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Santiago Navajas

Héroes del capitalismo ético

El capitalismo es un sistema paradójico. Mientras que los comunistas son aquellos que están a favor del comunismo, los capitalistas quieren hundirlo.

El capitalismo es un sistema paradójico. Mientras que los comunistas son aquellos que están a favor del comunismo, los capitalistas quieren hundirlo.
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"Un hombre debe tener unas normas" (Omar Little, The Wire).

El capitalismo es un sistema paradójico. Mientras que los comunistas son aquellos que están a favor del comunismo, los capitalistas quieren hundirlo. Hay una contradicción estructural entre la economía de libre mercado y aquellos que quieren encadenar al mercado para ponerlo al servicio de sus intereses espurios. El verbo detentar significa ejercer un poder de manera ilegítima. En el caso del capitalismo, hay una carrera entre quienes tienen una relación especial con la información, la materia prima de la que se nutre esa maquinaria de transmisión de datos que es el mercado, para obtener un poder sobre el mercado desde el mismo mercado que les lleve a tener privilegios exclusivos y a acumular de esta manera riqueza y prestigio, los dos motores fundamentales de la economía de mercado.

Contra esa tendencia a que haya capitalistas cuyo objetivo sea conseguir un monopolio, de manera que los mercados estén secuestrados o sean eliminados, hay dos posibles soluciones, ambas discutibles. Por un lado, la socialdemócrata considera que allí donde hay un fallo de mercado debe intervenir el Estado, para proveer un sustitutivo o implantar un parche legislativo. La medicina suele ser peor que la enfermedad. En cambio, la solución liberal consiste en tratar de remediar un fallo de mercado desde dentro, es decir, averiguando dónde ha estado el fallo institucional o tecnológico y diseñando una estructura alternativa.

De eso va fundamentalmente la obra de Michael Lewis y, en concreto, su último libro, Flashboys. Del pensador Edmund Burke, uno de los pocos que no cayó rendido al hechizo libertador de la Revolución Francesa, se conoce principalmente una cita más bien apócrifa: "El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada por evitarlo". Sin embargo, no hay duda de que escribió:

¿Qué es la libertad sin sabiduría y sin virtud? El mayor de todos los males. Sin educación y moderación, no es más que disparate, vicio y locura.

Dentro de la sociedades abiertas y liberales, quizá no haya mayor espacio dedicado al disparate, el vicio y la locura que Wall Street. Tom Wolfe lo retrató de forma inmisericorde en La hoguera de las vanidades; pero es Michael Lewis el que, a través de sus formidables ensayos en forma de relatos periodísticos, mejor ha descrito y destripado los laberintos de avaricia e hybris de un mundo de machos alfa a la búsqueda de estatus y riqueza. Como si el toro de Wall Street no fuera de Arturo di Modica y bronce sino de Aarón y oro.

Los flash boys del título de Lewis son, en realidad, los malos de la película. Los intermediarios financieros (brokers) que usan las redes de alta velocidad para realizar las transacciones bursátiles de manera que el sistema del mercado financiero esté, como señala uno de los grandes inversores entrevistados por Lewis, Mike Gitlin, de T. Rowe Price, "amañado". Porque el mercado de compra y venta de acciones y todo tipo de derivados ha mutado radicalmente cuando se ha introducido el factor velocidad de las órdenes en la ecuación. Si hasta hace poco se consideraba que la velocidad relevante a la hora de transmitir la información de compraventa era el segundo, por obra y gracia de la tecnología ahora es el microsegundo. Y ese aumento en la velocidad que ha transfigurado la concepción del tiempo y el espacio ha hecho que aquellos que, gracias al poder económico, consigan ser más rápidos puedan conseguir una información privilegiada que altere significativamente las normas del mercado, usualmente para favorecer sus intereses espurios y quebrantar el fair play en la compraventa. Si todo el capitalismo es en última instancia un sistema fiduciario, la más mínima duda sobre su corrupción es devastadora. Como decíamos, los principales enemigos del sistema capitalista son endógenos al mismo, los capitalistas que tienen la capacidad de trucar el intercambio de información para conseguir ésta de forma privilegiada. En este caso, a través de "plataformas opacas", desde el punto de vista económico, y de la "inercia moral", desde la perspectiva ética, que lleva a una omertà mafiosa por parte de los que controlan el sistema desde sus posiciones de dominio tecnológico y empresarial.

Frente a la acción vil de los que se aprovechan de una ventaja tecnológica para manipular el mercado se levantaron unos pocos de esos mismos agentes financieros. Gente que creía que el mercado debía ser no sólo eficiente y libre sino también justo y equitativo. De Sergey Aleynikov a Brad Katsuyama, pasando por Rob Park o el programa informático Thor. No creo que supiesen siquiera de su existencia, pero, como lema del nuevo mercado que crearon, podrían haber empleado otra cita de Burke: "Free trade is not based on utility but on justice" ("El libre mercado no está basado en la utilidad sino en la justicia"). En el caso concreto de estos brokers que pretendían sacar a la luz los mejores ángeles que los mercados llevan dentro, parafraseando a Abraham Lincoln, la creación de justicia y equidad en los mercados se basa en cuatro sencillas premisas relacionadas con la información asimétrica y los incentivos perversos de los intermediarios bursátiles.

El libro podría haberse titulado, a lo Heidegger, El Ser (bursátil) y el Tiempo (del Big Data), porque lo que Lewis hace es un análisis fenomenológico de cómo el espacio y el tiempo afectan a la realidad percibida (a través de las pantallas del ordenador). Frente a tanto apocalíptico e integrado del capitalismo, entre los que lo satanizan tachándolo intrínsecamente de "canalla" y los que le ponen una vela a San Mercado y otra a Ludwig von Mises, su profeta, Michael Lewis, a través de la trilogía El póker del mentiroso, La gran apuesta y, ahora, Flashboys, funde en sus relatos periodísticos La riqueza de las naciones y la Teoría de los sentimientos morales, ambos de San Adam Smith, advirtiendo de que ese potencial para la gigantomaquia que tiene el capitalismo, y que admiró el mismísimo Karl Marx en el Manifiesto comunista, lo mismo puede derivar en un Armagedón (al estilo del flash crack que se produjo a las 2:45 del 6 de mayo de 2010, cuando los algoritmos que son los reyes de los mercados bursátiles se volvieron locos) que continuar la senda de destrucción creadora que Schumpeter estableció como marca de la casa de la economía de mercado. Que el balance neto siga siendo más creador que destructor depende en última instancia, nos muestra Lewis en sus libros, de que haya hombres que se sitúen en la balanza de parte de los mejores ángeles de nuestra naturaleza. Y no les quepa duda de que los peores son muy fuertes y taimados.

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