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Iván Vélez

Historia verdadera de la quema de la Embajada española

La obra regresa a lo vivido por el propio autor, Adolfo Molina Sierra, que asistió a la desaparición, entre otros, de su padre, Adolfo Molina Orantes.

Iván Vélez
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La obra regresa a lo vivido por el propio autor, Adolfo Molina Sierra, que asistió a la desaparición, entre otros, de su padre, Adolfo Molina Orantes.
Portada del libro de Molina Sierra | Debate

El próximo 31 de enero se cumplirán cuarenta años de un grave suceso que acaba de reconstruirse, por la vía editorial, gracias al hijo de uno de los muertos en aquella confusa jornada, Adolfo Molina Sierra, autor de un libro que acaba de aparecer bajo un título que lanza un guiño a la gran obra de Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la quema de la Embajada española (Debate, México, 2019). Al igual que en el caso del cronista, la obra regresa a lo vivido por el propio autor, que asistió, desde el exterior del aquel edificio de cemento, a la desaparición, entre otros, de su padre, Adolfo Molina Orantes, que perdió la vida tras una densa cortina de humo.

Aunque el libro se centra en el episodio que figura en el título, la obra de Molina Sierra es mucho más que una investigación policial, pues aquella luctuosa jornada concentró intereses, colectivos e ideologías diversas. Como punto de arranque de todo lo narrado podemos señalar el día 13 de noviembre de 1960, fecha en que se produjo el fallido golpe militar contra el presidente guatemalteco Miguel Ydígoras Fuentes. Posteriormente, algunos de aquellos golpistas, refugiados en la sierra, se unieron al Partido Guatemalteco del Trabajo, dando lugar a las Fuerzas Armadas Rebeldes. El siguiente hito nos conduce al año 1968, cuando tiene lugar la Conferencia Episcopal de Medellín, puesta de largo de la Teología de la Liberación, que nutrió, con efectivos e ideología, a muchos de los movimientos insurgentes que actuaron en Hispanoamérica durante décadas. En esa órbita se desenvolvieron los españoles Luis Eduardo Pellecer Faena, S. J., y Fernando Hoyos Rodríguez S. J., apodado Carlos, que encontró la muerte poco después de ingresar en la guerrilla tras abandonar la Compañía.

Fue en ese contexto jesuítico-marxista en el que surgió, en 1972, la Nueva Organización Revolucionaria de Combate, embrión del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), el Comité de Unidad Campesina (CUC) y el Frente Estudiantil Revolucionario Robin García. Pieza clave en todo aquel entramado fue la Universidad de San Carlos. Al Ejército Guerrillero de los Pobres perteneció el padre de una de las protagonistas del libro: Rigoberta Menchú. Al EGP se han imputado, entre otras, las muertes del comisionado militar Guillermo Monzón y los finqueros José Luis Arenas Barrera, apodado el Tigre de Ixcán, Honorio García y Eliú Ramírez, cuyos asesinatos propiciaron la llegada del Ejército y la desaparición de 9 campesinos, tras la cual se produjeron varias ocupaciones de sedes diplomáticas, entre ellas la española, a la que acababa de llegar Máximo Cajal López, sucesor en el cargo de Carlos Manzanares y Herrero, que antes de regresar a España comentó a Adolfo Molina Orantes la reputación que de comunista tenía Cajal en España.

Un Cajal que es la pieza clave de la trama descrita por Molina Sierra, que desvela el discreto viaje que hizo el diplomático a la región del Quiché desde donde salió la comitiva que, partiendo de Uspantán, acabó por entrar, provista de cócteles molotov y mantas reivindicativas, a la embajada española en la que se hallaba quien había cursado la invitación: el propio Cajal. El grupo que accedió a la embajada estaba compuesto por tres estudiantes de la Facultad de Derecho, uno de la de Economía, cinco activistas y dieciocho aldeanos –cuatro mujeres y dos menores–, todos ellos pertenecientes al CUC y el EGP. La visita a Quiché no fue la única que realizó Cajal. El diplomático también pasó por el domicilio de Molina Orantes para cursarle una invitación que hizo extensiva a otros reputados juristas: Eduardo Cáceres Lehnhoff, expresidente de Guatemala y miembro del Club Rotario, y Mario Aguirre Godoy. Con todos –juristas e insurgentes– dentro, las puertas se cerraron. Poco después, el edificio se vio rodeado por el Comando Seis de la Policía Nacional, que finalmente acometió su asalto. En medio del ruido de unos disparos procedentes del interior, se escuchó una detonación que dio paso al incendio en el que perecieron todos los ocupantes, excepto Godoy, Cajal y Gregorio Yujá Xoná, posteriormente secuestrado en el hospital y asesinado. A la descripción de las versiones ofrecidas por los testigos y a la interpretación de los indicios obtenidos dedica Molina gran parte de su libro, si bien, más allá de la indagación estrictamente vinculada a los hechos, son de particular interés otros aspectos relacionados. Entre ellos, los vaivenes diplomáticos entre Guatemala y España que ocasionaron las actividades de Máximo Cajal, cuyo fino instinto de superviviente no solo le permitió escapar de las llamas, sino que le alcanzó para afiliarse, en el año 2000, al PSOE. Tres años después publicó el libro: Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar. ¿Dónde acaba España?, en el que abogaba por entregar las dos ciudades a Marruecos, propiciando tales protestas que fue separado del partido. Su regreso a la política vino de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero, que lo incorporó a su iniciativa de Alianza de Civilizaciones.

Si Cajal ocupa, por motivos obvios, gran parte de la Historia verdadera… en sus páginas también hay abundante espacio para Rigoberta Menchú, quien, además de buscar una indemnización por la pérdida de su padre, fue protagonista de toda una operación a la que ha dedicado sus trabajos David Stoll, en cuya obra se apoya puntualmente Molina. Gracias al norteamericano se pudo conocer hasta qué punto la Menchú fue un logrado producto oportunamente presentado en el contexto del quinto centenario de un descubrimiento, el de América, fuertemente criticado por diversos grupos de la Iglesia católica, singularmente los teólogos de la liberación, que interpretaron aquellos hechos como un genocidio.

En el tramo que cierra el libro Molina realiza una crítica a la idea de Justicia Universal, que tanta incidencia ha tenido en Guatemala debido a las actividades impulsadas por los mediáticos jueces españoles Baltasar Garzón y Santiago Pedraz y a los vaivenes que tal proyecto, que hace abstracción de las fronteras, ha experimentado dentro del convulso y sectario panorama político español, ávido siempre de exportar transitólogos y megalómanos togados a aquella tierra en la que encontrara acomodo Bernal Díaz del Castillo.

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