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Florentino Portero

La necesaria humillación de la Monarquía

Felipe VI representa todo lo que se quiere destruir: la idea de España como realidad histórica y como nación.

Felipe VI representa todo lo que se quiere destruir: la idea de España como realidad histórica y como nación.
Don Felipe y, en segundo plano, Pedro Sánchez. | EFE

La mayoría parlamentaria cohesiona sus fuerzas en torno a un proyecto común: el cambio de régimen. Para lograrlo por la vía ordinaria necesitaría muchos más diputados de los que tiene y los sondeos no le auguran un crecimiento relevante. La solución adoptada pasa por animar cambios culturales –el marco de valores que caracteriza a una sociedad en un momento determinado– y deslegitimar las instituciones mediante un derribo controlado, para forzar su reconstrucción desde otra perspectiva. Ante el hecho consumado de la ruina, el centro-derecha no tendría más opción que aceptar el inicio de una nueva etapa, que ya nada tendría que ver con los acuerdos fundacionales de los ya lejanos días de la Transición.

Sobre lo primero, la ya tan manida “batalla cultural”, no voy a volver a hacer referencia por temor a cansarles. Sólo quiero recordar que su principal característica es la renuncia por parte de una significativa parte de los dirigentes de centro-derecha a darla, bien porque no tienen valores que defender, bien porque han hecho suyos los pregonados por la izquierda en su afán por aparentar la condición de modernillos.

En cuanto a la deslegitimación de las instituciones, el frente central se sitúa en su fundamento sentimental. Una nación es, sobre todo, el resultado de un sentimiento de pertenencia a una comunidad, que tiene una historia y unas señas de identidad singulares. Un marroquí no tiene ninguna duda de que no es argelino, y esa diferencia no reside en una realidad jurídica que se exprese en un documento de identidad o en un pasaporte. En la medida en que nuestros dirigentes legitiman movimientos nacionalistas periféricos y tratan de llevar a la norma el reconocimiento de que algunas comunidades autónomas son naciones, están socavando la realidad nacional de España.

Ninguna institución representa mejor la continuidad histórica que la Monarquía. En torno al monarca situamos siglos atrás la fundación del Estado, primero como primus inter pares, luego como soberano. Con el desarrollo social y económico y la generalización de la educación vemos la evolución de la condición personal de vasallo a súbdito, de súbdito a ciudadano, cuando se supone, siempre ha sido mucho suponer, que estamos en condiciones de ejercer plenamente los derechos y deberes propios de esa condición. Con la emergencia de la ciudadanía se desarrolla el concepto de Nación, entendida como comunión. Los ciudadanos somos algo más que personas dotadas de derechos y deberes, somos parte de un común, de una colectividad forjada a lo largo de siglos de historia con identidad propia. La Monarquía pierde la soberanía, que residirá en la Nación. A cambio pasa a representar, a simbolizar, la continuidad histórica y los valores y principios que están en el fundamento de nuestro sistema de convivencia. Por eso la Monarquía, guste o no a nuestros actuales dirigentes, no es sólo la Jefatura del Estado, no es sólo el equivalente a un presidente de una república. Tiene un plus que va más allá de la ley positiva, entrando de lleno en el plano de lo subconsciente, del sentimiento, del núcleo central del concepto de Nación. Nada mejor que la Monarquía evidencia que España no es una construcción política ideada anteayer, ni el resultado arbitrario de un conjunto de sucesos. Monarquía y Nación se han desarrollado juntas, una ha alimentado a la otra y sin ambas no podemos entender España.

La deconstrucción por ruina de España requiere una estrategia que comienza por la citada batalla cultural, donde se sustituya la Historia por la memoria histórica, lo cierto por lo conveniente, el espíritu crítico por el pensamiento único, la libertad por la corrección política, la verdad por mi verdad, la objetividad por la subjetividad. Dañados los cimientos, el edificio comenzará a derruirse. De hecho, ya ha comenzado, porque la izquierda ha ganado dicha batalla sin apenas esfuerzo, por incomparecencia del adversario.

La Monarquía es un obstáculo que confiaban sortear con tiempo. Sin embargo, el golpe de Estado independentista, la decidida reacción del Rey ante la desidia del presidente Rajoy, consciente de su responsabilidad y del riesgo que corría la institución al intervenir, y la formación de una mayoría parlamentaria con Podemos y distintas formaciones nacionalistas situaron a la Monarquía en el centro de la diana. Felipe VI representa todo lo que se quiere destruir: la idea de España como realidad histórica y como nación, así como el respeto a los valores y principios jurídicos que fundamentan el sistema de convivencia con el que establecimos la democracia a la muerte del general Franco. Solo humillando la institución en la persona del monarca se podrá dar paso a un nuevo régimen, a una España troceada y postnacional.

La mayoría parlamentaria no es lo suficientemente fuerte como para desarrollar esta estrategia con facilidad, pero mientras la oposición se limite a defender la Monarquía y el orden constitucional sin plantar cara en el terreno de las ideas, el triunfo lo tiene garantizado. Cuenta con los medios de comunicación de referencia, la mayor parte del sistema educativo y universitario y el apoyo de la gran empresa. El tiempo juega a su favor, porque la clave no está en la ley, sino en el sentimiento de los ciudadanos. Si mediante ingeniería política los españoles dejan de sentirse parte de una nación, la España que conocemos desaparecerá, se habrá producido una ruptura histórica y la Monarquía habrá perdido su razón de ser.

España se encuentra en la encrucijada de dos procesos históricos: el derivado de un cambio de época que afecta al conjunto del planeta y el intento de cambio de régimen por parte de la coalición de fuerzas nacionalistas e izquierdistas. Ambos procesos se relacionan, interfiriendo el uno en el otro. Los inevitables cambios en el modelo socio-económico afectarán muy directamente al debate político y a la posibilidad de un cambio de régimen. El futuro siempre está por escribir. La Historia desconoce la existencia de leyes. Son los hombres los que la forjan y siempre tendrá ventaja el que parta con una estrategia realista.

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