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La infancia viral de Telémaco y el Asno de Buridán

Una década después de la publicación de aquel libro, el paisaje que predomina en las aulas de enseñanza media en España ha confirmado nuestras peores sospechas.

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'El profesor en la trinchera' | La Esfera de los Libros

Año 2008. La primera ley educativa de la llamada democracia cumple la mayoría de edad. Dos décadas cumplidas, y cambios legislativos casi exclusivamente decorativos, son un intervalo de tiempo prudente como para diagnosticar sus deficiencias.

Trabajar en la enseñanza fue un impacto contra el mundo real que aturdía a los que salían limpios e ingenuos del oasis peterpanesco de la Universidad. Diez años en esa jungla, inmerso en la batalla diaria contra la burocracia, la estupidez propia y la ignorancia ajena, me llevaron, guiado por ciertas lecturas esenciales, a un libro. Un libro cuyo título juega con la metáfora bélica, El profesor en la trinchera, un modesto tributo actualizado al Heráclito que con lucidez inflexible ve que "la guerra es el padre de todas las cosas" y a la caverna platónica. Escribir ese libro en ese momento me permitió arrojar algo de luz, para alumbrar la oscuridad como quiere la alegoría cavernaria del padre de la Filosofía, sobre esa actividad tensa y fascinante a la que fui arrojado por el principio de realidad. Enseñar. Anomalía degradada a mera acogida, a guardería administrativa. El profesor es hoy una suerte de notario que, en muchos casos, intentando enseñar, se obstina en contradecir la función burocrática de simple carcelero-entertainer a tiempo parcial que se le ha asignado y a la que se le ha condenado para cuidar de esos mutantes que son los adolescentes en cuerpos de adulto, con vicios de adulto, Telémacos sin Ulises que les guíe ni Mentor con autoridad suficiente. Una infancia viral propagada a mayor gloria de la indigencia escolar y el reino del todo vale. La ley del 90 convirtió en heroicidad estéril la rebeldía necesaria de transmitir conocimientos, de adiestrar en el pensamiento con el instrumental que la tradición griega desató. Confinó el acto del aprendizaje en los márgenes de la insumisión. Para los alumnos que osan aprender, resistir el empuje de la ignorancia, en un sistema que la incentiva, es más valioso aún que la fortaleza del profesor que por responsabilidad profesional, conocimiento o costumbre sigue tratando de dar clase.

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