Menú

Ernesto Cardenal, místico y sanguinario

Su veta sádica quedó al descubierto cuando se hizo cómplice de los atropellos que su Gobierno cometió contra los indios que tanto decía amar.

0
Ernesto Cardenal | Cordon Press

En mi artículo "Coquetearon con el enemigo" abordé el hecho escandaloso de que el Ministerio de Cultura postulara como candidatos al premio Cervantes de este año a dos notorios enemigos de la sociedad abierta y democrática: el uruguayo Eduardo Galeano y el nicaragüense Ernesto Cardenal. Y aporté datos sobre la fascinación que el psicópata Ernesto Che Guevara y el totalitarismo castrista ejercían sobre el primero. El segundo, peor aun, integró el aparato represor de la dictadura sandinista.

Los fóbicos y los frívolos de la Nomenklatura no habrían confesado que lo que los entusiasmaba de Cardenal era que éste se definía así: "Nunca renunciaré a la revolución. Respecto de la política, (...) nunca fui político, fui siempre un revolucionario y (...) lo seguiré siendo siempre" (La Nación, Buenos Aires, 18/11/1994). No, lo proponían como poeta, y fue un poeta, el chileno Nicanor Parra, quien, por fortuna, se llevó finalmente el premio. Y nos ahorramos el papelón de que el revolucionario utilizara la ceremonia de entrega para proferir una de sus rancias filípicas contra Estados Unidos, Europa y la burguesía capitalista.

Francachelas frustradas

Ernesto Cardenal no fue siempre un revolucionario ni un místico. En su primer libro de memorias, Vida perdida (Seix Barral, 1999), dedica varias páginas a confesar su afición por las putas. "En México, en España y en Nicaragua, yo no era uno que fuera mucho a burdeles; tampoco uno que fuera muy poco". Aunque cada vez que se frustra una francachela lo atribuye a la intervención de Dios. Y agrega:

Sin este error de escoger el celibato yo no hubiera sido tampoco revolucionario. Habría sido burgués. Ése era el rumbo que llevaba mi vida. Ante la Revolución Sandinista habría sido a lo sumo un intelectual simpatizante del sandinismo, no un militante revolucionario. Y como aquellos santos que han dicho que de no haber sido religiosos habrían estado en peligro de ir al infierno, yo digo lo mismo adecuándolo a nuestra mentalidad actual: que habría sido burgués.

Su ingreso en la orden trapense lo atribuye en sus memorias a que, cuando su "abuelita Angelina" vio que llevaba en la mano un libro de San Juan de la Cruz, le dijo que creía que tenía vocación y que debía entrar en una orden religiosa. "Sentí dentro de mí que debía preguntarle a qué orden religiosa debía entrar y que lo que ella me iba a decir sería la respuesta de Dios". La respuesta fue, sin vacilar: "Trapense como Thomas Merton".

La vida de Cardenal en el convento de los monjes trapenses de Gethsemani en Kentucky, donde tuvo como guía espiritual a Thomas Merton, estuvo jalonada de experiencias místicas, que lo dejarían marcado para el resto de su vida y que, al amalgamarse a su fanatismo revolucionario y marxista, lo convertirían en un auténtico talibán. Pero, antes de que este rasgo de su carácter pudiera manifestarse, los problemas de salud que algunos médicos atribuyeron a desórdenes psíquicos lo obligaron a abandonar Gethsemani. Se ordenó sacerdote en el convento de los benedictinos de Cuernavaca y luego fundó una pequeña comunidad en una isla del Lago de Nicaragua, en Solentiname, donde durante doce años llevó una vida contemplativa.

Política etnocida

Hasta que la revolución sandinista (que escribo con minúsculas, a diferencia de como lo hace Cardenal) lo elevó al cargo de ministro de Cultura. Y a partir de entonces pudo exhibir su verdadera naturaleza despótica. Una muestra de esa naturaleza la encontramos en su relación con los indios. Escribe en Vida perdida:

Merton me enseñó la riqueza que había en nuestros indios, de las dos Américas: en su sabiduría milenaria, sus experiencias místicas, su poesía (...) Y después a través de los años me fui haciendo cada vez mayor conocedor de estos temas indios, y mucha poesía mía también ha sido inspirada por ellos.

El amor de Cardenal por los indios no impidió que la dictadura sandinista, de la que él era ministro, aplicara contra varias tribus lo que el etnólogo Gilles Bataillon calificó de "política etnocida". Se lee en El libro negro del comunismo, de Stèphane Courtois y otros (Planeta, 1998):

Sobre la costa atlántica de Nicaragua vivían aproximadamente 150.000 indios: misquitos, sumu o rama, así como criollos y ladinos. Los sandinistas se encarnizaron rápidamente con las comunidades resueltas a defender sus tierras y su lengua, comunidades éstas que hasta entonces disfrutaban de una autonomía ventajosa heredada de la época colonial: exención de impuestos y del servicio militar. En octubre de 1979, Lyster Athders, dirigente del Alpromisu (Alianza para Promover el Desarrollo de Misquitos y Sumus), fue asesinado dos meses después de su detención. A comienzos de 1981 fueron arrestados los dirigentes nacionales de Misurasata, la organización política que agrupaba a las diferentes tribus, y el 21 de febrero de 1981 las fuerzas armadas que intervinieron contra los alfabetizadores mataron a 7 misquitos e hirieron a otros 17. El 23 de diciembre del mismo año, el ejército sandinista masacró a 65 mineros que reclamaban el pago de salarios atrasados. Al día siguiente, otros 35 mineros corrieron la misma suerte (...) Miles de indios (entre 7 y 15.000 según los cálculos de la época) se refugiaron en Honduras, y otros miles (14.000) fueron encarcelados en Nicaragua. Los sandinistas disparaban contra los fugitivos que cruzaban el río Coco.

Un hombre duro

Cuando la periodista Ima Sanchís preguntó a Cardenal si era "justificable" el daño que se hizo a los indígenas en la revolución, y si los misquitos no fueron "obligados a abandonar sus tierras", el exjerarca respondió: "Usted afirma algo falso (...) Está repitiendo propaganda del imperialismo norteamericano". En verdad, esa entrevista (La Vanguardia, 14/4/1999) dejó al desnudo la personalidad desquiciada del reporteado. Ima Sanchís no pudo dejar de explicarlo:

Qué aspecto tan bondadoso. Pero no. Es un hombre duro, que no te mira a la cara cuando habla. Yo bromeo para ver si se distiende. Sólo le irrito más (...) "Hemos terminado", me dice cuando una pregunta le irrita más de la cuenta.

Basta reproducir algunas de las preguntas y respuestas intercambiadas en aquella entrevista para dejar al descubierto hasta qué extremo llegan las alucinaciones que padece el frustrado candidato al premio Cervantes:

–¿Y Dios le volvió a llamar?
–Sí, para ser ministro de Cultura. Era un deber obedecerle, no lo hice por gusto.

(...)

–¿Cree usted en el Anticristo?
–Sí, porque está en el Nuevo Testamento.

–¿Y dónde se encuentra?
–En el imperialismo, el capitalismo y el neoliberalismo. Los creadores de pobreza.

La veta sádica de Ernesto Cardenal quedó al descubierto cuando se hizo cómplice de los atropellos que el Gobierno del que formaba parte cometió contra los indios que tanto decía amar... y contra todos los opositores a la dictadura sandinista, cualquiera fuese el color de su piel. Y esta anomalía de su personalidad hizo que se identificara con quienes gobernaban despiadadamente, movidos por parecidos instintos hostiles a la sociedad abierta y a las corrientes del pensamiento liberal e ilustrado. En una entrevista que concedió a la revista Interviú (24/1/1980) después de conversar con el ayatolá Jomeini, el aberrante poeta místico sentenció:

Vengo con la sensación de haber conocido a un santo. Pero un santo que cree en la guerra santa, como yo creo en ella. Claro, la guerra santa no es la guerra entre religiones, sino la guerra de los oprimidos contra los opresores, y de todos los pueblos del mundo contra sus Shas y sus Somozas.

La loca aventura

En 1982 Cardenal tuvo otra oportunidad para exhibir su psicopatía sanguinaria y para rendir pleitesía a los dictadores. Pero esta vez el suyo fue un entusiasmo contra natura, porque lo llevó a solidarizarse con la dictadura militar argentina, la misma que se había comprometido a aniquilar a los guerrilleros y terroristas que compartían los proyectos totalitarios del castrismo y el sandinismo, que también eran los de Cardenal.

Sucedió cuando el general Leopoldo Galtieri emprendió la loca aventura de invadir las islas Malvinas, desafiando a Gran Bretaña y sus aliados occidentales, entre los cuales sobresalía, lógicamente, Estados Unidos. Fidel Castro se apresuró a prestar su apoyo, verbal, faltaría más, a aquel despropósito, y Ernesto Cardenal voló a Buenos Aires henchido de fervor revolucionario y antiimperialista. Apenas puso el pie en tierra festejó, como los vampiros, la perspectiva de embriagarse con hemoglobina de jóvenes combatientes y dijo (Clarín, Buenos Aires, 4 de junio de 1982):

Este doloroso conflicto, como todos los que provocan derramamiento de sangre, tiene un saldo positivo: la unificación de los pueblos de América Latina.

En su ensayo El ogro filantrópico, Octavio Paz despachó a Cardenal con un juicio sucinto:

No me parece raro que el cura Cardenal se declare marxista-leninista: antes fue falangista.

El histrionismo del místico

El que arremetió con ferocidad desmitificadora contra el histrionismo del místico sanguinario fue Mario Vargas Llosa. En su novela Historia de Mayta (Seix Barral, 1985), inexplicablemente poco citada, Vargas Llosa, que coprotagoniza las aventuras y desventuras de un guerrillero peruano, evoca el día en que Cardenal se presentó en un escenario en Lima:

Apareció disfrazado de Che Guevara y respondió, en el coloquio, a la demagogia de unos provocadores del auditorio con más demagogia todavía de la que ellos querían oír. Hizo y dijo todo lo que hacía falta para merecer la aprobación y el aplauso de los más recalcitrantes: no había ninguna diferencia entre el reino de Dios y la sociedad comunista; la Iglesia se había hecho una puta, pero gracias a la revolución volvería a ser pura, como lo estaba volviendo a ser en Cuba ahora; el Vaticano, cueva de capitalistas que siempre había defendido a los poderosos, era ahora sirviente del Pentágono; el partido único, en Cuba y la URSS, significaba que la élite servía de fermento a la masa, exactamente como quería Cristo que hiciera la Iglesia con el pueblo; era inmoral hablar contra los campos de trabajos forzados de la URSS, ¿porque acaso se podía creer la propaganda capitalista? Y el golpe de teatro final, flameando las manos: desde esa tribuna denunciaba al mundo que el reciente ciclón en el lago de Nicaragua era el resultado de unos experimentos balísticos norteamericanos.

La caricatura urdida por Vargas Llosa no es tal, sino un fiel retrato del personaje, tal como él mismo se presenta en sus libros, artículos y entrevistas. Es de esperar que si algún día vuelve a figurar en la lista de candidatos a un premio no sea en la del Cervantes. Tal vez en la del Jomeini, el Ben Laden o el Gadafi.

NOTA: Este artículo fue publicado en el suplemento "Ideas" de Libertad Digital el 13 de diciembre de 2011.

0
comentarios