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La Ilustración Liberal

España

Benito Pérez Galdós: episodios no plurinacionales (2)

Se sabe de sobra que la prensa es la inmediata fuente de ingresos de los escritores, aquélla que les alivia la primera sed. En ausencia de adelantos editoriales, no queda vivir sino de los periódicos, de colocar colaboraciones por aquí y por allá con cuyos pagos garantizarse el puchero. Pero es que además frecuentando las redacciones es como hasta hace no mucho se conocía a las otras figuras –pujantes o consolidadas– del panorama literario, a los críticos de prestigio, a los editores con posibles. Galdós, como tantos otros narradores de genio, antes que novelista fue redactor de crónicas. Cuando aún decía estar estudiando derecho, colaboraba en La Nación y en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa. Al final, de tanto hacer novillos en las cátedras para asistir a los estrenos y brujulear por los rotativos, le cancelaron la matrícula y le privaron del derecho a examen.

Cronista político y político cronista

Esta labor de cronista, de hombre atento a la actualidad, es acaso una de las más reveladoras sobre la postura de cualquier literato. En los artículos de Galdós prima el análisis sobre la noticia, el fondo sobre la superficie, la enfermedad sobre sus síntomas. La disección de los hechos se sobrepone a los ejercicios de estilo. Cierto que se alimentan de la actualidad de la época, pero, aun siendo sus artículos trabajillos volanderos de pane lucrando, son también crónica imperecedera de una hora de España.

Mejor que en ninguna otra recopilación de escritos, en ellos puede palparse la evolución de sus ideas, el desmoronamiento de su posición templada hacia la política y hacia lo política, también la paulatina descomposición de su ánimo. Leídas en orden cronológico, todas estas glosas vendrían a conformar su novela última, la extensa novela de un no menos extenso desengaño político que a saber cuánto tuvo de desengaño íntimo y personal.

No le falta clarividencia al Galdós columnista. Sabe ser irónico y culto, mordaz y ponderado. Comprende con fineza la urdimbre política del turnismo, la necesidad de entendimiento y concordia, el apuntalamiento de la reformulación nacional. Su lectura hoy es fuente imponderable de enseñanzas. Porque Galdós, humano y demasiado humano, también se dejó arrastrar a última hora por la decepción insalvable, por el derrotismo, por ese derrotismo que hace buscar la fe en nuevas utopías a fin de sobreponerse al desvanecimiento de las pulverizadas ilusiones.

Desengañado, podría pensarse que no supo afrontar su decepción por las suciedades del sistema. En la década de 1890, lejana todavía la derrota en Santiago de Cuba y Cavite, Galdós parece abrazar, década y media antes de exponerse, la exageración patética de Ortega de Vieja y nueva política:

La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría.

En Torquemada en el Purgatorio, el personaje Rafael Aguilá se desahoga minutos antes de suicidarse de pura desesperación. Su muerte representa la derrota del mérito y el triunfo de la mediocridad, de la que Francisco de Torquemada es oscuro símbolo.

La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia una sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas, vulgo prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas, el patriciado de estos Médicis de papel mascado. (…) Cuando veo que ellos son los dueños de todo que el Estado se arroja en sus brazos, que el pueblo los adula, que la aristocracia les pide dinero y que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas de echar a correr y no parar hasta el planeta Júpiter.

Sin embargo, el Galdós de las décadas anteriores no fue tan amargamente crítico. Incluso es posible que tampoco encontrara conveniencia en serlo. Sin duda había motivos, pero tal vez pensase que la fragilidad del régimen, los costes humanos con que se levantó y lo oscuro de sus alternativas no aconsejaban andarse con enmiendas a la totalidad:

Consentimos la falsificación sistemática de un régimen por cuyo triunfo se ha derramado tanta sangre, y bien cara pagamos nuestra indolencia; pero no nos resignamos a que se nos arranque de cuajo lo único que nos da un puesto entre los organismos políticos de Europa. El señor Romero Robledo, hombre de mucho mundo y de un escepticismo incorregible, entiende que lo más llano y sencillo es nombrar por sí mismo los representantes del país en las Cortes y en el municipio. La nación, indolente y un tanto hastiada, suele inclinar la cabeza ante estas voluntades oficiales; pero hay casos en que no.

("Procedimientos electorales", 30 de abril de 1885).[1]

Esto es lo que la intelectualidad posterior al Desastre no supo o no quiso ver. Los jóvenes prefirieron derribar la Restauración para construir otra cosa –ya se vería– sobre su solar de escombros. Pero los jóvenes, con el venerable Galdós puesto con el nuevo siglo a la cabeza del cambio cual banderín de enganche, no llegaron a comprender que la modernidad que preconizaban para España quizás pondría a Madrid a la altura de otras capitales de Europa, pero no a los pueblos. Y España seguía siendo un país rural carente de industria, es decir, carente de polos que atrajesen la urbanización del país.

Si el caciquismo imperaba, era por lo mismo que imperó el feudalismo: porque protegía y daba seguridad a los rústicos, a pesar de todas sus injusticias. Lo terrible es que el caciquismo y las oligarquías locales –corruptas, esclerotizantes, retardatarias– cumplían una función social de la que el agro no podía desprenderse mientras no se le ofreciera alternativa. El sabio que más cerca estuvo de verlo fue Joaquín Costa, tres años más joven que Galdós, aunque la dispersión de sus intereses filosóficos y su temperamento fulminante le impidieron acaso centrar el tiro.

Antes que levantar grandes y edificios políticos de marfil sobre el vetusto solar de la Restauración, España debería haber ensanchado los cimientos de su estabilidad. Y esto jamás se consigue con repentinos cambios de sistema sino con la paulatina modernización de las estructuras sociales.

¿Cómo se combate una oligarquía local? Posibilitando que sus súbditos dejen de depender de ella, atrayendo empleadores, pluralizando el número de aspirantes a caciques en pugna por mangonear un mismo suelo. El cacicazgo, en el fondo, era la verdadera institución representativa del municipio ante el Estado, con intereses contrapuestos al de los campesinos, pero que extendía sobre ellos el riesgo de su ventura: si al cacique le iba mal, les iba mal todos; pero si les iba mal a todos, no necesariamente había de irle peor a él. La asimetría de semejante relación era otra fuente más de corrupciones.

Pero Galdós no se deja arrastrar por el fatalismo de la maldición autóctona. El caciquismo era, y es, vicio universal, si bien su escala depende del grado de desarrollo de cada economía.

O mucho me engaño, o todos los episodios electorales que en el mundo se verifican tienen una gran semejanza. Aquí y allí las promesas hacen el principal gasto, y los tipos y caciques locales, los tiranos de aldea, tienen la misma fisonomía y los propios caracteres. El parlamentarismo ha creado las figuras esencialmente modernas del alcalde elector, de los interventores de mesas y de los muñidores y fabricantes de votos. Hay lances verdaderamente cómicos, como el de votar los electores difuntos, y suelen cometerse desmanes como el de volcar las urnas o pegar fuego al contenido de ellas.

("El encasillado y sus consecuencias", 19 de marzo de 1886).

Y no, sin apenas inversión privada en el factor tierra y con una industria insuficiente y sobreprotegida, no había nada que hacer. El cacique seguiría siendo igual de necesario y el régimen no es que careciese de salvación, es que no aguantaría su reforma. En cambio, en vez de preocuparse por ensanchar los cimientos, los jóvenes prefirieron demoler unos muros que, cuando se erigieron, todo el país los sabía débiles, unos muros que, sin duda, merecían todos los martillazos que se les propinaran, pero que no debían golpearse hasta que el techo se sostuviese sobre nuevas columnas. José María Marco lo explicó hace veinte años en La libertad traicionada. La decepción ante lo existente y la miopía frente a lo posible les hizo aspirar a la imposibilidad suprema, a imposibilidades bellísimas pero falsas, a cúpulas de mármol y oropel sobre arenosas paredes de tapial.

En un principio, Galdós supo verlo. Y de qué modo.

Comienza en la prensa el tole-tole de un período constituyente. Cualquier extraño creería que nos hallamos en los albores de la civilización y que no poseemos el archivo de constituciones más variado y precioso que en el mundo existe. Sobre la peor de las que tenemos podríamos fundar le derecho público y administrativo más perfecto y más práctico que en lo humano cabe… Pero no; es preciso hacer una Constitución nueva.

("Época de confusión", 20 de diciembre de 1883).

Hay males que no serán remediados por el año que se aproxima ni por sus sucesores. El caciquismo, por ejemplo, es de tal consideración entre las calamidades nacionales, que tiene remedio menos fácil que los terremotos, las inundaciones y el cólera. (…) Algunos creen que para extirparlo es menester construir una sociedad nueva sobre los escombros de la antigua; pero la demolición siempre ha sido mal remedio en política. "El tiempo –dice un sabio refrán– no respeta nada de lo que sin él se hace". Las revoluciones son buenas contra la tiranía, que es una situación accidental; pero no pueden nada contra los vicios de complexión, que están profundísimamente arraigados en las costumbres. La moral pública es virtud que se infiltra en los pueblos con mucha lentitud. Esta savia ha de penetrar igualmente por arriba y por abajo. Mucho pueden hacer los Gobiernos, si quieren, pero no harán nada si no les ayuda el individuo. De éste parte toda la energía perniciosa o salvadora, por lo cual la moral pública tiene íntima y secreta relación con la moral privada.

("Año de reparaciones", 28 de diciembre de 1887).

¿Cómo es posible que la persona que tan bien diseccionó la sociedad y los problemas de su siglo abjure, en la antesala de la vejez, de su serenidad de siempre y pase a abogar por borrosos aventurerismos? Acaso porque esas reformas tranquilas, que con su brazada lenta pero firme todos esperaban que condujesen al país hacia la mejora del sistema, no llegaron. La enfermedad se cronificó y se adueñó del cuerpo. Las clases dirigentes se relajaron y la burguesía ociosa no aspiró sino a imitar a la aristocracia en su dolce far niente y en la mendicación de la prebenda: un escaño, una dirección general, una secretaría, un estanco, un privilegio…

Eran los ganadores con la Restauración, aquéllos a quienes, como a Juan Santa Cruz, varón protagónico de Fortunata y Jacinta, se lo dieron todo "frito y migado" y vivieron de pingües herencias que ni dilapidándolas llegaron a agotarse. Otros, como el usurero Francisco de Torquemada, protagonista de la tetralogía de igual título, llegaron a senadores no por la fuerza de sus méritos sino por la decadencia de un orden antiguo que no dejaría nacer al nuevo hasta que éste no le asegurara la pervivencia del oropel feudal de sus títulos. Sobre el carácter más o menos crítico, más o menos ilusionable, de Galdós y, por tanto, de su literatura, creemos muy acertada la observación de Peter G. Earle:

Por la idea de cierta magnanimidad y tolerancia cervantinas se ha querido ver en Galdós una especie de pater familias nacional, cariñoso y algo blando con su ambiente y época, y el intérprete y hasta apologista de una existencia a la vez monótona y pintoresca. En fin, el que todo lo comprende y perdona. Pero es de notar que el idealismo de Galdós –el social y el religioso– lo llevaba a conclusiones singularmente escépticas. Uno de los resultados más memorables de aquel escepticismo ha sido el tragicómico Francisco de Torquemada.[2]

Para medrar, nada había mejor que mariposear en la política –¡qué cerca estamos, Dios mío, de aquellas pésimas costumbres!–, especular con dinero de otros sin invertir ni asumir riesgos o procurarse una buena herencia. La ausencia de cultura mercantil, las trabas a la misma, el campo perdiendo competitividad y los cortesanos nuevos y viejos con sus vicios de siempre lo ensombrecieron todo. Por eso, conviene no olvidar nunca que contra la demagogia no cabe otra arma política que la rectitud de costumbres.

Había tantas cosas por hacer en aquella España que los veinticincos años de plenitud de que disfrutó el régimen no dieron sino para desgastarse. La deuda, siempre la deuda, los altos impuestos, los aranceles, la falta de verdaderos bancos lastraban nuestro desarrollo. La congestión del crédito en Europa se tradujo aquí en neumonía necrotizante. Nuestra industria, rentable gracias a los aranceles y levantada a golpe de movimientos especulativos, seguía sin poder impulsar la perentoria regeneración del país.

Ha ocurrido muchas veces que estos dementes de las economías, al ocupar el puesto por que suspiraron conquistándolo con aquella simpática bandera, en vez de disminuir los gastos, los aumentan. ¡Economías! ¡Cualquiera las hace en un país donde una población de primer orden se amotina y pone el grito en el cielo porque le quiten un regimiento de los tres que componen su guarnición, para llevarlo a otra donde no se ve un soldado ni para un remedio! (…) Las economías en el personal levantan, además, por pequeñas que sean, tan gran clamor, que el país sufre más oyéndolo que aguantando en silencio la consecuencia de un déficit considerable.

("El mal tiempo y la crisis", abril de 1888).

No sé quién dijo que los capitalistas son peores cuanto menor es su número. Es evidente. Allí donde hay pluralidad de potentados, terminan rivalizando unos con otros, los salarios aumentan y las oportunidades de inversión no hacen sino crecer. Las migajas que caen de sus continuos banquetes alcanzan la categoría de festines. Por otra parte, cuando abundan los empresarios es más difícil que una camarilla de ellos consiga captar al regulador. Unos y otros terminan estorbándose como cuando un centenar de secuestradores se pelean por cazar una misma presa. Ninguna hay que pueda pasearse con tanta libertad y seguridad como la codiciada por todos: antes prefieren dejarla suelta que permitir que sea otro el que se la lleve.

¡Y qué más querríamos los ricos y los pobres que acostarnos sobre un montoncito de dinero que se multiplicase con nosotros durmiendo encima! Cuando los proyectos que se acometen son muchos y se plantean además con criterios técnicos, el rico ocioso termina degenerando en holgazán con ínfulas. La fuente de su riqueza se atrofia y los costes de su mantenimiento obligan a malvender. Otros hay que han ocupado su puesto. Pocas dudas caben de que, simplificando la administración y el sistema impositivo, favoreciendo el librecambio con el extranjero y manteniendo el valor de la peseta estable, la paz que trajo el turnismo nos habría rentado el doble, el triple, el…

Pero, en esto, la mayor parte de la culpa la tuvieron los conservadores. La miopía económica de Cánovas resultó nociva. Porque –conviene recordarlo– hasta la irrupción del obrerismo la denominada izquierda política había sido la más favorable en España a una economía sin demasiada intervención. El ministro de Hacienda más liberal de cuantos hemos tenido fue Laureano de Figuerola, españolísimamente barcelonés, a quien debemos la implantación de la peseta (repárese en que el sufijo diminutivo -eta es catalán). Y Figuerola no fue ministro con ningún prócer conservador, sino durante la regencia del general Serrano.

La regulación excesiva había de degenerar inevitablemente en corrupción y laxitud. Donde muchas son las leyes, los pícaros que se las saltan son los que acaban imponiéndose por la siempre razón de que ninguna prosperidad es posible dentro de ellas. Como las pistolas del refrán, los incentivos perversos los carga el diablo.

Cuando las autoridades despliegan toda su energía, cuando las oficinas están servidas por empleados incorruptibles, cuando se aplica el Arancel con todo el rigor de sus cifras elevadísimas y de sus multas brutales, se crea al instante una situación que se llama Aduana cerrada, es decir, que no hay adeudos, ni introducción de géneros, ni comercio, ni ingresos. Como esta situación es insostenible, la Administración no tiene más remedio que ser tolerante, reformando tácitamente el Arancel y estableciendo una verdadera transacción racional entre el comercio y el fisco, transacción contraria a las leyes; pero impuesta por la realidad de las cosas. Que el sistema es inmoral, no hay para qué decirlo.

("Política y administración", 14 de noviembre de 1887).

Hermanada con la cuestión de los aranceles encuentra Galdós la del regionalismo. Su postura es inequívoca: descentralización administrativa sí, pero sin abusos ni dependencia nacional de una oligarquía que, cuando se envuelve en la bandera de un territorio, lo hace para defender sus intereses de clase.

La verdad es que en cuantas ocasiones se han hecho modificaciones liberales en nuestros aranceles, los catalanes han puesto el grito en el cielo anunciando la ruina de todas sus industrias. Luego se ha visto que las industrias de Barcelona han prevalecido y aun prosperado, mejorando y abaratando sus productos. (…)

Todo indica que ha pasado ese período de infancia administrativa, en que la tutela omnímoda del Estado era hasta cierto punto conveniente. (…) Con motivo del reciente Convenio con Inglaterra y de su aprobación en las Cortes, la opinión se ha alborotado en Barcelona, celebrándose un mitin, en que se hicieron manifestaciones contrarias al principio de unidad nacional. Pero bien se echa de ver, leyendo atentamente lo que allí se dijo, que es gente de poco fuste la que figuró en la citada reunión. La mayoría de los habitantes de Barcelona permaneció indiferente, si no hostil, a estas manifestaciones.

En las quejas de aquel país hay algo que no podemos menos de considerar infundado y ficticio; pero algo hay también que es justo y razonable. No se puede admitir que la vida de cuarenta y ocho provincias del reino esté supeditada a los intereses de unos cuantos fabricantes por inteligentes y emprendedores que sean. Pero al mismo tiempo es fuerza reconocer que cuanto los barceloneses dicen en contra de la centralización tiene fundamento de verdad, porque en Barcelona hay grandes iniciativas en todos los órdenes, y estas iniciativas están ahogadas por la inmixtión de la metrópoli en todos los asuntos.

("El regionalismo", 14 de agosto de 1886).

Gran parte de las crónicas parlamentarias de Galdós en realidad lo fueron intraparlamentarias. Elegido diputado por primera vez en 1886, por la circunscripción de Puerto Rico y dentro de las filas del Partido Liberal Fusionista de Sagasta, su respeto por los dirigentes del partido contrario fue siempre timbre de personalidad. A Cánovas, pese a criticarle los dejes autoritarios, le llega a brindar grandes elogios:

De la Restauración acá se observa que el elemento militar pierde terreno, resultado que en primer lugar se debe a la sabia política del primer ministro de Don Alfonso XII, el señor Cánovas del Castillo. Al jefe de los conservadores sucede el de los liberales, señor Sagasta, y en los largos períodos de mando de estos dos jefes de Gobierno, el militarismo desmaya, se oscurece, cediendo su papel al elemento civil.

("La disciplina en España", 10 de abril de 1890).

Apartándonos de todo apasionamiento, debemos reconocer que el señor Cánovas del Castillo es realmente extraordinario por la variedad y alteza de sus talentos, y porque pocos como él han dominado y practicado el arte del Gobierno, desde su especial punto de vista. Esto no pueden desconocerlo ni aun los que saben señalar en su gestión política indudables errores. (…) La Historia (…) reconocerá que trajo a la política medios, elementos y artes nuevos abriendo una nueva era y ensanchando los horizontes de la acción de los partidos. Es, realmente, el señor Cánovas del Castillo, un hombre de facultades extraordinarias, y su nombre será siempre una de las más legítimas glorias de la época presente.

("Los tres oradores: Salmerón, Castelar y Cánovas", 12 de julio de 1886).

Pero –como ya hemos dicho– esta visión amable, conciliadora, templada, que Galdós plasmó sobre la contextura política de la Regencia se le iría agriando con el tiempo. En 1907 vuelve a salir elegido diputado; ahora con la Conjunción Republicano-Socialista y por Madrid. Revalidaría el cargo en 1910, también por la capital, y en 1914 por Las Palmas.

Otro cronista parlamentario y luego eximio escritor, el felizmente recuperado para las librerías y bibliotecas Julio Camba, nos lo describe desencantado. A la salida de las Cortes lo saluda, cede la palabra al señor diputado y éste se sincera:

Yo he tomado esto con mucho calor; pero ya estoy completamente desengañado. Esto es una farsa, a la no se debe asistir. No hay nada más hipócrita, más falso ni más miserable que la vida política de España. El sufragio universal es, entre nosotros, la mayor de las mentiras. Aquí unos cuantos caballeros que distribuyen las cartas tres días antes de las elecciones con un cinismo espantoso, con una desaprensión estupenda. Y una vez hecho esto no hay manera de corregirlo. Las discusiones de actas son otra farsa. Contra esta gente política no hay manera de luchar honradamente. Para combatirla sería preciso recurrir a sus mismos procedimientos y emplear las mismas bajas astucias; pero nosotros no debemos hacerlo. (…) Yo no sé cómo se arreglará todo esto, pero yo creo que aquí hace falta una revolución formidable. Sí, deshacerlo todo, todo… y, luego, ya veremos… (…) Ante una falsa tan odiosa como la farsa parlamentaria hay que revestirse de un escepticismo profundo y violento. Y, sobre todo hay que hacer el vacío en torno de tantas iniquidades…

("Unas palabras de Galdós". España Nueva, V-31-5-1907).

Una revolución formidable… ¡Cuánto tuvieron que decepcionar aquellos mequetrefes de la politiquería para que el novelista célebre, contrario a las salidas de tono, irrumpiese también en una! En el último Episodio que redactó, Cánovas, aparecido en 1912, los embriones de las futuras dos Españas se nos representan ya poco menos que irreconciliables. Sus últimos párrafos son el más elocuente signo de su particular derrumbamiento.

La paz, hijo mío, es don del cielo, como han dicho muy bien poetas y oradores, cuando significa el reposo de un pueblo que supo robustecer y afianzar su existencia fisiológica y moral, completándola con todos los vínculos y relaciones del vivir colectivo. Pero la paz es un mal si representa la pereza de una raza, y su incapacidad para dar práctica solución a los fundamentales empeños del comer y del pensar. (…)

Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. (…)

Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento.

La otra España, menos visible en Galdós

Pero además de la España industriosa y urbana de la corte y de Cataluña, había otra en la que apenas se habían sentido las consecuencias de la revolución liberal. Y, pese a lo que tanto se afirmaría después, el problema de esta otra España, rural y mal abastecida, trascendía con mucho la urgencia de una reforma agraria. De hecho, en las provincias del minifundio, los propietarios tampoco vivían bien. Problemas coadyuvantes eran la tasa de analfabetismo, la ausencia de riegos y que la agricultura estaba sin mecanizar. He aquí el nudo de la cuestión, un nodo donde se retorcieron e imbricaron tales tres cuerdas.

En el norte, al ser los predios tan pequeñujos, no generaban excedentes bastantes que posibilitaran el ahorro de sus propietarios. Y, sin capacidad de ahorro, no hubo forma de financiar la adquisición de maquinaria agrícola. En el sur, donde el tamaño de las fincas sí permitía obtener beneficios extraordinarios, los señoritos preferían en cambio no arriesgar; tal como funcionaban, les iba bien. Pero no sería por mucho tiempo.

Unos por otros, el agro español tardó en mecanizarse porque a quienes podían hacerlo no les interesaba y a quienes les interesaba no podían hacerlo. Mas ¿para qué invertir en maquinaria, en hacernos más productivos, pudiendo decretar aranceles que protegieran nuestra economía?

No piense el lector que estamos tan lejos de aquella mentalidad. En la España de hoy, la productividad por trabajador es la misma que en 1999. En cambio, el salario mínimo ha subido más de un 80%. La inversión neta en activos no financieros es menor que en 1995 y el stock de capital permanece aún no ha recuperado el nivel precio a la Gran Recesión de 2008. En vez de desarrollar el país, hemos sustentado el crecimiento en la deuda pública y en los bajos tipos de interés de la deuda privada. La economía se ha japonizado, pero –ay– tenemos smartphones y telebasura, lo mismo que a los desgraciados del XIX no les faltaban verbenas ni bailes ni coheterías ni zarzuelas. Lo peor es que todos nos hacemos cargo de que, si nos quitasen los smartphones y la telebasura, las verbenas, los bailes, las coheterías y las zarzuelas, ¿qué otra cosa habíamos de hacer sino llorar?

Un problema que conserva la España de hoy, como si lo hubiésemos metido en un gran frasco de formol, es que todo se cuenta desde las perspectivas de Madrid y Barcelona. La España de provincias no existe sino como lugar de veraneo. Ya lo hemos comentado; tampoco Galdós espulgó completamente este vicio. Se diría que el Madrid docealfonsino y de la Regencia ocupó su curiosidad sin llegar a satisfacerla nunca. Su madrileñismo intelectual era insaciable. Parafraseando a Terencio, "madrileño se sentía y nada que ocurriese en Madrid podía resultarle ajeno".

Cabe aducir que para contar la vida en provincias ya estaban Pereda, Clarín, Pardo Bazán, Valera y Blasco Ibáñez. Es cierto. Pero también lo es que la descentralización regional del talento y de las oportunidades sigue siendo una asignatura pendiente. Lo mismo que en 1900, la metonimia que nos lleva a equiparar Madrid con España, como si ésta no fuese mucho más que su capital, nos condena a todos los españoles a reeditar indefinidamente –como asnos que caen siempre en la misma zanja– el café para todos, nuestro bebistrajo favorito de achicoria y recuelo; y a no salir de ese bucle infame que parece aprendido de los niños de teta: "Quien no llora no mama".

Ahora bien, ¿es exacto cuanto acabamos de decir? ¿De verdad Galdós dio la espalda a este problema? No, ni es exacto ni justo, ni nuestro hombre ignoró las dificultades de la España rural. Apenas hizo de ellas materia novelable, pero sus disecciones al respecto bien valen su inclusión en el mejor tratado de historia o de sociología.

La agricultura en España sufre los efectos de la crisis universal y, además, los de la crisis puramente española, es decir, de un estado de cosas creado por nuestra rutina administrativa. No se necesita hablar mucho ni apurar recursos oratorios para conocer que la contribución territorial es excesiva, que viene siéndolo hace muchos años y que las rebajas que ahora se hicieron habrían de ser grandes sostenidas durante mucho tiempo para que la propiedad pudiera detenerse con desahogo. El tipo contributivo es tan alto, que no hay propiedad que lo resista, y su misma elevación indica que es burlado sistemáticamente y que gran parte de las tierras o pagan menos del cupo o no pagan nada. De aquí una desigualdad que es origen de grandes disturbios en los pueblos y que fomenta el caciquismo y las malas pasiones.

Otro mal inveterado es la postración del crédito agrícola, que hace al propietario esclavo de la usura. Para todos los negocios se encuentra dinero relativamente barato, y el agricultor y el ganadero sucumben por lo general cuando se ven obligados a recurrir al crédito. Esta situación y lo enorme de las cargas impuestas por el Estado traen la natural consecuencia de la imperfección del cultivo. (…) Pero sin crédito y con la amenaza constante del Fisco, la mayor parte de los labradores no se deciden a abandonar la rutina. (…) Cierto que hay labradores ignorantísimos, que han declarado guerra a las máquinas y artefactos modernos; pero otros las adoptarían si tuvieran recursos para ello, y buscarían, si pudieran, aumento de producción en los riegos y en los abonos. (…)

Los que todo lo esperan de la protección pidiendo que se agraven los productos extranjeros empeoran la situación sin resolver nada. Los que creen que todos se arregla disminuyendo las contribuciones también se equivocan. Es preciso que a la vez y mancomunadamente se reduzcan las cargas públicas, se fomente el crédito agrícola, se faciliten las comunicaciones, se suavicen las tarifas de ferrocarriles, se difunda la enseñanza agrícola y se emprendan obras destinadas a combatir la sequía de nuestros campos.

("El problema agrario", 28 de octubre de 1887).

En un segundo artículo, continuación del anterior y fechado el 8 de noviembre de ese mismo año, Pérez Galdós agrega:

Cuando le pase el turno a la agricultura, nadie se acordará de ella, y nos ocuparemos con el mismo frenesí de otras cosas. No hace mucho que se hablaba exclusivamente del ejército y de planes militares, hasta que nos cansamos y elegimos otro tema. (…) Todo el mundo propone soluciones al indicado problema, arreglando las cosas tan fácilmente en el terreno teórico que no cabe pedir más.

La Liga Agraria, iniciada por algunos labradores de influencia en el país y de conocimientos prácticos y teóricos, (…) sería muy buena si se concreta a una asociación de propietarios con objeto de velar por los intereses de la clase, que son los del país. (…) Pero me temo que en la tal Liga se ingieran multitud de políticos, que no han sido ni son ni serán propietarios, y que van a ella con el único fin de exhibir sus personalidades, y de meter alguna bulla, a ver si salta algo de que sacar provecho personal. Éste es el giro natural y constante de todos los movimientos artificiales de la opinión.

Y, en parte, porque no se llevó a efecto este mínimo programa fracasó la Segunda República. Los minifundistas de la zona norte celebraron la sublevación del 18 de julio cuando no se adhirieron a ella. Las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica y las de Ofensiva Nacional-Sindicalista –los partidos más próximos al fascismo que arraigaron aquí– no surgieron en provincias agrarias por azares ignotos. Ni la Restauración ni la República hicieron nada por entender la complejidad del campo. Sólo Nicasio Velayos, ministro en 1935, intentó estabilizar –aunque sin éxito y más con amagaos que golpes– el precio del trigo a largo plazo.

Para quienes, siguiendo a Trotski, reducen la Guerra Civil a un claro supuesto de lucha de clases, conviene recordar que, en Navarra, el campesinado vivía peor que la burguesía, y que mientras aquél apoyó a los nacionales, ésta lo hizo a los republicanos. La política agrícola que se decidía para Extremadura no servía para Zamora. La España oficial sólo se dignaba a asomarse a sus aldeas cuando algún crimen truculento las convertía en noticia. En los extrarradios de Madrid, Bilbao y Barcelona, la Edad Media comenzaba de nuevo. Azaña, que supo verlo pero no remediarlo, se ocupó de ello en el primero de sus once artículos sobre las Causas de la guerra civil en España:

La sociedad española ofrecía los contrastes más violentos. En ciertos núcleos urbanos, un nivel de vida alto, adaptado a todos los usos de la civilización contemporánea, y a los pocos kilómetros, aldeas que parecen detenidas en el siglo XV. Casi a la vista de los palacios de Madrid, los albergues miserables de la montaña. Una corriente vigorosa de libertad intelectual, que en materia de religión se traducía en indiferencia y agnosticismo, junto a demostraciones públicas de fanatismo y superstición, muy distantes del puro sentimiento religioso. Provincias del noroeste donde la tierra está desmenuzada en pedacitos que no bastan a mantener al cultivador; provincias del sur y del oeste, donde el propietario de 14.000 hectáreas detenta en una sola mano todo el territorio de un pueblo. (…) La clase media no había realizado a fondo, durante el siglo XIX, la revolución liberal. Expropió las tierras de la Iglesia, fundó el régimen parlamentario. El atraso de la instrucción popular, y su consecuencia, la indiferencia por los asuntos públicos, dejaban sin base sólida al sistema. La industria, la banca y, en general, la riqueza mobiliaria, resultante del espíritu de empresa, se desarrollaron poco. España siguió siendo un país rural, gobernado por unos cientos de familias.

Galdós, por lo pronto, bastante hizo que contribuyó a traer la gran revolución del orden social mesoburgués al campo de la novela. Lo veremos en el tercer y último de nuestros comentarios.


[1] Los extractos de los artículos pertenecen a los dos volúmenes de Política española, publicados póstumamente en 1923 por la editorial Renacimiento y ordenados y seleccionados por Alberto Ghiraldo.

[2] Cfr. Earle, P. G. (1967). "Torquemada: hombre-masa". En Anales Galdosianos (vol. 2, pp. 29-42).