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Iván Vélez

Cosas nunca oídas ni vistas

"Y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello. Y como aquella tierra es muy poblada íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y a su bendita madre, Nuestra Señora".

Iván Vélez
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Iván Vélez - Cosas nunca oídas ni vistas
Retrato de Hernán Cortés | Wikipedia

El último tramo del viaje a Tenochtitlan se vio favorecido por la ayuda de los porteadores tlaxcaltecas y la colaboración de algunos pueblos que, secretamente, se fueron aliando con los cristianos. Los totonacas y los cempoaltecas, temerosos de lo que pudiera ocurrir en la gran ciudad, regresaron a su tierra. Incapaz de convencerles para que siguieran a su lado, Cortés les entregó una buena cantidad de mantas en agradecimiento por los servicios prestados. Quienes permanecieron con los españoles fueron los embajadores de Moctezuma, al que mantenían continuamente informado de todo lo que ocurría. En esas condiciones, hubo de escogerse entre un camino que pasaba por Chalco, cuyo inicio estaba despejado, y otro lleno de árboles cortados, por el que finalmente se optó, pues se entendió que la limpieza del primero constituía un señuelo para conducir al ejército a alguna trampa. "Me querían encaminar por cierto camino donde ellos debían tener algún concierto para ofendernos", de esta manera tan intuitiva dejó escrita Cortés su decisión en su Segunda carta de relación. Bernal confirmó esta idea. Era preciso atravesar la sierra, por lo que la comitiva comenzó el ascenso por la ruta que pasaba entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl, que significa "la mujer blanca". La cercana presencia del Popocatépetl permitió a Diego de Ordás protagonizar una proeza. El leonés, junto a nueve compañeros, entre ellos Gutierre de Casamori, el joven Juan Larios y algunos indígenas que hicieron de porteadores, subió hasta las cercanías del cráter del volcán, coronado perpetuamente por un "gran bulto de humo". De la existencia de cumbres blancas tenían alguna noticia los españoles desde antes de su partida de Cuba, pues en la Instrucción de Velázquez ya se hablaba de la provincia de Sancta María de las Nieves. Desde aquella cota, que los veteranos de Italia compararon con el volcán Etna de Sicilia, vieron por vez primera la ciudad de Tenochtitlan, los lagos y el camino que conducía a ella. Años después, en reconocimiento a su hazaña, cuando Ordás regresó a España para casarse, se le otorgó un escudo de armas con la figura de un volcán.

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