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Xavier Reyes Matheus

¿Fueron los teólogos de Salamanca los primeros liberales?

¿Cómo podía otorgársele plena autonomía al individuo si la visión que se tenía del mundo lo sujetaba necesariamente a la voluntad de Dios?

Xavier Reyes Matheus
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Juan de Mariana | Wikipedia

Como se ha dicho en entregas anteriores, el movimiento liberal español de comienzos del siglo XIX buscó desmarcarse de la influencia de Francia (la nación enemiga en la Guerra de la independencia) y hallar en la tradición intelectual e institucional hispánica la raíz de las libertades políticas y civiles que se oponían al régimen absoluto. La causa contra el despotismo de la Corona y de sus ministros se vuelve, así, un ejercicio de investigación llamado a recuperar todos los argumentos de autoridad capaces de apoyar las tesis liberales: tirando del Fuero Juzgo, de las Partidas y de otras antiquísimas leyes, los principios que en 1812 recoge la Pepa buscan anclarse, por un lado, en lo que José Manuel Nieto Soria ha denominado "medioevo constitucional" y, por el otro, en la doctrina de los teólogos españoles del siglo XVI que conforman la llamada Segunda Escolástica oEscuela de Salamanca: el Doctor Eximius Francisco Suárez, el dominico Francisco de Vitoria y sus discípulos Melchor Cano, Martín de Azpilicueta y Domingo de Soto, el gran jurista vallisoletano Fernando Vázquez de Menchaca; además de figuras como el jesuita Juan de Mariana, que a su obra filosófica suma una monumental Historia de España y cuya excepcional longevidad lo llevará a morir ya muy avanzado el primer cuarto del siglo XVII.

Francisco Martínez Marina, el historiador del Derecho (y religioso él también) que hizo causa común con los liberales de las Cortes de Cádiz, invocó lo sentado por los teólogos de Salamanca para nutrir sus investigaciones jurídicas. Un biógrafo se ha referido al despliegue erudito que sustentaba los estudios del sacerdote ovetense afirmando que "sus ideas, sus obras, están en un todo subordinadas a la cita, honrada siempre e incompleta a veces". Pero lo cierto es que no fue sólo Martínez Marina quien se valió de aquellos teólogos para postular un ejercicio del poder que había de enmarcarse entre los límites del Derecho Natural: también hicieron otro tanto los independistas hispanoamericanos, procurando devolver a los peninsulares los argumentos elaborados por sus propios pensadores y juristas (e incorporando, para la defensa de su causa, a otras figuras que se habían ocupado singularmente del tema americano, como el polémico fray Bartolomé de las Casas).

En tiempos recientes, sin embargo, fue sobre todo la economista británica Marjorie Grice-Hutchinson, discípula de Hayek y autora de un libro clásico, The School of Salamanca: Readings in Spanish Monetary Theory, 1544-1605 (1952), quien acabó de consolidar la fama de los neoescolásticos españoles como auténticos liberales avant-la lettre. Al recoger las ideas de aquellos teólogos a propósito de importantes cuestiones de economía, podía concluirse lo que apuntaba Rafael Termes:

Es evidente que los escolásticos de Salamanca, todos ellos ortodoxos doctores católicos, en lo tocante a la propiedad privada, al precio de mercado, a la libertad de iniciativa y al papel del Estado, defienden posturas que claramente se insertan en el espíritu del capitalismo.

Pero ¿puede afirmarse que todos los rasgos anteriores –relativos a su pensamiento económico y a lo que predicaban sobre la fuente y el ejercicio de la autoridad– asimilaban a aquellos frailes al liberalismo que surgió en el siglo XIX? Algún autor ultramontano ha considerado que sostener eso es simplemente una herejía. Así, por ejemplo, el padre Francisco de Paula Garzón, de la Compañía de Jesús y fundador, en 1890, del Apostolado de la Prensa, una agrupación de seglares y religiosos destinada a organizar e intensificar la propaganda católica en la sociedad. El jesuita fue además director de un círculo de la Asociación General para el Estudio y Defensa de los Intereses de la Clase Obrera, integrado por unos 1.500 trabajadores de Madrid. En 1889, este activo clérigo publicó una obra titulada El padre Juan de Mariana y las Escuelas liberales. Estudio comparativo; escrita, en parte, como reacción al prólogo que Pi y Margall había añadido a un volumen de la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra dedicado a las obras del Padre Mariana. "Allí Mariana lo es todo", protestaba el sacerdote, "desde republicano rojo a lo Rochefort y comunista a lo Proudhon, hasta fatalista a lo Hegel o a lo Pi y Margall. Si a veces parece católico, o la echa de tal, es contradiciéndose, u olvidándose de que el catolicismo no es una escuela de filosofía ecléctica en la que cada cual toma o deja lo que le viene en voluntad. O todo o nada, so pena de no ser católico".

"¿Con qué derecho –preguntaba el padre Garzón–, con qué lógica, con qué crítica, los que de tan críticos nos preciamos, queremos que un autor del siglo XVI hable como nosotros?". Y, atendiendo a la imposibilidad de comparar contextos, continúa la argumentación:

El dogma, como ahora se dice, de la soberanía popular en el sentido liberal y socialista, que hace del pueblo la fuente única, esencial y última de todo poder político, está en abierta oposición con el dogma católico, que dice que no hay poder legítimo y ordenado que no venga de Dios. De modo que, al defender Mariana la soberanía del pueblo en el sentido de hoy, hubiera tenido que alzar contra Roma bandera de rebelión.

Lo cierto es que, más allá del furibundo antiliberalismo de Garzón (del jesuita, quiero decir…), algunas precisiones suyas son muy dignas de ser tomadas en cuenta. Véase por ejemplo:

Al cotejar las doctrinas de Mariana con las de las escuelas liberales, tomamos la palabra liberalismo en el sentido más lato (…) Para nosotros, liberalismo será casi siempre sinónimo de racionalismo.

Un racionalismo que, citando Garzón las palabras de Donoso Cortés, aparece calificado en otra parte del libro como "demencia monomaniaca".

En efecto: ¿cómo podía otorgársele plena autonomía al individuo si la visión que se tenía del mundo lo sujetaba necesariamente a la voluntad de Dios, y si el destino de la sociedad aparecía vinculado al cumplimiento de un plan divino? Veamos un ejemplo: en un opúsculo de Domingo de Soto, profesor de Salamanca que fue enviado como teólogo imperial al Concilio de Trento, y que escribió el famoso tratado jurídico De iustitia et iure (1556), se fustiga a los que cometen crímenes como "jurar por los cabellos de Dios" o practicar el "pecado nefando" (la homosexualidad), y se afirma a renglón seguido (comentando disposiciones del Corpus Iuris Civilis):

Y por esta razón, muchas veces Dios por estos pecados se ensaña del linaje humano, y unas veces permite que se abrasen ciudades, y otras veces que las gentes perezcan de hambre, o ellas entre sí se maten por las guerras, o los elementos las destruyan por terremotos y por otros semejantes castigos, por los cuales Dios toma venganza de la honra y ensalzamiento de su nombre. Por la misma razón manda allí santísimamente el Emperador a sus justicias que a quien hallaren en tales delictos, allende que los que así pecan, se hacen así mesmos indignos de la misericordia de Dios, los castiguen con últimos suplicios, que quiere decir, de muerte.

¿Cómo podía conciliarse con la libertad personal este fatalismo en el que, igual que sucede hoy entre los fundamentalistas islámicos, el hombre está indefenso bajo los efectos de una implacable justicia divina? ¡Qué diferencia aquella postura con la que, ya en siglo XVIII, exhibe el padre Benito Jerónimo Feijoo en su tratado sobre los terremotos (estando entonces reciente el devastador de 1755, que había reducido a Lisboa a un montón de ruinas)!

Y acabemos de entender que para aprovecharnos de los terremotos y corregir las costumbres no es menester valernos de cosas insubsistentes, de piedades falsas, y de propagar que los terremotos son siempre señas de la indignación de Dios y provenidos de una especial Providencia. Dios no quiere sino la verdad, y rechaza la mentira y la falacia. Ningún efecto es más a propósito para la enseñanza moral que la muerte, pues de ella nadie se escapará; y de los terremotos son centenares de millones de almas que lo han sufrido y se han librado, y no es menester y es falso decir que la muerte es sobrenatural o producida no por la Providencia general de Dios, sino por una particular. Es dogma de fe católica que Dios produce todas las causas y efectos; y, siendo efectos naturales los terremotos, truenos y tempestades, concurre Dios a su producción, como a cualquier efecto natural. Cuando se han de tener los terremotos y truenos por sobrenaturales, o causados por una especial Providencia, pide un profundo estudio, y más allá de lo que parece.

Con el inteligente benedictino, las Luces comenzaban a alumbrar el panorama intelectual español, y a disponer las mentalidades para la llegada de los principios liberales.

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