Menú
Mikel Buesa

El Holocausto revisitado: para explicar el mal

'Las razones del mal. ¿Qué fue realmente el Holocausto?', de Peter Hayes, emerge de una previa y extensa actividad docente acerca del asunto.

Mikel Buesa
0
'Las razones del mal. ¿Qué fue realmente el Holocausto?', de Peter Hayes, emerge de una previa y extensa actividad docente acerca del asunto.

Se han vertido mares de tinta acerca del Holocausto: testimonios, literatura de ficción, estudios monográficos, ensayos filosóficos, crónicas, películas. Sin embargo, no es fácil encontrar obras de síntesis que puedan ponernos al día de tan ingente escritura, con sentido crítico, con afán explicativo, con voluntad interpretativa. Esto es lo que se propone Peter Hayes y lo que, en mi opinión, logra con maestría. Su libro Las razones del mal. ¿Qué fue realmente el Holocausto? (Editorial Crítica, Barcelona, 2018) emerge de una previa y extensa actividad docente acerca del asunto que le ha conducido a manejar una extensa bibliografía en la que pudiera ser que no esté todo, pero sí lo mejor, que se ha publicado desde que, derrotado el nazismo, víctimas, jueces, historiadores y filósofos emprendieron la enorme tarea de desvelar los hechos, de valorar sus consecuencias, de establecer sus raíces. Hayes reúne una buena parte de todo ello con la finalidad de "aclarar las cosas" atendiendo a la advertencia que hiciera Tony Judt: "El Holocausto, además de imposible de recordar cómo fue en realidad, es intrínsecamente vulnerable a que se le recuerde como no fue".

El libro se estructura en ocho capítulos, además de una introducción, que se construyen para dar respuesta a otras tantas preguntas esenciales para entender el Holocausto. Las dos primeras de ellas aluden a las razones por las cuales fueron los judíos los elegidos para la masacre —lo que no quita para que otras minorías (discapacitados, homosexuales, testigos de Jehová, gitanos) compartieran, aunque con menos intensidad, su destino— y al hecho de que tal acontecimiento tuviera lugar en Alemania. El autor se remonta, en esto, a las raíces del "odio quimérico" hacia los judíos en Europa —y en Alemania, en particular— que resultó alentado, en la coyuntura de los años treinta, por la búsqueda de un chivo expiatorio, de una causa única de las dificultades por las que atravesaba el país, que los nazis designaron en una comunidad judía que, desde su emancipación a lo largo del siglo XIX, había prosperado y logrado ocupar ciertas posiciones elitistas en la sociedad y en la economía financiera y productiva. El antisemitismo, señala Hayes, "no fue esencial o decisivo para que Hitler ascendiera al poder", según revelan los resultados electorales, pero una vez que éste fuera tomado por el NSDAP, sirvió de caldo de cultivo para que, gradualmente, el Estado alemán adoptara, como uno de sus objetivos esenciales para ensanchar su "espacio vital", el exterminio de los judíos. Alemania fue el lugar de la catástrofe, señala Hayes, "porque una crisis nacional muy grave y de múltiples dimensiones, una ‘tormenta perfecta’ de agitación económica, política, cultural y social, posibilitó que quienes creían en ese odio alcanzaran el poder (…) y adoctrinaran a los demás o reforzaran su hostilidad".

Las dos siguientes cuestiones que aborda el libro, también relacionadas entre sí, se refieren a la decisión de asesinar y a los medios que hicieron rápida y (casi) total la aniquilación de los judíos. En esto, el autor deja claro que el curso seguido por los acontecimientos fue un proceso de aprendizaje. El Holocausto no resultó de una acción planeada previamente en todos sus detalles, sino más bien de una "búsqueda de soluciones, con una radicalización acumulativa de las medidas, dado que los intentos cada vez más crudos de ‘expulsar’ a los judíos del territorio alemán resultaban insuficientes o de imposible aplicación, con lo que se optó por métodos de ‘aniquilación’ cada vez más extremos". Lo esencial de ese aprendizaje es que se inscribió dentro de un proceso político en el que tuvo lugar una progresiva aceptación por los alemanes, primero de la marginación y los tratos vejatorios hacia los judíos, y después de su eliminación; simultáneamente, los perseguidos —debido a su fragmentación política, a su aculturación y a su división en cuanto a la interpretación del significado del ataque nazi— no tuvieron una respuesta homogénea ni se organizaron con efectividad para reaccionar a los acontecimientos; y además, las potencias extranjeras, que tampoco eran ajenas a un cierto antisemitismo, no se vieron impelidas a intervenir por razones humanitarias, toda vez que se embarcaron en una política de pacificación que, a la postre, no impidió la guerra. Y lo secundario resultaron las sucesivas técnicas —fusilamientos, monóxido de carbono, Zyklon, trabajo agotador— de exterminio, pues en esto, los nazis recurrieron a lo que más barato les resultaba para asesinar, con la particularidad de que, además, podía autofinanciarse. A este respecto, en el libro se discute la tesis de que "el Holocausto fue un producto de la modernidad y una demostración de los peligros de ésta", pues, según señala Hayes, "aunque Auschwitz fue una cadena de desmontaje humano, se parecía más a un matadero del siglo XIX que a una planta de producción moderna". Y añade que, en la mayoría de los campos bastó un motor de gasolina—"un artilugio bastante simple e industrialmente primitivo"— para matar a quienes no habían sucumbido por el "hambre, … o (los) cachiporrazos o fusilamientos individuales", medios todos ellos "bastante toscos". Además, dice el autor, ni siquiera "la ambición de aniquilar a grupos enteros (…) es específicamente moderna"; y cita como contrapunto "el exterminio israelita de los amalequitas, o el romano de los cartagineses", para concluir que "lejos de ser moderno ni en su concepción ni en sus medios, el Holocausto fue un estallido de primitivismo extraordinario".

Vienen después otros dos capítulos alusivos a las víctimas. Uno aborda la cuestión de por qué los judíos no se rebelaron contra la opresión nazi, pregunta ésta cuya respuesta, en síntesis, es que "tal conducta habría requerido de los judíos una clarividencia casi inimaginable, un nivel de solidaridad mutua entre ellos casi igual de inimaginable, y un equilibrio de fuerzas, entre los judíos y sus captores nazis, muy distinto del que de hacho hubo". Y el otro se refiere a la diversidad de los índices de supervivencia entre las distintas comunidades nacionales judías. A este respecto, Hayes realiza un minucioso análisis geográfico y cronológico del que se deriva la idea de que fueron "las actitudes populares hacia los judíos, más que los intereses y las estructuras políticas, los principales determinantes de la supervivencia". Y además, ésta dependió del momento en el que aquellas comunidades fueron atacadas. En este sentido, Hayes destaca que tres cuartas partes de los asesinados vivían en un espacio delimitado por dos líneas que pueden dibujarse en el mapa de Europa, ambas partiendo de Viena, una hacia el norte y otra hacia el este, donde se sitúan Polonia, Lituania y la Unión Soviética; y tres cuartas partes también, perecieron en un período de veinte meses, de junio de 1941 a febrero de 1943, principalmente en la segunda mitad de ese tiempo.

La siguiente cuestión alude a la escasa ayuda exterior que tuvieron los judíos. En esto, el análisis es complejo, pues el Holocausto fue un proceso previo a la guerra que se extendió e intensificó a lo largo de ésta. Para los judíos, huir antes de la guerra —algo que muchos de ellos consideraron prematuro— no fue fácil, pues si algunos países —Francia, principalmente, y Bélgica, Checoslovaquia y los Países Bajos, secundariamente— estuvieron dispuestos a acogerlos, otros, sobre todo el Reino Unido y Estados Unidos, aplicaron políticas más bien restrictivas. Además, dice Hayes, "otro agente internacional que podría haber hacho más … (pero que) destacó por la ambigüedad de sus acciones", fue la Iglesia Católica. El Vaticano y, sobre todo, el papa Pío XII, salen bastante mal parados del estudio de sus actitudes y su política ante el nazismo, no sólo porque estaban imbuidas de un rescoldo antisemita, sino porque decidieron que "su deber principal era actuar en defensa de la Iglesia y los católicos, no de quienes padecían en general". A lo que se añade, acabada la guerra, la colaboración eclesial —en este caso bajo la dirección del que tiempo después sería elegido papa Pablo VI— en la huida de los criminales nazis hacia España y Argentina. Y ya durante la guerra, los Aliados —que nunca se tomaron un gran interés en el asunto— no pudieron hacer gran cosa para detener un exterminio que, como antes se ha señalado, se produjo en un espacio y en un tiempo limitados, cuando, dice Hayes, "el Reich estaba en una ofensiva continua y obtenía un triunfo tras otro".

El libro se cierra con una consideración acerca del legado y las lecciones del Holocausto. Sobre lo primero, están desde luego los testimonios y el interés que, ya desde el final de la década de 1950, suscitó el tema —Hayes cita como ejemplos la publicación y el éxito de ventas de El diario de Ana Frank o la novela Éxodo, de León Uris, y sus ulteriores versiones cinematográficas, a las que se añadió el film ¿Vencedores o vencidos?, de Stanley Kramer—, así como la represión contra los perpetradores del Holocausto. En esto último, el autor es tajante en rechazar la idea de que los criminales quedaron sin castigo: "en su gran mayoría —dice—, los más viles ya habían muerto en 1945 o fueron apresados y condenados en juicios justos poco después" y "aun así, después de 1945, se exigió responsabilidades a los culpables del Holocausto, más que en ningún otro caso de genocidio moderno". Quedan las lecciones. Dos son las que Peter Hayes extrae de todo esto: "estén alerta, pero sin miedo", porque la intolerancia con respecto a las minorías sigue presente en nuestras sociedades; y "sean independientes, pero no aislacionistas", porque las apelaciones a la memoria y la identidad son peligrosas. Y concluye: "el Holocausto no fue misterioso e inescrutable; fue la obra de personas que se movían por motivos y debilidades habituales entre los seres humanos: orgullo herido, miedo, fariseísmo, prejuicios y ambición personal. Una vez la persecución adquirió impulso, sin embargo, no hubo forma de detenerla sin la muerte de millones de personas, la inversión de ingentes cantidades de dinero y la destrucción casi total del continente europeo".

0
comentarios