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Xavier Reyes Matheus
Xavier Reyes Matheus

Montanelli y Mussolini

La carrera y la personalidad del dictador quedan retratadas en las lúcidas estampas trazadas por el gran periodista florentino.

Xavier Reyes Matheus
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La carrera y la personalidad del dictador quedan retratadas en las lúcidas estampas trazadas por el gran periodista florentino.
Rizzoli

Rizzoli ha publicado recientemente un compendio de textos de Indro Montanelli titulado Io e il Duce; artículos, comentarios de libros y respuestas a los lectores que, ordenados cronológica y temáticamente por el historiador Mimmo Franzinelli, se pasean por las distintas etapas de la vida de Mussolini hasta componer una especie de síntesis biográfica. Desde los recuerdos de sus compañeros de pupitre en la Escuela Normal de Forlimpopoli hasta el grotesco espectáculo de Piazzale Loreto, la carrera y la personalidad del dictador quedan retratadas en las lúcidas estampas trazadas por el gran periodista florentino, que dedicó al régimen fascista varios volúmenes de su Storia d´Italia (escritos junto a Mario Cervi), y que además se explayó frente a la cámara y las preguntas de Alain Eklann recordando todo aquello de lo que había sido testigo durante el convulso siglo XX.

Como se sabe, Montanelli participó en su juventud del entusiasmo patriótico que despertaban las arengas de Mussolini, y con aquellos arrestos se enroló en 1935 para participar en la campaña de Abisinia. Pero la decepción no tardaría en llegar: en julio de 1932, el Duce había recibido en Palazzo Venezia a Montanelli y los demás periodistas de L´Universale, una publicación quincenal partidaria del régimen, y había felicitado a nuestro autor por un artículo que había escrito en defensa de los judíos, espetándole: "El racismo es porquería de gente rubia". Seis años más tarde se promulgaban en Italia las leyes raciales. Montanelli tampoco agradó demasiado al fascismo con sus escritos como corresponsal en la guerra civil española. Y en 1939, en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, el periodista culpa al tirano de llevar a su país al abismo llamándolo "delincuente" y "asno". Su militancia antifascista acabará convirtiéndolo en presa de los alemanes, que lo condenan a muerte; pero poco antes de su ejecución consigue escapar de la cárcel de San Vittore y pasar a Suiza, de donde volvería ya muerto Mussolini y caído el Tercer Reich.

El volumen que ahora publica Rizzoli abunda en aspectos muy conocidos de la personalidad del Duce; pero, además de la prosa viva, directa y contundente de Montanelli, su mayor mérito consiste en traer al panorama actual el ejemplo de aquel escenario que en los años 20 y 30 permitió el derrumbe de los sistemas liberales y el ascenso del totalitarismo. Especialmente significativa es la crónica de la Marcha sobre Roma y de sus dramatis personae, resumida así por Montanelli:

La marcha sobre Roma no fue más que un bluf, y tuvo éxito no por mérito de los squadristi, sino por el fallo de quienes no supieron impedirla.

Mussolini, dice Montanelli, no fue nunca un hombre de Estado ni era ajeno a las vacilaciones y a la inseguridad, pero estaba dotado de una enorme habilidad para las maniobras políticas. En 1922, y tras sacar los fascistas 37 diputados en las últimas elecciones (de una Cámara de 535), se creía que Mussolini estaba completamente hecho a la idea de insertarse en el juego parlamentario. Esto desesperó a algunos compañeros de partido más inclinados a la acción directa, que buscaron el liderazgo del poeta Gabriele D’Annunzio para acaudillar una gran movilización. Ante esa posibilidad, Mussolini pasó a la ofensiva y marchó a Nápoles, donde un Congreso del Partido reunía a 60.000 camisas negras de toda Italia. Allí dio dos discursos, tomando perfectamente la medida del público al que se dirigía: en el Teatro San Carlo habló con mesura a la burguesía napolitana, presentándose como un defensor de la legalidad y un restaurador del orden, y ganándose incluso los aplausos de Benedetto Croce. Luego, en la Plaza del Plebiscito, cambió el registro prometiendo a las masas "coger por el cuello a la vieja clase dirigente italiana".

Frente a esa amenaza, el Gobierno del liberal Luigi Facta, fundado en un frágil pacto con los demócratas y los populares de don Luigi Sturzo, no sólo no prohibía semejantes concentraciones, sino que hasta les facilitaba trenes a los asistentes. "En cuanto a la oposición socialcomunista", dice Montanelli, se hallaba "encerrada en una contestación global, y para no colaborar con el Estado burgués rechazaba el acuerdo con los populares, único partido que podía dar vida a un eficiente frente antifascista, y en la Cámara votaba, con los fascistas, contra el Gobierno".

El temor a la movilización empezó a cundir, y las medidas sobre el estado de sitio dividieron las opiniones y sacaron de quicio al rey, que veía peligrar la monarquía. Se propuso entonces, para conjurar la amenaza, sustituir a Facta por el conservador Antonio Salandra, antiguo jefe del Gobierno. Varios líderes fascistas fueron a tratar el asunto a casa del viejo político, que avanzó tres propuestas: asumir la presidencia y convocar elecciones con el apoyo de los fascistas, formar Gobierno con participación de los fascistas o gobernar con Mussolini como ministro del Interior. Cuando los negociadores transmitieron estas propuestas al Duce, su respuesta fue categórica:

No he hecho todo esto para asistir a la resurrección de don Antonio Salandra. La presidencia del Gobierno debe ser mía.

Finalmente, su actitud inflexible y amedrentadora dio resultado: el ofrecimiento del poder por parte del rey le llegó "negro sobre blanco", como quería, para ir a Roma no con el propósito de negociar el Gobierno, sino de asumirlo directamente. Al leer el mensaje, Mussolini se volvió a su hermano y con la voz rota le dijo, en dialecto romañolo: "Se i foss e bà" (ʿ¡Si papá estuviese aquí!ʾ). Según Montanelli, la marcha se había limitado a un gran despliegue escenográfico, que ni siquiera hizo falta activar del todo. Mussolini, dice el periodista,

había comprendido que para vencer aquella batalla no había necesidad de ejército. El régimen que quería abatir estaba ya claudicante. No era necesario matarlo, bastaba con enterrarlo.

Y concluye:

Pero esta es la fortuna de todos los fascismos, que no son la alternativa a la democracia: son sólo sus enterradores. Y entran en servicio cuando la democracia los llama, suicidándose.

Otra parte muy interesante del volumen de Rizzoli es la recensión que hizo Montanelli al conocido libro de Paolo Monelli Mussolini, piccolo borghese. Constatando que Mussolini no era efectivamente un hijo de la clase obrera, dice el célebre fundador de Il Giornale:

(…) como todos los grandes caudillos de las masas proletarias, el origen del futuro dictador italiano se encuentra entre el artesano y el pequeño burgués, con todas las insatisfacciones y deseos de revancha que les son propios. La media cultura de estos hombres es infinitamente más peligrosa que una total incultura, porque les permite elevar a doctrina y sistema cualquier cartilla sin examinarla críticamente para asignarle un límite y una medida. El radicalismo es el atributo característico del medio pelo intelectual y hace del Mussolini fascista e imperialista un personaje extrañamente coherente con el Mussolini socialista e internacionalista. Oh, me parece verlo y oírlo, al joven Benito, discutir, sin haberlos leído jamás, sobre Spinoza, Kant, James y Jorge Guillermo Federico Hegel en el café de Forlì, entre la estupefacción admirada de los cajeros y de los paletos que se sientan en las mesas cercanas, e interpelar bruscamente a un Aldo Patini de dieciséis años con estas palabras: "¿Y usted qué piensa del monismo?".

Por lo demás, Montanelli asume la tarea de clarificar la figura de Mussolini sin dejarse condicionar por la infantil pretensión, dominante en nuestro tiempo, de borrar la historia para sustituirla por un auto sacramental. Aunque dirigidas a los italianos, sus palabras se ajustan perfectamente a lo que sucede hoy en España:

Para nosotros la historia es sólo un pretexto para la división y la pelea. Bástenos ver la volubilidad con la que cambiamos los nombres de las plazas y de las calles. En el furor de la expurgación fue arrancado incluso el de Marconi, porque el fascismo le hizo académico.

Una reflexión que lo lleva a exclamar:

¡Qué país más ridículo! Como los niños, tiene miedo a los fantasmas.

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