: “Pero… ¿podemos estar peor de lo que estamos?”. La historia del país en los poco más de treinta años pasados desde entonces hasta ahora le han dejado al ciudadano promedio argentino la misma sensación –aunque no la manifieste en los mismos términos– con que el escritor le respondió al entrevistador. De manera escueta, Borges construyó una frase resignada y terrible: “Podemos seguir hundiéndonos infinitamente”.