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Xavier Reyes Matheus

Borges y el concepto liberal de la identidad

Un pueblo puede hacer aportaciones propias a la cultura, pero el valor de los productos artísticos no se reduce a la apreciación del color local.

Xavier Reyes Matheus
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Jorge Luis Borges | Cordon Press

La independencia de la América hispana, a la zaga de la estadounidense y de la Revolución francesa, debe adscribirse aún al ideario ilustrado del siglo XVIII. Sus argumentos se apoyan en una visión universalista, que invoca la soberanía popular y el poder constituyente para crear la nación ex novo, sin ataduras con el pasado. Pero la edificación de las nuevas repúblicas, a lo largo del siglo XIX, coincidirá ya plenamente con el nacionalismo romántico que se impone en Europa, y que empuja también a los países hispanoamericanos a buscar un alma propia, una distintiva manera de ser que debe inferirse a partir de sus distintas manifestaciones culturales.

Por supuesto, correspondió siempre al poder político determinar cuáles eran esos rasgos característicos de la nacionalidad. El Estado sancionaba la oficialidad que hacía de tal novela, de tal composición o de tal pintura un símbolo del Volkgeist, un objeto de devoción pública y un ideal estético que debía ser ensalzado e imitado por todos los buenos hijos de la patria. Lo que se alejaba de esos modelos se volvía en cambio sospechoso de extranjerizante, de eso que en mi país de origen se llamaba musiú (forma popular, y sin duda paródica, de la palabra monsieur, claro). A los nacionalistas no les basta con que las personas sean de un sitio: deben, además, parecerlo, como la mujer de César.

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