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Xavier Reyes Matheus

Isaías Medina y la transición frustrada de Venezuela

La acción de gobierno de Medina iba a mostrar un extraordinario talante democrático.

Xavier Reyes Matheus
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Wikipedia

Para algunos analistas e historiadores que se inclinan por la mirada de longue durée, el origen de los males de la democracia venezolana debe buscarse en el golpe de Estado que derrocó al presidente Isaías Medina Angarita en octubre de 1945. Desde luego es una tesis interesante, aunque imaginar el destino del país sin aquel acontecimiento no sólo implica hacer historia contrafactual, sino preguntarse por la viabilidad del gradualismo reformista en una época en la que la política ya parecía indisociable de la movilización de las masas.

Medina (1897-1953) fue un hijo político del largo régimen encarnado en Juan Vicente Gómez, dictador de Venezuela entre 1908 y 1935. Gómez había accedido al poder con el apoyo de Estados Unidos, que encontró en aquel caudillo taimado y medio analfabeto un valioso aliado para garantizarse la explotación del petróleo venezolano en condiciones muy favorables. El Benemérito o El Bagre, como llamaban respectivamente al dictador sus acólitos y sus detractores, se convirtió a su vez para sus socios americanos en una garantía de estabilidad. Bajo su mano férrea cesaron los constantes alzamientos promovidos por autoproclamados generales que cada dos por tres asaltaban el Gobierno. Aunque el propio Gómez había salido de esas montoneras que signaron el siglo XIX venezolano, una vez en el poder organizó el ejército siguiendo el modelo prusiano y lo convirtió en un cuerpo profesional. Se reservó el mando militar, que ejercía desde su retiro en Maracay, mientras confiaba el gobierno civil a doctores e intelectuales adscritos al positivismo, ese movimiento difusamente inspirado en Comte que tanto predicamento tuvo en Hispanoamérica, y que puede compararse con el krausismo español en su empuje modernizador y laicista (aunque la Iglesia católica, impregnada de nacionalismo venezolanista, se entendió muy bien con el dictador). Si bien es cierto que Gómez gobernó a Venezuela como si fuese su cortijo, repartiendo cargos y dignidades entre sus familiares y allegados, al morir de viejo en la cama, en diciembre de 1935, las cuentas públicas se encontraban ejemplarmente saneadas. Por otra parte, el régimen se valió de una policía política incivilizada y brutal que combatió cualquier disidencia, pero sus más célebres opositores no sufrieron la muerte por ello –aunque sí la tortura y el destierro–. El caso que tuvo mayor recorrido fue el de unos estudiantes universitarios casi adolescentes que fueron reprimidos tras unas protestas en el año de 1928: de aquella Generación del 28 surgirían los líderes que habrían de construir el sistema democrático venezolano (señaladamente Rómulo Betancourt, padre del partido Acción Democrática, AD).

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