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Santiago Navajas

Progres y capullos: una biografía de la Escuela de Fráncfort

Para los marxistas freudianos hay una pendiente resbaladiza que lleva a los trabajadores de comprar en el Primark a votar a Adolf Hitler, digo Donald Trump.

Santiago Navajas
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Para los marxistas freudianos hay una pendiente resbaladiza que lleva a los trabajadores de comprar en el Primark a votar a Adolf Hitler, digo Donald Trump.
Portada del libro "Gran Hotel Abismo" | Turner

Juan Carlos Girauta cuenta en una entrevista que a mitad de los años 70 el que no era progre era un capullo.

Cómo no íbamos a ser progres, con aquella sensación de que el poder no existía, en aquella Barcelona libérrima.

En realidad, en los 70, en los 50, en 2018 y, en general, en cualquier época la mejor forma de saber si alguien es un capullo consiste en averiguar si pretende ser progre. Lo progre siempre ha sido una manera hipócrita y superficial, cuando no criminal, de ir de rebelde para conseguir algo de postureo epatando al burgués haciéndose punk o hippie, maoísta o trotsko. Lo cual no deja de tener un pase si eres un adolescente (ahora el postureo rebelde consiste en tatuarse o declararse "aliado feminista"), pero resulta francamente algo patético si tienes la edad del padre o el abuelo del millennial.

En Gran Hotel Abismo (Turner, 2018), Stuart Jeffries nos relata la trayectoria vital e intelectual de los reyes del postureo progre: los intelectuales de la Escuela de Fráncfort. Hijos de papá con ansias de rebeldía, si la vida de Adorno, Horkheimer, Benjamin, Marcuse… fuese a ser llevada al cine, serían Nicholas Ray o Gus van Sant, especialistas en emotivos relatos estetizantes sobre rebeldes sin causa, los que deberían hacerlo.

El prólogo contiene la anécdota que da la clave que define el rango tonal de esta biografía colectiva, una partitura para varios instrumentos, en función de los diversos protagonistas que van apareciendo a través de las diversas décadas. En 1969 Adorno confesó:

Yo establecí un modelo teórico de pensamiento. ¿Cómo podría haber sospechado que la gente quería ponerlo en práctica con cócteles molotov?

Este reconocimiento por parte del más grande pensador francfortiano define la mezcla de frivolidad, superficialidad e irresponsabilidad de lo que Julien Benda había definido como "la traición de los intelectuales". El título de la obra viene porque György Lukács, otro pensador marxista más comprometido con el partidismo comunista, describió sarcásticamente a la Escuela como "un hermoso hotel equipado con toda clase de lujos, al borde del abismo, de la vacuidad, del absurdo".

Un estudiante de la Escuela pintarrajeó en una pared:

Quien se dedica a la teoría sin tomar acciones prácticas es un traidor al socialismo.

Entiéndase por "acciones prácticas" el terrorismo de las Brigadas Rojas, la Baader Meinhof o ETA, que por aquella época empezó a desarrollarse. Es decir, en la misma época en la que Juan Carlos Girauta ingresaba en la Joven Guardia Roja (¿en serio se llamaban así?), la elección era ser considerado un capullo o lanzarse de lleno a traicionar al intelecto o al socialismo para ligar más (¿de verdad ligaban más?).

Ojo, a Adorno y compañía la violencia política no es que les pareciera mal en sí, sino ineficiente: "Las barricadas son ridículas contra quienes controlan la bomba". Otra cosa, sugiere el texto, sería si existiera una bomba revolucionaria "suficientemente potente". Jeffries, como quien no quiere la cosa, admite que Benjamin, el esteta del marxismo, si no se hubiera suicidado perseguido por los nazis hubiese apoyado el terrorismo, dada su querencia a la fetichización de revoluciones totalitarias como la jacobina.

La biografía íntima de los filósofos se combina armoniosamente con su faceta intelectual y pública. Así, Walter Benjamin, el más pijoprogre de todos, en su vida aprendió a hacerse un café, pero culpaba de ello a su madre dominante, en un conflicto edípico que le sirve a Jeffries para explicar gran parte de sus contradicciones. Su padre le sugería que buscase un oficio con el que ganarse la vida, pero eso a Benjamin le parecía una degeneración burguesa propia de filisteos como su progenitor. Lo que no era óbice para que le pidiese continuamente dinero. Sucio, se supone, ya que provenía de una actividad capitalista que a alguien investido de pureza contemplativa le hacía poner los ojos en blanco. Pero ya se ocuparía él de limpiarlo a través de agudas observaciones y bellas metáforas para explicarnos cómo el capitalismo y la democracia liberal nos conducen inexorablemente a la barbarie y la alienación.

Porque para los marxistas freudianos hay una pendiente resbaladiza que lleva a los trabajadores de comprar en el Primark a votar a Adolf Hitler, digo Donald Trump. En la visión francfortiana, cuando las masas proletarias se dirigían a la revolución comunista se toparon con una valla publicitaria que les anunciaba un gran centro comercial denominado "El Paraíso en la Tierra: todo a mitad de precio", y se olvidaron tanto de su alma cristiana como de su espíritu revolucionario para lanzarse de cabeza al consumismo más descerebrado. Tras este profundo análisis, que combinaba a Marx y a Freud con unas gotas de milenarismo veterotestamentario, el lema de los estudiantes de Fráncfort pasó a ser "Marx, Mao, Marcuse", siendo este último el profesor de la Escuela que más apoyó las actividades violentas de sus propios estudiantes; y renovaron el método revolucionario a través de la intolerancia agresiva contra todos aquellos que no se sometiesen a sus criterios. "Tolerancia represiva" lo denominaron, y ha tenido gran éxito en la izquierda desde entonces, de los escraches a la tolerancia cero contra los enemigos políticos.

En el relato de Jeffries se muestra cómo los cimientos de la Escuela estaban podridos de paradojas: los grandes críticos del Estado y de los capitalistas no tenían el más mínimo escrúpulo a la hora de recibir subvenciones estatales y dádivas de los explotadores. En el colmo de la ironía, fue un gran industrial alemán, Hermann Weil, el que puso los fondos para poner en marcha la Escuela. Y es que, si a los comunistas les encanta morder la mano que les da de comer, a los capitalistas les vuelve locos que se la muerdan. La relación dialéctica entre capitalismo y comunismo es una historia de amor fou sadomasoquista.

De especial interés resulta este análisis entre novelesco y ensayístico del Instituto de Investigación Social, el nombre oficial de la Escuela, porque Jeffries niega que se la pueda considerar el germen de lo que hoy se conoce como marxismo cultural, una mezcla de feminismo radical, etnicismo tercermundista y relativismo cultural con la que se intenta subvertir las instituciones del mundo liberal. El argumento de Jeffries contra la atribución a la Escuela de cualquier vínculo con el marxismo cultural reside en que tanto Adorno como Horkheimer defendían la institución de la familia, Habermas estableció puentes con la Iglesia católica y el actual director del Instituto, Axel Honneth, enfatiza la igualdad ante la ley. Una defensa muy débil, porque el marco teórico y práctico de la Escuela es muy diverso y esas tres cuestiones que señala Jeffries son muy discutibles en sí mismas, además de ser anecdóticas dentro de las diversas corrientes principales de la Escuela.

Gran Hotel Abismo combina la biografía coral, el ensayo cultural y la historia intelectual para componer un mosaico de la trastienda filosófica del siglo XX en una de sus páginas más brillantes a la vez que tenebrosas: la de la izquierda que cimentó teóricamente la revolución más sanguinaria del siglo XX. Parpadeaban sorprendidos los Adorno, Horkheimer, Benjamin… de que el colectivo de los trabajadores prefiriese los brillantes centros comerciales capitalistas a las utopías socialistas, obviando que en el paraíso comunista estaba prohibido George Gershwin, "comercial y alienante", mientras que en El Corte Inglés se puede comprar sin problema a Arnold Schöenberg. Sin embargo, leyendo el brillante y entretenido libro de Jeffries –que les justifica todo, faltaría más–, a uno le cabe la sospecha de que, de igual manera que la CIA patrocinó el arte abstracto americano, el Gran Capitalismo financió aposta a los marxistas caviar de Fráncfort. La enseñanza es que si hay que subvencionar a los comunistas de salón por el bien del capitalismo y las sociedades libres, bienvenidas sean todas las partidas presupuestarias para los Observatorios de Género. Mientras estén cobrando no estarán poniendo bombas.

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