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Santiago Navajas

Richard Thaler, un liberalismo para el siglo XXI

Si no puedes con tu enemigo, únete a él. No para asimilarte sino, muy al contrario, para transformarlo desde dentro, sutil y subrepticiamente. Esto es lo que propone el 'paternalismo liberal' respecto al Estado.

Santiago Navajas
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Si no puedes con tu enemigo, únete a él. No para asimilarte sino, muy al contrario, para transformarlo desde dentro, sutil y subrepticiamente. Esto es lo que propone el 'paternalismo liberal' respecto al Estado.
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Si no puedes con tu enemigo, únete a él. No para asimilarte sino, muy al contrario, para transformarlo desde dentro, sutil y subrepticiamente. Esto es lo que propone el paternalismo liberal (libertarian paternalism) respecto al Estado: ya no se trataría de reducir su tamaño, una empresa que lleva a la melancolía dada su imposibilidad manifiesta, sino, en lugar de mantenerse al margen, llevados por una estadofobia más bien ingenua e infantil, tomar las riendas de la acción estatal para tratar de reducir al mínimo posible sus efectos intervencionistas sobre la acción de los mercados y la libertad de los individuos.

Podría parecer que la propuesta de un Estado de Bienestar Liberal es lo más parecido a la cuadratura del círculo. Pero, desde que aceptamos la dualidad onda-corpúsculo de la luz y que en la caja de Schrödinger un gato está, a la vez, vivo y muerto, no debería haber mayor dificultad en asumir que en el siglo XXI el liberalismo tendrá que desprenderse de ciertos dogmas maniqueos que han lastrado su participación política y aceptar que la dualidad Hayek-Keynes no sólo es posible sino la única tercera vía para un liberalismo que abandone el zángano victimismo de los think tanks de marfil, en los que cómodamente sobrevive.

El Premio Nobel de Economía que acaban de conceder a Richard Thaler, de la Universidad de Chicago, viene a subrayar, tras el Nobel en 2002 al psicólogo Daniel Kahneman, el cambio de paradigma que se está produciendo en la ciencia económica, desde una perspectiva lógico-matemática a otra más bien psicológico-experimental (lo que no es sino una vuelta a sus orígenes escoceses, con Adam Smith y David Hume). Lo que Thaler y compañía denominan Psicología Económica (Behavioral Science and Economics) consiste en sustituir los viejos postulados de la economía tradicional, según la cual las personas somos seres completamente lógicos y racionales (más vulcanianos de Star Trek al estilo de Mr. Spock que Homo sapiens normalitos como el capitán Kirk), por otros más realistas que asumen los sesgos (palabra favorita en la Psicología Económica) de nuestra racionalidad "humana, demasiado humana", que diría Nietzsche. Por ejemplo, las ilusiones cognitivas que nos hacen hipervalorar lo que tenemos y volvernos locos con las gangas o nos conducen a querer lo que no necesitamos por una cuestión de modas o de simple culo veo, culo quiero.

En general, por tanto, lo que defiende Thaler, siguiendo el trabajo pionero de Kahneman y Tverski, es que nuestras decisiones, influidas por emociones, prejuicios (en el sentido de las creencias de Ortega y Gasset) y experiencias (esa teoría de andar por casa que solemos llamar sentido común) no es algo accidental o anecdótico de la acción humana (por emplear la célebre acepción empleada por Ludwig von Mises para explicar su teoría lógico-económica), sino que constituye un núcleo fundamental de la actividad económica que sería ilusorio esperar que se disolviera como un azucarillo en el aguardiente del largo plazo o de la actividad intrínseca de la mano invisible.

Cambiar al Homo economicus supuesto por la economía ortodoxa por el nuevo Homo psicologicus no implica, de todos modos, que haya que tirar las teorías económicas a la basura sino, simplemente, adaptarlas a los resultados empíricos sobre el comportamiento dialéctico entre la razón y la emoción, entre el conocimiento y los prejuicios, del ser humano típico y tópico. Es como si el economista habitual se hubiese tropezado con el votante medio de Churchill y en lugar de desesperar de la democracia de mercado se hubiese rendido a la posibilidad de elaborar una teoría económica para dicho sujeto, más imprevisible y errático de lo esperado, para construir modelos económicos capaces de explicar y predecir su comportamiento.

El liberal típico comienza a santiguarse como si hubiese visto al diablo cuando se entera de que tras la estela de las ideas de Thaler se ha creado un organismo estatal como el que impulsó David Cameron en Gran Bretaña llamado Behavioural Insights Team. Pero, y aquí está la dualidad Hayek-Keynes de la que hablábamos antes, puede darse un aumento de la actividad estatal que repercuta en un aumento de la libertad individual y de la apertura de la sociedad. Como en un juego win-win, el liberalismo del siglo XXI ha comprendido que el triunfo del Estado también puede ser el triunfo del individuo, y de la sociedad en general, si se articulan unas reglas del juego en las que las ganancias, tanto en lo económico como en términos de prosperidad y de libertad, vayan en todas direcciones.

Thaler pone varios ejemplos de cómo se podría conseguir ese círculo virtuoso de acción estatal e individual planteando el rediseño de las leyes para que favorezcan una dirección social sin coartar la libertad individual. De modo parecido a los niños que demandan un empujoncito de sus padres para empezar a columpiarse pero luego se impulsan ellos mismos según sus ganas y capacidad de elevarse, los adultos también podríamos necesitar algún que otro empujoncito del Estado que nos ayudase a hacer aquello que realmente queremos hacer pero que, por diversos sesgos, no hacemos. El Estado sería así el sustitutivo de esa fuerza de voluntad o capacidad de atención que, por defecto, lleva a muchas personas a no cumplir con sus deseos, sea ir al gimnasio, despertarse por la mañana para llegar puntual al trabajo o acordarse de la fecha del aniversario del matrimonio (por lo que pagamos por adelantado varios meses, programamos un despertador o lo apuntamos todo en una agenda).

Vayamos a los ejemplos. Seguramente usted, estimado lector, ha pensado que le gustaría donar sus órganos cuando muera. Sin embargo, hacerse donante de órganos es la típica tarea que vamos postergando para mañana. Pero el mañana puede llegar en forma de trágico accidente antes de que hubiésemos concretado nuestra intención en un documento formal. Podríamos plantear, para remediar la falta de órganos, la organización de un mercado de órganos a lo liberal, pero, seamos realistas, habría tantos peros tanto desde el lado conservador como desde el socialista, que la propuesta sería inviable. Sin embargo, podemos desde el Estado dar un empujoncito (nudge en inglés) a los ciudadanos para que cumplan hoy mismo su deseo de ser donantes simplemente decretando que lo son por defecto. Aunque, y aquí interviene el momento liberal, respetando la voluntad del que se niegue permitiendo que se dé de baja en dicha donación de una manera fácil y sencilla. Los resultados que consigues en un programa de donación de órganos son muy diferentes si a los ciudadanos se les ofrece una de estas dos opciones:

–Rellene la casilla si quiere donar los órganos.
–Rellene la casilla si no quiere donar los órganos.

En el primer caso habrá pocas donaciones. En el segundo habrá muchísimas donaciones. Sea como fuere, es cada individuo el que decide qué hacer con su vida. Pero basta cambiar el diseño de la pregunta para que la acción social vaya en una dirección u otra.

Otro ejemplo recae en los comedores escolares. ¿Cómo colocar los distintos tipos de comida en las bandejas? Podríamos optar por hacerlo de modo que no interfiriese demasiado en lo que los niños tomarían por sí solos, digamos bollería antes que fruta. O, por el contrario, colocar en primer lugar los alimentos objetivamente saludables (aunque sin llegar a prohibir los que no lo son tanto). También podríamos hacerlo al azar… Pero el que haya un arquitecto de decisiones, la figura paternalista de la que tanto desconfiamos los liberales, no es un problema real si la capacidad de elección sigue siendo posible aunque esté sutilmente orientada. Otro ejemplo podría ser la obligación de ponerse el casco para viajar en moto o en bicicleta, salvo que firmes una declaración de que efectivamente no quieres ponértelo. Otro son los cajeros de los bancos que te obligan a coger la tarjeta antes que el dinero (evitando así que los despistados como yo la olviden en la ranura). Pequeñas obligaciones, empujoncitos, que nos imponemos con la colaboración del Estado como buen amigo previsor en lugar de como gran hermano opresor.

Pero, claro, si todos tenemos ilusiones cognitivas, también las tendrán los sabios que compongan los Behavioural Insights Teams. Por ello la clave es que no son ellos los que vigilan, sino que implementan un sistema impersonal que se aplica a todos, incluso, claro, a ellos mismos, que también serán víctimas de las ilusiones cognitivas, porque, como en el caso de las ilusiones perceptivas, saber que se producen no te evita seguir padeciéndolas.

Tanto el libro de Richard Thaler La psicología económica como el que ha escrito con su pareja académica Carl Sunstein, Un pequeño empujón, así como la biografía sobre Kahneman y Tversky que recientemente ha publicado Michael Lewis, Deshaciendo errores, y Las trampas del deseo: cómo controlar los impulsos, del también psicólogo Dan Ariely, conforman una bibliografía esencial para comprender el asalto liberal al Estado socialdemócrata de modo que los ingenieros sociales pasen a ser arquitectos políticos, refinando así un programa de reforma para el aumento de las libertades individuales mejorando el diseño institucional de las reglas sociales.

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