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José Sánchez Tortosa

Los ecos de una inteligencia enferma

Toda vida es juego y la escritura es el combate con el cual despojarse de las máscaras con las cuales los hombres, sin percatarse, juegan a no jugar.

José Sánchez Tortosa
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El 19 de agosto de 1662 muere con 39 años Blaise Pascal, tras larga agonía. La fórmula convencional resuelve de modo así de económico la complejidad y la riqueza de una vida humana. Esa larga agonía, que remata la esquela, es, en el caso de Pascal, la de su vida entera. Y, como él sabía, la de la condición humana.

La esencia patológica de la criatura que está herida de muerte desde que nace y que, además, la vislumbra, y la oculta o disfraza, es la condición del que se sabe mortal y se agita y lucha contra esa verdad insoportable.

Tal estado, esencial a la existencia humana, era para él, por su frágil salud y sus dolores, tan persistentes que apenas pasó un día de su vida sin ellos, una constante presente a su conciencia prácticamente en todo momento. Pocas cosas había en este mundo que pudieran entretenerle y hacerle olvidarse de su condición. Lo cual significa olvidarse de sí mismo, pues, para un verdadero cristiano como él, el auténtico infierno no son los otros, como diría Sartre, sino uno mismo, el ego, yugo de imágenes tan convincente como servil, espejismo con el cual ocultar la propia intrascendencia existencial. El yo es ese otro íntimo y por ello falaz, por ello odioso, al impostar una densidad ontológica ilusoria, una sustantividad imposible, metafísica, por no ser nada y mostrarse como si lo fuera todo, por bloquear la menor posibilidad de conversión (el acto contrario al de la diversión y el olvido rutinario) y de salvación:

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